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-Rafael-
El botón de la planta -10 estaba manchado de sangre, así que lo apretó tras pasar por la luz verde la identificación que le había quitado al doctor de la entrada. Lo había visto hacerlo para llamar al ascensor justo antes de pegarle el tiro y le pareció buena idea cogerla.
Las puertas se cerraron y el ascensor se puso en marcha.
Aquel sitio apestaba a matadero. Pero Rafa había estado en muchos. La sangre del suelo estaba pegajosa y era suya. Del cliente. Del objetivo. Le había dado, pero no había caído del todo. Y Rafa era una persona meticulosa que no dejaba nunca nada a medias, eso lo sabían las personas que lo contrataban. Tenía una reputación. En realidad, eso era lo único que tenía. Y no iba a permitir que escapara. Una vez se encargara de aquel cliente, todo iría estupendamente. Volvería a Olivenza, buscaría la casa de su padre, si es que existía, y le prendería fuego. Si bajo la casa él seguía encerrado en el sótano, era su problema.
Por el altavoz del ascensor sonaba una marimba muy optimista.
—Dejaste que se me comieran…
La voz venía del comunicador de emergencia del ascensor. Rafa le apuntó con la escopeta. Pero no dijo nada. La voz sonaba dolorida y afectada:
—Me dejaste allí a oscuras y dejaste que se me comieran. ¿Sabes lo que eso duele? Me destrozaste el corazón.
—Tú hiciste lo mismo. —Rafa hablaba en voz baja, acercándose a los diminutos agujeros del comunicador—. Me hiciste lo mismo. Lo merecías.
—Pero yo te saqué, no te abandoné allí dentro; solo fue una semana. Yo te quería. No clavé la puerta del sótano…
—Mataste a Madre. Y se la diste de comer a los perros… A esos perros. Ni siquiera me quedó una tumba donde llorarla. —Estaban a punto de brotarle las lágrimas.
—Ella era mía. —La voz parecía dolida—. Hice lo que tenía que hacer. ¿Llorarla? ¿Qué clase de maricón eres? Tú has matado a mucha gente… ¿Has llorado a alguno?
Rafa miraba con rabia el comunicador; a través de los agujeros casi podía sentir el aliento fétido de los perros que criaba su padre.
—Yo me encargo de mis problemas.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Rafa le pegó un tiro al comunicador y salió al pasillo. Se le habían acabado las balas de la escopeta, así que la tiró al suelo y sacó una de las dos pistolas.
Allí en medio del pasillo había un charco de sangre, un montón de gasas tiradas por el suelo y huellas ensangrentadas que se dirigían hacia una puerta.
Amartilló la pistola.
—Enseguida llego.
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