184
-Paciente 184-
—Está en el pasillo.
Lo dije en voz baja. Pero el motor del congelador más cercano no permitió que Susana me entendiera. El vaho de mis palabras le hizo mirarme extrañada. Me hizo un gesto de no entender. Le señalé el pasillo. Lo notaba. Estaba allí. Avanzando hacia nosotros.
El frío me había despertado un poco. Yo no sabía si era bueno o malo, pero también había hecho que la hemorragia perdiera mucha intensidad. Quizá apenas me quedaba sangre en el cuerpo, pero lo cierto es que todavía seguía consciente.
Aquella puerta era dura y resistente, y Susana la había atascado con uno de los taburetes altos que usaban los forenses. Aquel tipo no podría entrar allí. Solo tenían que esperar a que llegaran los refuerzos.
—¿Por qué me ayudaste? —Susana estaba tiritando a mi lado, sentados tras la mesa de autopsias. Me miró extrañada.
—¿A qué te refieres?
—En aquella carretera… Podías haberme llevado a la policía… O a la clínica, o dejarme tirado allí y… que me desangrara. ¿Por qué me ayudaste? ¿Por qué has seguido ayudándome? No me debes nada. No me conoces.
—No lo sé. —Se sentía extraña al pensar en ello—. Yo también me lo he preguntado mucho. Pero lo cierto es que… no sé por qué lo hice. Solo que… Lo sentías. Supongo que me diste pena.
Y entonces lo vi claro: no sé qué había hecho, pero la había presionado. En aquel momento, en la carretera. Al igual que le había hecho algo al loco que me perseguía para que no me matara, había hecho algo a Susana para que me ayudara. Algo mental. Una especie de coacción involuntaria. Y así seguía. Ayudándome. Quizá en contra de su voluntad pero sin saberlo.
—Lo siento de verdad. —Le cogí la mano—. Pero no hace falta que sigas haciéndolo.
—Claro. —Señaló la puerta y sonrió—. En ese caso me voy, ¿vale? Ya nos llamamos si eso, y quedamos para tomar un café o lo que sea…
Sonreí. No sabía lo que le había hecho, y no sabía detenerlo. Me sentía como un miserable.
—No… No quiero que ese loco me mate.
—Claro, normal, yo tampoco.
—Ya, pero… —Le sonreí—. No quiero que me mate, pero tampoco quiero que me curéis, no quiero salir de aquí.
—No digas tonterías. —Susana estaba indignada—. ¿Qué estás diciendo? ¿Quieres morirte?
—No sé si te has dado cuenta… —Me destapé la herida, había dejado de sangrar completamente—. Pero prácticamente estoy muerto. Creo que si mi cerebro sigue activo es por… las cosas que me hacían aquí. Si fuera normal, llevaría un rato muerto. No noto ni las piernas ni los brazos. Y la visión se me está nublando. Yo… Creo que mi cuerpo ya sabe que está muerto, pero mi cabeza todavía no lo ha aceptado.
Susana sonrió nerviosa:
—No digas tonterías, como vas a…
Pero al comprobarle el cuello se dio cuenta de que decía la verdad.
No tenía pulso.
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