184
-Dewilde-
Escuchó las primeras detonaciones porque en ese momento estaba pagando al taxista que lo había llevado hasta la puerta de ICARUS. Al principio creyó que serían fuegos artificiales, algún acto en las Fuentes de Colores de Plaza España. Ni siquiera iba a prestar más atención hasta que escuchó los cristales rotos y una de las balas rebotó en la fachada del edificio, justo frente a él. Eso hizo que se lanzara al suelo y se arrastrara fuera de la trayectoria de los disparos.
Alguien gritó. Un grito de agonía, de dolor lacerante, que se extinguió de repente, en seco. A DeWilde se le congeló la sangre y se le erizaran los pelos de todo el cuerpo.
Ya no hubo más disparos.
A rastras, se ocultó tras unos enormes maceteros de piedra, y esperó escuchando solo su agitada respiración en un tenso silencio. Tras esperar un par de minutos así, con el pulso acelerado, se asomó entre las plantas. Desde aquel ángulo no veía con claridad lo que había pasado, pero ya no se oía nada.
Sacó el móvil y marcó el número de emergencias en el preciso instante en que vio el coche. Era uno de los suyos, con el logo de Pharma Tex grabado en la puerta, y SEGURIDAD 4 serigrafiado en el capó. Colgó el teléfono. Era el coche que traía a 184 a la clínica.
El otro era un viejo Renault, y los dos estaban destrozados por el intercambio de disparos; había cristales por todas partes y se veían impactos de bala en ambas carrocerías. No sabía si había alguien dentro del coche del laboratorio, los restos del parabrisas estaba hechos añicos y no permitían ver el interior. Las luces de los dos vehículos estaban encendidas, y las puertas, abiertas.
La puerta de la clínica se abrió, y uno de los guardias de seguridad de Icarus se asomó con suma cautela con el arma en la mano. DeWilde le hizo gestos de que se acercara. Aquello tenían que solucionarlo de forma interna, sin injerencias. Zarko se lo agradecería.
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