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Iván Ledesma · Capítulo 53 de 96

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-Zarko-

 

 

Miró de nuevo el móvil.

DEWILDE

02:15 En 15 min estoy en la clínica. Lo traen ya. He ordenado que preparen habitación de seguridad.

03:21 OK. Ya estoy de camino. ¿Ya está en la clínica?

03:24 Contesta.

03:28 ¿No tienes cobertura?

03:31 Sé que te llegan los mensajes. ¿Quieres contestar de una vez?

Se frotó las sienes mientras el teléfono comenzaba a sonar.

Activó el manos libres del coche.

—Zarko.

—Señor, soy Marc Trías. —Zarko hizo un esfuerzo mental. ¿Quién coño…? Sí, vale, el responsable de seguridad.

—Hola, Marc, ¿cómo va todo? —¿DeWilde le había dado su número a aquel imbécil? Debería hablar con él muy seriamente.

—Hay… —Sonaba asustado, Zarko lo notaba—. Ha pasado algo…

—¿Qué pasa? Habla.

—Hay varios muertos… y 184 puede estar directamente relacionado. La policía está aquí, creo que debería venir.

—Estoy de camino. —Zarko suspiró profundamente; la situación se le escapaba de las manos, estaba perdiendo ventaja en la partida, había que empezar a jugar con los comodines—. ¿Qué ha pasado?

—Un tiroteo delante de la clínica.

—Habla con DeWilde o con Velasco, diles que…

—Velasco no coge el teléfono, y DeWilde es uno de los fallecidos.

Zarko se quedó sin nada que decir por primera vez en mucho tiempo.

—¿Señor? —Marc parecía ansioso por recibir órdenes y dejar de ser la persona al cargo de aquel enorme problema.

—Dile a la policía que… no me has encontrado, que llamen a mi secretaria.

Colgó el teléfono y le indicó al chófer que diera la vuelta y volviera al hotel.

Sacó el pequeño frasco de cápsulas azules de su maletín, y por primera vez en mucho tiempo fue consciente de su forma: era un frasco de cristal, sin etiquetas, con su nombre grabado a un lado. ¿Quién le había recetado aquello? Intentó pensar en su médico, pero solo consiguió que el pinchazo en su cabeza se intensificase hasta hacerse insoportable.

Se tragó una, sacó una botella de agua de la mininevera del coche y se la bebió de un trago.

Respiró profundamente varias veces antes de ser capaz de buscar en su teléfono el contacto sin que le temblaran excesivamente las manos.

Al tercer tono, la voz mecánica y antinatural surgió por el altavoz del coche.

—Hola, Zarko.

—Yuri, necesito tu ayuda. El paciente sigue desaparecido; ha habido muertos. Yo… no sé cómo gestionarlo…

—¿Dónde estás? —El tono de voz, como de robot, hizo que la pregunta sonara como una afirmación.

—En el Hotel Continental.

—Dame tres horas.

Zarko sintió que se le disparaba la úlcera y que su corazón bombeaba sonoramente y el dolor de cabeza se concentraba en un punto, convirtiéndose en una migraña.

La puta pastilla. ¿Cuánto tiempo antes de…?

Si Zarko pudiera sentir lo mismo que 184, habría quedado consternado al comprobar lo similar de sus dolores. Tras un incómodo silencio, sus labios solo pronunciaron una palabra:

—Gracias.

Tras decirlo, comenzó a encontrarse mejor. Mucho mejor.

Cortó la llamada con un suspiro de alivio.

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