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-Serena-
En realidad se llamaba Concha. Pero para ser la Relaciones Públicas de la cadena de discotecas más importante de la Costa Dorada, una no podía llamarse así. Eso creía ella. Y a tenor de lo bien que le iba, no se había equivocado. El negocio funcionaba. Sus jefes estaban encantados. Había lleno cada noche y el dinero fluía. La vida era bella.
Solo trabajaba dos días a la semana. Tenía una gran casa. Un jacuzzi. Un gimnasio propio. Una lista enorme de tíos y tías buenísimos esperando pacientemente ser llamados a su cama. ¿Qué más se podía pedir?
Ese día había comido con uno de los jefes. El alemán. Quería traer a un par de DJ de primera línea para la inauguración de la nueva sede y quería poner en común con Serena el enfoque que quería darle al local: decoración, luces, esas cosas. El alemán era un tipo acostumbrado a comer fuerte y a beber litros de cerveza mientras lo hacía, y no esperaba menos de los comensales que lo rodeaban.
Eso significaba tres días de spinning, cinta, máquina de abdominales y cena a base de agua mineral y laxantes. Era un precio que había que pagar para mantener el mejor cuerpo y el mejor trabajo sobre la tierra.
Estaba en la bici estática, sudando a mares y pedaleando al ritmo de un brutal subidón musical, cuando la cristalera a su espalda se rompió. No lo oyó porque llevaba puestos los auriculares.
Quizá habría podido ver algo reflejado en la cristalera que tenía delante si hubiera tenido los ojos abiertos, pero el sudor y el «Momentazo épico» se los mantenían cerrados. Así que tampoco lo vio venir.
El picotazo del táser fue breve. Apenas un segundo. Ni siquiera fue consciente de lo que había pasado. Se derrumbó contra el suelo y se rompió la clavícula. Y, de paso, las mallas rosas se llenaron de una espesa y maloliente diarrea provocada por el laxante que había tomado nada más llegar a casa.
Aún vivió otras dieciocho horas. Pero tuvo suerte de no recuperar la consciencia en ningún momento.
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