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Iván Ledesma · Capítulo 96 de 96

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-Paciente 184-

 

Desperté, y el hedor seguía allí.

De nuevo y contra mi voluntad mi corazón había comenzado a latir. Notaba la sangre fluyendo por mis venas. Una sangre que creía agotada y que, sin embargo, sin saber cómo ni porqué, había vuelto a generarse dentro de mí.

Estaba tumbado en una camilla, con una bata de papel como única vestimenta y cubierto por una sábana. Me toqué el lugar donde tenía el orificio de bala y ya no estaba allí, en su lugar había una cicatriz abultada hecha de un tejido calloso y duro. Me quité la sábana de encima y vi que estaba en medio de un pasillo apenas iluminado por un par de fluorescentes moribundos. A mi alrededor había otras camillas, algunas ocupadas y otras vacías. Y había cuerpos también en el suelo, apilados sin orden por todas partes. Algunos eran más o menos recientes, pero otros parecían estar en avanzado estado de descomposición, viciando el aire de aquel sitio.

Extrañamente, las paredes estaban pintadas de alegres colores, verdes y rosas, y las adornaban dibujos de elefantes, leones y delfines.

Un cartel indicaba que estaba en la sala de espera del área de pediatría del Hospital Central.

Y había un silencio sepulcral.

Al final del pasillo, junto a lo que parecía la puerta de salida, vi un cadáver tumbado en el suelo que era diferente al resto. Llevaba bata y mascarilla. Y ropa.

Me puse en pie y caminé en esa dirección. Cuando estuve a un par de metros, el presunto cadáver tosió.

—Hey —susurró, mirándome sin moverse—. ¿Me das un poco de agua?

Me acuclillé a su lado. El tipo tenía lo que había sido su ojo izquierdo convertido en una masa sanguinolenta que se le derramaba por la cara, y aunque llevaba una mascarilla, dentro había vomitado sangre que se desparramaba por el mono de hospital.

Le despegué la mascarilla de la cara. Había sangrado por todos los orificios de la cabeza. Parecía estar en las últimas.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Dile a Elisabeth que lo siento, no podía quedarme en casa con todo lo que está pasando. —Parecía estar alucinando, mirando alrededor. La mitad derecha de su cara estaba completamente flácida e inexpresiva; de ese lado caía una espesa baba negruzca y sanguinolenta—. Son solo niños. Están asustados. Por favor…, agua. Llevo aquí tirado desde ayer —me suplicó mirando a un lado.

Vi que miraba en dirección al lavabo de la sala de espera. Junto al lavabo había una máquina de café y una papelera. Saqué una taza de café de plástico de la papelera y la limpié en el lavamanos, luego la llené de agua y volví con el médico moribundo. Le di de beber. Apenas pegó un par de sorbos con gesto de dolor y tosió fuertemente. Un cuajarón de sangre negra y seca salió disparado y me dio en el pecho.

—No deberías quedarte aquí, te infectarás —me dijo mirándome de nuevo.

—No te preocupes por mí. ¿Qué ha pasado?

—Sabía que tenía la micraña, la pillé el jueves, pero aún podía seguir, estaba controlada; la mayoría ni siquiera volvieron ayer, y los niños estaban solos… Bajé a buscar suplementos alimenticios. Los de fresa les gustan mucho. Y aguantan bien fuera de la nevera… —Se quedó bloqueado, recordando algo—. Supongo que sufrí un ictus o algo así, no noto nada del cuello hacia abajo…

Volvió a toser.

—Oye, si te quedas mucho rato aquí, te infectarás seguro. A mí me la sopla, si te quiere morir aquí me ahorras el trabajo de traerte luego y… —El tipo se me quedó mirando fijamente, con gesto alucinado—. ¿A ti no te saqué del congelador esta mañana? Los del depósito…

Volvió a toser y se quedó murmurando algo entre dientes sobre llamar a Elisabeth y decirle de ir al cine. Decidí sacarlo de allí y buscar ayuda. Fui hasta una de las camillas ocupadas, dejé el cuerpo en el suelo y volví empujándola donde estaba el médico.

—Amigo, nos largamos de aquí.

Pero ya era tarde. Estaba muerto.

 

Al salir por el pasillo, lo que más me sorprendió fue el silencio. Solo se escuchaba el leve zumbido eléctrico de los fluorescentes. Nada más. Al subir las escaleras me encontré con un área improvisada que habían habilitado con catres, y por el olor que desprendían había cadáveres en todos ellos. Algunos eran muy pequeños.

Comencé a sentir una sensación de claustrofobia que el hedor estaba haciendo insoportable. Necesitaba salir a la calle, respirar aire fresco y recuperarme de aquella nueva locura en la que había despertado. Corrí en dirección a las puertas de cristal. Al otro lado, un despejado y soleado día me esperaba.

Al abrir las puertas me quedé petrificado.

Olía peor fuera que dentro.

Porque toda la ciudad estaba muerta.

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