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Iván Ledesma · Capítulo 57 de 96

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-Yuri-

 

 

Babel entró en la casa. Mientras las luces se encendían, tecleó su código de seguridad para que las alarmas no sonaran al detectar las armas que llevaba encima. Subió en el ascensor (no había escaleras en aquella casa) y entró en la habitación principal.

Yuri estaba en la cama, conectado a la batería de máquinas que mantenían vivo su mermado cuerpo.

Parecía dormir, pero era un error pensar que era eso lo que estaba haciendo.

Yuri jamás había sabido qué se sentía durante el sueño; su cerebro no le habría permitido probar lo que era abandonar la consciencia total y absoluta si no hubiera sido por el accidente.

Al entrar Babel en la habitación, aquellos ojos sin vida se abrieron por pura inercia; hacía años que era ciego, pero a pesar de ello, siguieron los movimientos de Babel por la habitación tal como si la viera perfectamente.

Babel se sentó en la cama y le acarició el pelo, quitándole un mechón que le caía sobre la nariz. Yuri sonrió.

—Nos vamos a Barcelona. —La voz surgió de un altavoz situado a un lado de la cama—. Hay un nuevo brote. Puede que esta vez llegue a germinar. Si lo encontramos a tiempo…

Babel comenzó a vestirlo en silencio, como un muñeco de trapo, totalmente desarticulado, en manos de la niña que lo trataba con la delicadeza y el amor absoluto que sentía hacia su juguete preferido.

 

Yuri vivía a otro nivel de consciencia.

Durante su infancia, las clases lo aburrían, la gente lo aburría, la vida era un aburrimiento. Al crecer, los placeres que podían facilitarle las drogas, el sexo, la violencia… solo eran débiles chispas de insulsa pseudofelicidad que no conseguían ni distraerlo. Vagar por la vida solo era una forma de existencia absurda y sin sentido que lo ofendía diariamente.

Robaba coches, se peleaba con gente, se metía todo lo que caía en sus manos, y trataba de hacerlo todo a la vez, construyendo un enorme castillo de cartas en el aire tratando de no pensar en nada, de sentir el vacío en su cerebro, un ansiado «no pensar» que jamás se materializaba. Muy al contrario, a medida que llegaba a la edad adulta, su cerebro se aceleraba más, provocándole largas noches de angustia, reviviendo cada segundo de su existencia desde el momento de su nacimiento, incluso antes.

¿Colegios para superdotados? ¿Fingir que duermes para que piensen que eres normal? ¿Imitar a la gente? ¿Ser lento y gris como todos? Puede que por un tiempo; pero al final, las horas muertas en las que la gente gustaba de descansar se le hacían una condena eterna e infame.

Su cerebro funcionaba a un ritmo imposible, calibrando opciones, elucubrando acciones, descartando salidas, directo hacia algún sitio que lo librara del tedio gris que le envolvía el corazón y le atenazaba la garganta, con ganas de gritarle al mundo: «Por favor, pegadme un tiro porque todo esto es jodidamente aburrido».

Jamás se arrepintió de nada, y en el momento del accidente, solo él supo que no se trataba de un error ni de una salida desesperada.

Fue una opción pensada, meditada y ejecutada de forma fría y calculada, serenamente.

Disfrutando del momento.

El coche, la autopista, el acelerador, en línea recta, a cualquier final.

Para ver el otro lado. Porque sí.

Algo nuevo al fin. ¿La inconsciencia? ¿La muerte? Un escalofrío de emoción subió por su espina dorsal. El primero en 18 años.

Deleitándose con aquello se estrelló.

Saboreó hasta el último segundo, recreándose con las luces, con el dolor, con la pérdida gradual de consciencia, el vacío oscuro al chocar contra el volante, su nariz quebrándose en miles de astillas directas como un misil hacia su cerebro. Trozos de metal hundiéndose en su carne, fuego quemando sus piernas aplastadas entre amasijos de hierro que le perforaban el cuerpo a cámara lenta.

Se tragó sus propios dientes, y aun así, si alguien lo hubiera visto habría jurado que sonreía.

Luego la caída en la oscuridad, nítida, presente, una explosión liquida de sensaciones: ahogo, felicidad, dolor… Y luego, al final, la tan ansiada nada, el preciado vacío, la no consciencia soñada. Al fin, el fin.

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