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Iván Ledesma · Capítulo 52 de 96

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-Perros-

 

De ojos rojos, de dientes sucios, de bocas sangrientas, devorando los restos de la basura.

Lo observaban, pero no se atrevían a atacarlo, todavía no, porque olía como el AMO, pero estaba allí, en su territorio, donde el AMO no entraba, en aquel pozo de mierda húmeda, de huesos astillados, hundidos en barro, de calaveras en el suelo y de olores que podrían matar.

El aliento putrefacto de la muerte, la fetidez gaseosa que te hacía llorar de asco, lo invadía todo, viciando los pensamientos.

Lo estaban estudiando, viendo al intruso en su mundo reducido a cuatro paredes de ladrillo, una puerta de hierro forjado y un tejado de tejas viejas y desconchadas. Allí dentro las cosas se tomaban con calma, solo quedaban cuatro de los veinte iniciales, los demás habían caído y habían sido pisados, masacrados, devorados.

Querían ver que hacía allí aquel intruso que olía al AMO; de momento, lo observaban.

Los perros.

Algo sonaba, como un despertador de esos electrónicos y pesados, un continuo bip bip bip, en alguna parte.

¿Dónde estaba?

¡Para!

Frenó el coche en seco. Una moto pasó a su lado pitándole mientras el conductor le increpaba, pero Rafael no lo oía, solo miraba al perro. Había estado a punto de atropellarlo; lo había visto desde muchos metros antes, un viejo y escuálido labrador abandonado y lleno de piojos que se había quedado observando los faros del coche como un estúpido, mirando el famoso túnel de luz que lo llevaría a una nueva vida, y había pensado…

Rafael lo miró con expresión confusa. El perro seguía allí, en medio de la calle, mirándolo con la lengua fuera goteando sobre el pavimento; ladró un par de veces haciéndose el ofendido y siguió su camino renqueante.

¿Qué mierda era aquel ruido? Se fijó en el interior del coche. Había cristales y sangre por todas partes… Su imagen en el retrovisor: su nariz sangrando, sus ojos inyectados en sangre…

Todo el interior de la puerta de su lado estaba bañado en sangre, espesa y oscura; no parecía suya. En el asiento del copiloto estaba su pistola, y había casquillos de bala por todas partes. Tocó el arma. Estaba caliente.

¿Qué había pasado?

Sacó el móvil del bolsillo, junto con el trozo de cuero, y respiró hondo. El cacharro este es como un teléfono, pensó; lo sabía, pero…

El botón verde.

—¿Sí?

—Oye, soy Lanuza.

—Dime. —Rafael intentaba recordar, despejar las imágenes rojas que inundaban su mente; se sentía impotente y estúpido, ni siquiera sabía quién era Lanuza—. ¿Todo bien?

—Nos acaban de llamar. El sitio ese donde ibas. La clínica… Dicen que ha habido un tiroteo. No estarás metido en ese chocho, ¿verdad?

—No… Yo… —No estaba seguro. No estaba seguro de nada. ¿Quién era esa voz al otro lado del teléfono?

(Mordiendo, desgarrando, partiendo músculo, carne, sangre…).

—¿Qué clínica?

—No te hagas el listo conmigo Rafa, que mi paciencia tiene un límite, ¿eeeh? Dicen que hay varios muertos, ¿me entiendes? Si estas pringado en esto, vas a caer.

—No, yo… —Ahora sí, un fogonazo y todo volvía a estar mucho más claro. Por un momento… Por un momento se había ido—. No tengo nada que ver. Todavía no he ido a la clínica esa. El tipo al que busco es peligroso. Puede que haya sido él. —Rafa se miró en el espejo del coche; tenía varios cortes en la cara provocados por los cristales de la ventanilla del copiloto al explotar.

—Pues no te acerques. Aquello va a estar caliente unos días como mínimo, tenlo claro.

—Vale, ya me dirás algo cuando se calme el asunto.

Rafael volvió a arrancar el coche. Antes de irse, observó de nuevo al perro que a unos metros hurgaba en unas bolsas de basura.

Sacó la pistola por la ventana rota y le pegó dos tiros.

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