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-Velasco-
Eran las nueve de la mañana, pero ninguno de los dos había dormido mucho esa noche.
A Velasco había ido a buscarlo Marc en persona a su casa, a las cinco de la mañana, cuando él ya llevaba en marcha toda la noche, desde que le habían informado del tiroteo. El viejo doctor parecía embrutecido y en shock cuando le dijeron que DeWilde había muerto. Y que si tuviera su móvil encendido, le habrían podido informar mucho antes. Velasco no recordaba haberlo apagado. Ni cómo había llegado a casa. Ni muchas otras cosas.
Marc sospechaba que el tipo estaba durmiendo la mona cuando lo despertó. Apestaba a whisky y llevaba puesta ropa de calle arrugada cuando le abrió la puerta.
Había sido una larga madrugada. Velasco como director de la clínica y Marc como responsable de seguridad de esta habían respondido muchas preguntas. Habían visto cómo el juez levantaba el cuerpo de DeWilde y los otros tres fallecidos. Ahora estaban sentados el uno frente al otro en el despacho de Velasco.
—Me ha llamado y me ha dicho que viene un experto en seguridad para hacerse cargo de todo, y que debo prestarle toda mi ayuda; ah, y que borre su número de mi agenda, que no tengo por qué llamarlo más, que hay canales adecuados para ello… —Marc Trías parecía muy enfadado. Seguía en el despacho de Velasco, con la corbata olvidada sobre la chaqueta, a un lado de la mesa, y bebiéndose un whisky caliente que Velasco le había servido en un vaso de plástico—. ¿Sabes lo que he hecho? Le he dado su puto número a la policía. Si tiene problemas, que me despida; uno de esos chicos muertos era novio de mi sobrina, ¿lo sabías? —Velasco negó con gesto serio—. ¿Y quién coño es ese que viene a solucionarlo todo? ¿Un agente de la Interpol? ¿Un juez?
—¿Yuri? Bueno, no precisamente… —Velasco sonrió con tristeza mientras tecleaba algo en el ordenador; luego giró la pantalla para que Marc viera la imagen. En ella aparecía una foto difusa de un hombre joven, totalmente deformado, postrado en una silla de ruedas y cubierto por una manta. A su lado, una mujer de pelo negro miraba directamente a la cámara con gesto amenazador—. Podríamos decir que es el primer éxito de este proyecto. Es un caso especial; un chaval superdotado, con un cerebro fuera de lo común, que por pura casualidad fue incluido en un tratamiento del laboratorio de Toulouse tras un accidente de coche en el que quedó en coma.
—¿Y ese monstruo de feria nos tiene que salvar el culo? —Marc, incrédulo, señalaba la pantalla con el vaso.
Velasco se encogió de hombros.
Marc se quedó mirando la foto; había algo terrorífico en aquel chaval.
—¿Y es normal? —Trías estaba ligeramente borracho—. Quiero decir… ¿Se despertó del coma y ya está?
—No, no. —Velasco se encendió un cigarro—. A efectos del accidente quedó tetrapléjico, pero eso no le importó a nadie. Su cabeza estaba destrozada y aplastada, y al fin y al cabo, su muerte era cosa de horas.
Trías lo miró sin comprender nada.
Velasco se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto.
—O al menos eso creía el equipo médico que lo sacó del coche y lo metió en la ambulancia…
No llegará al hospital…
No pasará de esta noche…
En un par de semanas máximo…
No le doy ni seis meses…
Estuvo en coma durante dos años sin que nadie se preocupara por él; no tenía familia, era un huérfano inmigrante. ¿A quién coño le podía importar?
—En ese tiempo, su cuerpo quedó completamente deformado. — Velasco moldeaba en el aire con las manos frente a la imagen digital de Yuri, como para ayudarse a describir las sensaciones que le producía—. Con el tiempo adoptó una postura fetal incorregible. —Señaló la foto—. Su espina dorsal se fue curvando sin remedio, y sus manos… Son como garras inútiles. En definitiva, es un pequeño saco fláccido relleno de huesos mal soldados, y ni siquiera puede hablar; se tragó su propia lengua en el accidente. —Se recostó en la silla y se sirvió otro vaso—. No sé por qué cojones Zarko quiere traerlo; como bien dices, es un monstruo de feria, nada más.
Trías observaba la foto mientras dejaba que Velasco continuara hablando. Este parecía divagar absorto en sus propios pensamientos, sin darse cuenta de que Marc lo escuchaba atentamente.
—Y esta tipa… —Velasco hizo un gesto con el vaso, señalando la pantalla del ordenador—. Babel, su «niñera», guardaespaldas o lo que cojones sea. Cuando me los presentaron en París no sé quién me dio más miedo, si Yuri o ella. Me dijeron que Babel también había tenido un accidente y que no hablaba por eso; le amputaron la lengua, como a Yuri, y por eso le gustaba tenerla cerca. Putos rumores estúpidos… Investigué un poco, por pura curiosidad, y no encontré nada, pero nada de nada, ni siquiera un apellido; Babel y punto. Y encima no habla, así que poca cosa puedes preguntarle. Su informe es una hoja, la dirección de su vivienda actual es la clínica donde está Yuri, y tiene un contrato como su asistenta privada. Y nada más. ¿Te lo puedes creer? Ni un puto dato. Un tipo que ha despertado tras perder parte de su cerebro y estar completamente desahuciado, y no solo no lo tenemos en la mesa de operaciones sino que le ponemos una canguro sospechosa y no identificada para que le limpie el culo… ¡Bah!
Trías se dio cuenta de que Velasco estaba bastante más borracho que él.
—¿Estaba desahuciado?
Velasco se acabó el vaso de un trago antes de hablar.
—En el hospital donde estaba ingresado necesitaban camas. Yuri era un caso perdido, un chaval en coma que había perdido parte de la cabeza; estaba destrozado, llevaba dos años puliendo las arcas francesas, y encima ni siquiera era francés. Les importaba tanto como un kilo de mierda, así que… se decidió dejar de alimentarlo.
A Marc se le secó la boca. Velasco lo miraba fijamente mientras hablaba.
—Una bomba de morfina en lugar de suero, y a esperar. ¿Sabes qué le pasa a la gente que se le administran treinta mililitros de morfina en una hora?
—Me puedo hacer una idea aproximada. —Trías sonreía falsamente.
—Pues lo lógico no va con Yuri, amigo mío. A la tercera semana de administrarle ese tratamiento milagroso, que podía matar a un elefante en pocas horas, incluso su médico empezó a ponerse nervioso. No solo no había muerto, sino que la Administración había comenzado a interesarse por su estado, que parecía mejorar cada vez más, contraviniendo a la ciencia y a la lógica. Evidentemente, suspendieron el tratamiento. Nadie quería que muriera en ese momento; se habría pedido una autopsia, y Yuri llevaba en las venas morfina como para colocar a todo París.
»Al parecer, un acuerdo con Pharma Tex iba a propiciar el traslado de varios enfermos terminales en estado de muerte cerebral a nuestro centro de cuidados paliativos. A Yuri prácticamente nos lo regalaron, a pesar de que él sí que tenía actividad cerebral.
Velasco se sirvió un nuevo vaso.
—Creo que incluso respiraron aliviados al librarse de él; se suicidó una vez y ahora el cabrón no quiere morirse. Cuando lo trajeron, Jules comenzó a administrarle TC110 y le puso el número 49, pero no llegaron a tatuarlo. Se despertó antes. Desde entonces no admitimos más casos con actividad cerebral. Solo vegetales. Y hasta esos se están despertando.
—Parece una película de zombis —dijo Marc.
—No digas gilipolleces. —Velasco lo miraba indignado.
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