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Iván Ledesma · Capítulo 64 de 96

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-Zarko-

 

Miraba por la ventana de la limusina. No quería girarse, porque sabía que allí estaría él. Aunque no estuviera presente. Puede que ciego, pero mirando dentro de él. Puede que ausente, pero siempre allí. Su presencia. Y lo odiaba por ello. Se odiaba a sí mismo, y por eso era mucho mejor no mirar. Las calles de Barcelona eran mucho más interesantes. Solo un poco más, apenas unos minutos, y dejaría atrás todo esto.

—Tienes que decírselo a Velasco. —La voz en su cabeza.

Tragó saliva. No quería tener que decir nada más. Quería pasar de todo. No hacer nada. Olvidar.

—Es necesario; no queremos que haya problemas.

Cerró los ojos y respiró con fuerza, hurgó en su bolsillo y sacó un nuevo frasco, lleno a rebosar de su medicación. Abrió la nevera, se sirvió un enorme vaso de agua con hielo e hizo desaparecer dos cápsulas. Luego abrió los ojos.

Junto a él estaba Babel, que lo miraba fijamente. Acompañándolo al aeropuerto. Yuri se había quedado en el hotel, pero su voz lo acompañaba a todas partes; donde quiera que fuera, siempre estaba allí.

No lo iba a hacer. Solo cogería el avión y se marcharía.

Sonó su móvil.

No quería cogerlo.

Babel activó el manos libres, casi como si intuyese quien era, como si lo supiera.

La voz mecánica surgió por el altavoz del coche:

—Hazlo.

—Quiero…

—Me da igual lo que quieras. Llámalo.

—No puedo…

—¿Recuerdas Phnom Penh? ¿Recuerdas a Hanouk? ¿Su sangre?

 

Una habitación. El aire acondicionado estaba roto. Hacía mucho calor. La moqueta del suelo estaba empapada de sangre. Toda la habitación apestaba a ella. Hanouk se había asfixiado con la bola de calcetines sucios que Zarko le había metido en la boca, sellándosela con cinta aislante. O tal vez por los cortes que le había hecho con el destornillador. ¿Cómo podía recordar su nombre? Nunca se preocupaba de los nombres; apenas caras, rostros grises, muchos. Hanouk estaba muerto. Como todos. Sus piernas sobresalían bajo la cama, donde los golpes lo habían empujado. ¿Tendría los ojos abiertos o cerrados? En aquel momento, en aquel lugar, tan lejos, era lo único que le había interesado saber. Nunca llegó a comprobarlo, porque en ese momento llegó la policía.

Una arcada incontrolable subió quemándole la garganta, bilis amarga en su boca, un terror helado que le hizo convulsionar todo el cuerpo. Y la fría mirada de Babel, impasible, esperando…

—No, no, no. —Solo podía balbucear mientras trataba de borrar las imágenes de su cerebro.

—Hazlo. Y todo seguirá olvidado. —La llamada se cortó.

—Voy… —Era absurdo, no tenía que darle ninguna explicación a nadie, y menos a aquella tipa muda, pero se veía en la imperiosa necesidad de hacerlo; decírselo a ella era casi como decírselo al propio Yuri—. Voy a llamar a la clínica, para dejarlo todo atado.

Babel asintió en silencio.

Zarko activó la videoconferencia y marcó el contacto del despacho de Velasco. Se ajustó la corbata y apuró el vaso de agua hasta el final.

—¿Sí? —Velasco no había activado la videoconferencia, así que Zarko se vio hablando con una foto del doctor. A juzgar por la voz tenía una resaca fenomenal, y seguramente había dormido en el despacho.

—Velasco… Me voy.

—¿Qué? —El viejo doctor parecía alarmado—. ¿Dónde?

—Dejo a Yuri al mando de todo, quiero que…

—¿Qué Yuri? —La alarma dejó paso a un enfado considerable—. ¿El tullido? ¿Qué broma es esta? ¿Te estas cachondeando de mí?

—No; es… Es la persona adecuada para manejar la situación, quiero que lo ayudes en todo lo que puedas. Irá hoy a la clínica.

—Estás loco si crees que…

Cortó la llamada en el momento en que la limusina frenaba frente a la terminal de vuelos internacionales del Prat.

Ni siquiera cogió la maleta. Ni siquiera la echó en falta. Bajó del coche y se encaminó directamente al mostrador. Compró un billete personalmente (no lo había hecho nunca) y se sentó a esperar. Quedaban cuatro horas para su vuelo, pero no pensaba moverse de allí hasta que no fuera para subir al avión y marcharse del país donde estaba Yuri.

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