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-Rafael-
Sacó el trozo de cristal de la carne y lo dejó en un sucio cenicero, entre las colillas y la ceniza. Con los demás fragmentos ensangrentados.
—¿Cómo ha sido? —Felipe tenía un cigarro sujeto a la amarillenta cánula de su cuello mientras, con los ojos entrecerrados, cosía con aguja e hilo una fea brecha en la nuca de Rafa. No se había encendido el cigarro y su voz sonaba a pito, pero le gustaba el sabor del aire a través del filtro del cigarro.
—No lo tengo muy claro. —Rafa estaba recargando su pistola—. He visto a mi cliente, he ido a darle boleto… Pero los tipos del coche han empezado a sacar armas y me los he tenido que quitar de encima. Luego… No lo sé.
Solo le venían ráfagas sin sentido. Perros ladrando. Sangre y carne. En la oscuridad, bajo la casa. En el sótano, alimentándose los unos de los otros.
—Esto va a doler. —Felipe estaba empapando una enorme gasa en antiséptico y se disponía a ponérsela en la nuca—. Espero que sirva…
Rafa apuró un trago de whisky y le hizo una señal para que continuara. Felipe cortó unos trozos de esparadrapo y los colocó en los bordes de la gasa. Luego la aplicó firmemente en la nuca de Rafa, que golpeó la mesa con el puño cerrado al notar el ardor en el cuello.
La gasa comenzó a llenarse de sangre inmediatamente.
—Quizá deberías ir a tu médico. Solo es un remiendo casero.
—No. Esto va a salir en las noticias. No quiero que nadie me relacione, y ese cabrón ya me conoce bastante… —Dejó la pistola en la mesa y apuró el vaso.
—¿Qué vas a hacer ahora? —Felipe se secó el sudor con el trapo de cocina y se limpió la sangre en el delantal.
—Me iré a dormir un poco. —Rafael se levantó y se puso la chaqueta —. Mañana por la noche iré a la clínica, a ver si tengo más suerte.
—La pistola.
Rafa se volvió, extrañado.
—¿Qué?
—La pistola. —Felipe señalaba sobre la mesa—. No te la dejes.
—No, claro. —La cogió y la sopesó—. Además, está caliente; lleva ya… diez o doce encargos, no quiero que si me cogen me carguen todos.
—Dios mío… ¿Diez o doce? Tírala al río, qué haces todavía con ella.
Rafa observó el arma con detenimiento.
—No lo sé. La verdad, siempre se me olvida…
¿Cuánto hacía que no cambiada de arma? ¿Tres años? ¿Cuatro? Ni lo recordaba. ¿Cuándo se había vuelto tan poco cuidadoso?
—Necesito jubilarme, Felipe. Ya… no estoy fino. Se me olvidan las cosas. Tengo que dejarlo.
Felipe le puso la mano en el hombro.
—Si no lo ves claro, déjalo ya. ¿Te han pagado?
—No lo sé…
—Devuélvelo, no lo necesitas. Tómate unas vacaciones. Descansa.
—Creo que tienes razón. Voy a… Lo consultaré con la almohada.
Rafa asintió, cogió el arma, se la guardó en la chaqueta y salió a la calle. Cuando dobló la esquina, se había olvidado de aquella conversación.
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