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-Rafael-
—¿A ti qué te parece?
Lanuza observaba el cadáver sin mostrar ninguna emoción en el rostro. Durante sus treinta y dos años de servicio en la policía las había visto de todos los colores y nada conseguía sorprenderlo más allá de las dos de la tarde. A esa hora llegaba a casa y comenzaba a montar sus puzles de más de cinco mil piezas, que eran, en definitiva, su única fijación.
—Bueno… —Sacó el pañuelo del bolsillo y se lo pasó por la nuca—. Tú dices que la puerta estaba cerrada por fuera, ¿no?
Rafael asintió.
—Y aquí no había nadie cuando llegaste. Esto tiene pinta de un… ¿ajuste de cuentas? Yo qué sé Rafa. Ni idea.
Rafael miró a su alrededor.
—He revisado esa puerta. —Señaló la otra puerta que había al final del cuarto de bañeras—. Da a un pasillo derrumbado; es un punto ciego, no hay salida. Y esta de aquí… —Señaló la puerta de entrada del tercer sótano—. Estaba atrancada desde fuera. Pero esto… —Señaló el cadáver de Manuel, que se encontraba suspendido, como en pausa, en una caída jamás completada. Tenía las rodillas flexionadas y laxas, el brazo derecho le colgaba inerte a un lado, y el izquierdo pasaba por encima de la barra de hierro oxidado que le entraba por el ojo izquierdo y le salía por la parte posterior del cráneo. La barra surgía de una enorme viga desconchada que estaba a medio camino del suelo en la parte donde el techo se había hundido —. Esto no parece un ajuste de cuentas, es demasiado raro —sentenció Rafael.
—No sé. —Lanuza guardó el pañuelo y comenzó a revisar el techo con la linterna—. Tal vez se peleó con alguien, se tropezó y… O tal vez se suicidó pensando que estaba atrapado aquí dentro; lo dejaron encerrado y…
—Tendría que haber cogido un enorme impulso para meterse eso por el ojo él solo y atravesar el hueso del cráneo en la salida, y apuntar bien. Se me ocurren mejores formas de suicidarse, menos dolorosas al menos. — Rafa notó la calidez de la pistola en sus riñones, y se preguntó qué estaba haciendo allí, quien era el viejo sudado que lo acompañaba y… Metió la mano en el bolsillo y acarició el trozo de cuero y la carta, frotando un objeto con el otro entre los dedos, compulsivamente. Uno tras otro, los recuerdos volvieron a centrarse. Como en un puzle, uno de los jodidos puzles del jodido Lanuza. Todo en orden. Respiró hondo, se acercó al cuerpo y observó el rostro de Manuel, el gesto estúpido, de extraña sorpresa, de alguien que no esperaba morir—. Quizá lo encerraron aquí, a oscuras, y algo lo aterrorizó, salió corriendo en la oscuridad y tuvo la mala suerte de encontrarse con…
Un sonido burbujeante le interrumpió. Los dos hombres se giraron y observaron como de unas rejillas del suelo comenzó a manar, como si fuera un geiser, un enorme chorro de agua putrefacta.
—Es un desalojo de emergencia, las cañerías deben de estar atascadas en la toma con el colector general, y la presión de la lluvia seguro que… — Lanuza se calló de golpe al observar como una legión de ratas, muchas de ellas muertas, surgía tras el chorro y correteaba por la sala huyendo de la inundación de la cloaca.
¡Chaf! ¡Chaf! ¡Chaf!, cientos de patas alejándose de la muerte.
—Salgamos de aquí, tengo otra cosa que enseñarte. —Lanuza siguió a Rafael hasta el zulo.
—¿Tienes algo que ver con el fiambre? Porque voy a tener que llamar a la oficina…
Rafael negó mientras caminaba.
—Que va, haz lo que debas, no hay problema; solo es un tío con el que quería hablar. Yo estoy buscando a un chaval, ¿vale? El capullo de ahí abajo lo conocía. —Subieron las escaleras—. Pero este solo era un puto yonki, hermano de un amigo del chaval que me interesa, y esperaba poder sacarle algo… No sé, más nombres de personas que pudieran esconder a mi cliente. —Lanuza escuchó aquel «cliente» y no le gustó nada la entonación. Rafa abrió la puerta del zulo y entraron—. Era una pista mierdosa, pero, coño… No tenía dónde agarrarme, hasta que encontré esto.
Abrió el archivador y mostró las ensangrentadas ropas de la clínica. Con el nombre de esta bordado.
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