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-Zarko-
La gente no sabía si era su nombre, su apellido o un apodo; no le gustaba el título de «señor». Desde el primero al último de los empleados de Pharma Tex que se relacionaban con él, únicamente lo conocían por Zarko.
Era la cabeza visible de un difuminado consejo de administración. Las malas lenguas lo tildaban de perro guardián de unos millonarios demasiado creídos para dejarse ver por las oficinas centrales del gigante farmacéutico.
Nada más lejos de la realidad. Zarko controlaba el 51 % de las acciones de la compañía. Era el máximo accionista y presidente del consejo de administración, que ciertamente lo formaban un grupo de millonarios creídos demasiado ocupados en sus yates y en meter la polla en toda boca joven y atractiva que pudieran como para preocuparse de asistir a reuniones. Pero eso no le importaba al flamante presidente. A él le gustaba encargarse personalmente de la compañía. Había heredado ese 51 % de su padre, y estaba muy orgulloso de poder decir que, con él, las cosas seguían funcionando igual de bien. O incluso mejor.
Cuando la gente cree que tienes jefes sobre tu cabeza, suele ser más comprensiva, más osada a la hora de hablar sobre la empresa, más sincera.
Cuando creen que solo eres el chico de los recados de los jefazos, la gente hace confidencias, te invita a tomar café, y tú puedes observarla y decidir quién te es útil. Y quién no.
DeWilde era útil, y listo; no sabía que Zarko era la máxima autoridad, pero seguramente tenía una idea aproximada de que era importante. Siempre lo trataba con diligencia y respeto, manteniendo las formas y tratando de aparentar una eficacia, muchas veces ficticia pero tranquilizadora, que funcionaba como aceite en el engranaje político de la empresa.
Cuando su secretaria le informó de su llegada, lo hizo esperar media hora antes de hacerlo pasar. En realidad solo estaba jugando al Vectoides 3 online, no hacía absolutamente nada más que aburrirse; pero el tiempo de espera, según Zarko, era un depurativo para el cerebro.
Era lunes, así que el famoso problema del que Velasco le había hablado no debía de ser tan importante. DeWilde le habría enviado un mail, un Conectup, un mensaje… Algo. Pero le picaba la curiosidad; Velasco pensaba que había sido algo suficientemente importante como para escribirle. Pero no para contárselo. DeWilde y Velasco se odiaban cordialmente, así que a pesar de olisquear uno el terreno del otro en todo momento, trataban de no meárselo demasiado. Ambos, perros viejos, no gustaban de las peleas.
Cuando acabó la partida de Vectoides, siguió viendo un capítulo repetido de los Simpson en su tablet. Mientras, DeWilde, sentado en el sofá en la sala de espera, se preguntaba si el aire acondicionado estaba apagado. Revisó su informe y suspiró largamente.
Finalmente llegó el momento. Lo hizo pasar.
—Mi querido DeWilde, pasa, te veo agobiado. —Le señaló la silla—. ¿Has tenido un buen viaje?
—Sí, gracias.
—¿Algún problema en Barcelona?
—Bueno, no es exactamente un problema, Zarko. —Se sentó y comenzó a juguetear nervioso con la tablet donde tenía el informe—. Es… algo extraño.
—¿Quieres tomar algo? —Zarko le interrumpió indicando a su secretario que entrara.
—Un agua con gas, ¿puede ser? —DeWilde dejó la tablet encima de la mesa de Zarko; este la observó sin tocarla.
—Claro. —Zarko hizo un gesto y el secretario salió y cerró la puerta—. Bien, bien, cuéntame, y ve al grano, tengo una reunión dentro de… —Miró el reloj—. Siete minutos.
—Uno de los pacientes de Icarus ha despertado.
Zarko levantó las cejas, incrédulo.
—¿Qué significa «despertado»? ¿Ha abierto los ojos? ¿Se ha detectado actividad cerebral? Eso es bueno, ¿no?
—Se ha levantado y se ha… marchado de la clínica sin que nadie se diera cuenta. De hecho, antes de eso… se le dio por muerto.
—¿QUÉ?
—Bueno… —DeWilde tocó la tablet que estaba en la mesa—. Todo está en el informe, un…
Zarko alargó el brazo, le cogió de la nuca y acercó su cara hasta dejarla a un par de centímetros de la de DeWilde. Este pudo oler el aftershave, el café de la mañana y el enjuague dental de su jefe. Del terror que sentía ante la proximidad de Zarko se le relajó el esfínter, al punto de hacerle pensar que iba a cagarse encima de un momento a otro. Solo el hecho de imaginar lo que podía suceder si ese extremo se materializaba le selló el culo.
—¿Me estás tomando el pelo? —La voz de Zarko no había variado su tono ni una octava; el mismo tono amistoso, cercano, de camaradería de siempre. Sus ojos contaban otra historia. Una historia fea y cruel de gente que pierde su trabajo, su dignidad, sus tarjetas de crédito, sus testículos y su vida, y de otra gente que miraba y a la que daba igual—. ¿Qué coño ha pasado?
—Un error de seguridad. —DeWilde comenzó a sudar, y Zarko lo soltó y se limpió la mano en su propio pantalón—. Nadie podía esperar eso, es… es… imposible; nuestro sistema puede esperar un intento de robo de patentes, pero que un paciente se levante y se marche no entra dentro de…
—¿No lo habéis encontrado?
DeWilde negó mientras miraba con mucho interés sus zapatos.
—¿Qué protocolo se estaba siguiendo con ese paciente? —Zarko había dejado el tono amistoso en algún cajón.
—El rojo. —DeWilde tragó saliva; intuía que Zarko iba a estallar.
Zarko aspiró profundamente, se giró y miró por el enorme ventanal de su despacho. A sus pies, todo Berlín. Los coches, las luces, el cielo nublado y el frío. Hasta ese momento había sido un buen día. Aquella noche tenía cita con una modelo que había visto en una revista de lencería.
Cuando uno tenía miles de millones, las citas se arreglaban con una simple llamada. Tenía previsto cenar en algún sitio, donde ella quisiera. Tomar alguna copa, pero sin exagerar; ella venía desde Tokio en un vuelo privado y estaría algo cansada, y luego improvisar algo rápido y sucio, sí, violento y animal, quizá con ropa… Lo había decidido al ver su dulce imagen en la revista mientras cagaba aquella mañana.
Sintió que su úlcera comenzaba a molestar, alejando los dulces pensamientos. Esto no estaba en sus planes. Y Velasco… Qué cabrón; no podía enfadarse con él, había seguido el organigrama de responsabilidades a rajatabla. Ya le había dicho dos veces que la burocracia del consejo estaba ahogando a Icarus Barcelona mientras la clínica de Toulouse funcionaba como un tiro. Y Zarko le había dicho que tomaba nota, y no había hecho nada. Y Velasco lo sabía. Y le había devuelto la pelota administrándole un poco de su medicina.
Los días pueden joderse en cualquier momento.
—Me estás diciendo… —Respiró, tratando de que su estómago no se convirtiera en un volcán—. ¿Me estás diciendo que un tipo con las venas llenas de Suero Rojo se ha escapado de Icarus y anda perdido por Barcelona sin que sepamos dónde coño se ha metido?
DeWilde asintió.
—¿Es una de las cepas contagiosas? No quiero ni imaginar…
—Eran cepas enviadas desde Toulouse. A priori nos han informado que no son contagiosas.
—¿Qué coño significa eso?
—Su sangre… Bueno, es complicado. —DeWilde husmeaba en la tablet—. Desde Francia dicen que no hay ningún problema, pero Velasco no está tan seguro. Dice que mientras no haya contacto de fluidos…
—¿Insinúas que si se folla a alguien, nuestra patente va a empezar a transmitirse por ahí?
—No… —DeWilde seguía con el rostro hundido en la pequeña pantalla —. No tenemos datos. Todo está pensado para un entorno controlado, nadie pensó en pacientes con movilidad. No eran el target. Nadie sabe…
—No me cambies de tema, no soy un gilipollas de la junta al que puedas embaucar. Habla claro. ¿Es contagioso o no?
DeWilde tragó saliva antes de hablar, y lo hizo midiendo mucho cada palabra:
—Semen, sangre, saliva, heces, orina… Velasco no está seguro al cien por cien de que no lo sea. Puede que en algún momento se den circunstancias adecuadas, y entonces…
Zarko notó una punzada de dolor tras los ojos. Volvió a mirar por la ventana, dejando que sus ojos vagaran entre la lluvia. Cuando volvió a hablar lo hizo de nuevo con calma, lentamente:
—Ese hijo de puta lleva encima millones de euros en nanotecnología biológica. ¿Sabes por qué incineramos nosotros mismos a los pacientes que fallecen? —No esperaba una respuesta—. Si cualquiera de nuestros competidores se hace con una muestra, toda nuestra investigación, la futura patente y todo esto… —Señaló a su alrededor—. Se puede ir a la mierda. ¿Captas el mensaje?
—Sss… Sí.
—¿Cuándo ha pasado esto? —Sabía la respuesta por Velasco, pero no quería que DeWilde sospechara.
—La madrugada del sábado al domingo.
—Hoy es lunes… ¡Dos días! Ese tío ha cagado, ha meado, ha escupido y se ha podido follar a media Barcelona en todo ese tiempo. ¿Qué has hecho hasta ahora? ¿Por qué no me han informado de esta mierda? ¿Tienes que venir en persona? ¿No podías llamarme el puto domingo? ¡La mitad de Barcelona puede estar infectada con esta mierda! —Zarko parecía cada vez más enfadado.
—Bueno, las simulaciones indican que en un paciente sano el suero rojo sería inocuo, el sistema inmune de la gente lo detecta como un alérgeno y lo elimina como a cualquier resfriado… —DeWilde se escudaba enseñándole unas estadísticas interactivas en la tablet, Zarko seguía con sus ojos clavados en él—. La directiva no quería tomar ninguna decisión inmediata sin elaborar un informe, crear un subcomité de investigación y elaborar un estudio del…
—¿DE QUÉ MIERDA ME HABLAS, IMBÉCIL? —Zarko golpeó tan fuerte la mesa que el portátil que había encima salió disparado y cayó a los pies de DeWilde, que simplemente se quedó petrificado.
—Vamos a ver. —Zarko respiró profundamente y sacó un pequeño frasco de cristal lleno de cápsulas azules de un cajón de su mesa. Tomó dos cápsulas en seco y luego pareció recuperar la compostura, como si no hubiera pasado nada—. Encuéntralo y te lo llevas a la clínica de Toulouse. Allí podemos ver qué coño ha pasado y por qué un vegetal dado por muerto ha estado dando vueltas por la ciudad.
—Eso había pensado yo —balbuceó DeWilde.
—Cállate. Sobre el contagio… No vamos a hacer nada. Toulouse dice que no es contagioso, y es su cepa, así que confiamos en eso. Si luego no es así pero efectivamente en pacientes sanos el suero se diluye… Bien. Si alguien con las defensas bajas muere, es casi imposible que detecten nada, porque no sabrán qué coño están buscando. Y si la cosa va a más… — Zarko tragó saliva antes de volver a hablar—. Ya no será nuestro problema. ¿De acuerdo?
DeWilde asintió.
—Y mientras lo buscamos… —Zarko meditaba en voz alta—. Hazlo desaparecer a nivel burocrático. Un certificado de defunción es fácil de elaborar, hacemos docenas al día, incineración, lo que sea; si no lo hacemos público nadie tiene porqué buscarlo, así nos cubriríamos frente a la competencia, al menos de momento.
—Precisamente estaba esperando tu confirmación sobre este punto.
—Pues ya la tienes. —Miró el reloj—. Te quedan dos minutos. ¿Algo más?
—Sí. —DeWilde señaló la carpeta—. Hay un problema añadido. Este tipo es un tanto especial.
—¿Especial?
—Bueno, ¿recuerdas el secuestro de la familia de Steffano Duroux?
Zarko meditó un momento.
—El tío aquel… El diseñador de joyas, ¿no? —DeWilde asintió—. Mi exmujer es una admiradora suya. —Tecleó el nombre en Google en su tablet y miró las primeras respuestas de la búsqueda—. Secuestraron a su familia. Querían ir a su joyería…
—Sí. —DeWilde miraba fijamente a su jefe—. Un vecino vio algo sospechoso y llamó a la policía; durante el tiroteo murió una de las hijas de Duroux.
—Y con todo esto me quieres decir… —Zarko hacía gestos a DeWilde indicando que continuara.
—Nuestro hombre era uno de los implicados.
Zarko cerró los ojos con fuerza mientras pensaba.
—Habla con la gente del ayuntamiento —dijo al fin—. Explícales lo que pasa, no quiero que esta mierda nos salpique. —Zarko miró el reloj con cara de fastidio y pulsó el comunicador—. Lalo, diles a los de la Junta que tardaré un poco más. —Apagó el comunicador, pero tras pensar un segundo volvió a conectarlo—. Lalo, anula también mi cita con la japonesa y págale lo acordado; y di que me preparen el avión para esta noche, me voy a Barcelona.
Esa noche no habría sodomía nipona literal, pero para Zarko, alguien en Barcelona iba recibir fuertemente por el culo en sentido figurativo, eso era algo que tenía meridianamente claro.
Apagó de nuevo el comunicador y se giró hacia DeWilde.
—¿Qué quieres decir exactamente con «implicado»?
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