184
-Paciente 184-
Me llamo David.
No supe mis apellidos porque Manuel, el yonki del metro, no los sabía tampoco. Me contó que vivía en su barrio, que me dedicaba al tráfico de hachís, a robar motos, y de vez en cuando a pegar algún palo gordo junto a unos amigos.
Él era hermano de uno de esos amigos.
Al parecer, en uno de esos palos, en la casa de un joyero, había llegado la policía y se había organizado un tiroteo de la hostia.
Resultado: mis dos amigos (uno de ellos su hermano) y una rehén habían muerto, y había varios polis heridos y un montón de gente buscándome.
Yo, que estaba esperando en un coche mientras pasaba todo, había huido en cuanto empezaron a sonar las sirenas.
Al día siguiente vinieron a buscarme a la casa donde vivía. Ni siquiera me había marchado, era tan capullo que no pensaba que fueran a relacionarme con aquello.
Logré escapar saltando por la ventana del segundo piso, llegué a coger la última moto que había robado y salí disparado para acabar estampándome al final de la calle contra un coche de policía camuflado que se cruzó en mi camino. Me destrocé la cabeza contra una pared.
A partir de ahí, fui historia.
Manuel me explicó que la gente de mi calle comentaba que había estado en coma durante un par de meses y después había muerto. Realmente, nadie lo sabía a ciencia cierta, era un hablar por hablar, una leyenda urbana del barrio.
Pero no estaba muerto. Nadie me había visitado, ni se habían preocupado por saber que simplemente me habían trasladado a otro sitio. No había familia, mis dos mejores amigos estaban muertos… Nadie se acordaba de mí. A nadie le importaba una mierda; solo era el gilipollas aquel del palo a los joyeros, el que se estampó con la moto al final de la calle 42.
Y luego estaban las joyas.
Manuel estaba convencido de que antes de que llegara la pasma, su hermano Raúl me había pasado una bolsa llena de joyas, y yo las había escondido en algún lugar.
¿Me había pasado una bolsa de joyas? ¿Cómo? ¿No se habían liado a tiros dentro de la casa del joyero? ¿Raúl había salido a dármelas y había vuelto a entrar? ¿Por qué no habían huido en ese momento? Manuel no tenía respuestas. Pero su fe en que yo tenía las joyas era muy grande. De ahí que tampoco me creyera cuando le dije que tenía amnesia y no recordaba nada.
Camino del barrio, yo observaba cada rincón, cada calle, y todo me era tremendamente familiar, lo que daba veracidad a la historia de mi patética vida que aquel yonki descerebrado había contado.
—Si quieres, vente a sobar a mi zulo. Donde tú tenías la cama hay una familia de ecuatorianos viviendo.
Acepté sin pensarlo; cualquier sitio donde sentarme, descansar un poco y meditar mis siguientes pasos.
La zona industrial del barrio era un conglomerado de fábricas de todo tipo: coches, maquinaria industrial, un enorme almacén chino, una fábrica de galletas, y detrás de todo ello: La zona muerta.
Allí había un enorme polígono industrial abandonado. Fabricas construidas durante el boom industrial de los sesenta que habían quebrado en los ochenta y que ahora se pudrían mientras esperaban que alguien se hiciera con los terrenos.
Poco a poco, las calles habían sido abandonadas; los semáforos no funcionaban y hacía muchos años que los contenedores de basura habían desaparecido. Los servicios de limpieza no entraban en esa zona, y el lugar se había asilvestrado.
Las calles asfaltadas estaban llenas de socavones que podían fácilmente dejar un coche atrapado, y excepto la gente que se perdía o los yonkis que lo usaban como lugar apartado e íntimo donde chutarse, nadie pasaba por aquel lugar.
Manuel vivía en una de las fábricas abandonadas. Una oficina situada en la segunda planta de una empresa llamada Cusurcal S. A. le servía de casa.
Unas escaleras metálicas completamente oxidadas llevaban hasta una puerta cerrada con un candado y una cadena toscamente montada a través de agujeros abiertos a golpes en la puerta y en la pared. Dentro, el zulo.
No entendí porque lo llamaba así, aquel sitio no era pequeño ni estaba oculto. Enormes ventanales cubrían una de las paredes que daban a la calle; en total, una extensión de unos setecientos metros cuadrados. Las ventanas eran de plástico endurecido de diez centímetros de grosor, y habían soportado estoicamente el paso del tiempo: sucias, llenas de golpes de pedradas, erosionadas por el óxido que caía del tejado y que dejaba unos regueros naranjas como chorros de lava, pero totalmente funcionales.
Manuel había vaciado la oficina de su mobiliario original, aunque había dejado algunos archivadores a un lado, a modo de armarios, de donde salían montañas de ropa arrugada y maloliente.
A un lado había una mesa y una silla. Las miles de revistas porno que había apiladas encima de la mesa, el rollo de WC y la papelera desbordada de papel arrugado donde iba amontonando las descargas le quitaban cierto glamour, pero el yonki se lo había montado bien.
Oculto tras los archivadores, un enorme colchón tirado en el suelo, cubierto de mantas andrajosas y sin sábanas hacía de cama. Al lado, un montón de velas y paquetes de medicamentos.
Y nada más. Todo el resto del lugar estaba completamente vacío.
—¿Te mola o qué?
—Es grande.
—Sí, bueno; yo no necesito tanto espacio, pero el sitio es cojonudo. Me pegué tres días revisando las fábricas, pero casi todas tienen pinta de derrumbarse ya mismo, ¿sabes lo que te quiero decir? —comentó mientras gesticulaba con las manos—. Y los sitios donde entra luz… no tienen cristales en las ventanas y te cagas del frío que mete, pero esta es de puta madre, ¿sabes lo que te quiero decir? ¡Un sitio niquelado!
Manuel cogió una de las cajas de medicamentos y se dirigió hacia la puerta.
—Voy un momento a por una cosita que me tiene que traer mi abuelo. —Me enseñó la caja, que estaba vacía—. Es crema pa’ las almorranas, no te pienses nada chungo, ¿sabes lo que te quiero decir? Tengo el culo hecho una mierda y se me ha acabado, a mi abuelo se la dejan barata por lo de la edad, ¿sabes? Ahora vengo, ponte cómodo; luego nos hacemos un porrillo y me cuentas de dónde has salido y todo eso…
Salió por donde habíamos entrado y me quedé solo en el zulo.
Me senté en la única silla. Un ruido monótono y relajante lo invadía todo: el repiqueteo del agua sobre los ventanales; había comenzado a llover sin que nos diéramos cuenta. Un cielo cenizo y oscuro filtraba la mortecina luz a través de las sucias ventanas, y las sombras se alargaban lanzando siniestras figuras sobre aquel fantasma de metal y cemento.
Mientras el cansancio se abatía sobre mí, una oscura y empalagosa sensación de calor se empezó a derramar dentro de mi cabeza; una explosión líquida y mareante que me adormecía los sentidos, embotándome la visión, hasta que finalmente noté como algo me goteaba por oreja sobre la camisa con un continuo plic. Espantado, traté de mover el brazo y ver si estaba sangrando. En aquel momento volví a desmayarme.
OceanofPDF.com