184
-Zarko-
Zarko se sentó en la cama del hotel; fuera, llovía de nuevo. Llevaba días lloviendo. El enorme ventanal de la suite mostraba una panorámica de la Diagonal de Barcelona, el cielo plomizo, los coches, la gente, las pequeñas hormigas volviendo a sus pequeños cubículos.
Palabras como melancolía no existían en el idioma de aquel hombre, pero a veces, en días como aquel, solo, en su habitación de cuatro mil ochocientos euros la noche, se descubría a sí mismo pensando en otras vidas, en otros lugares, en otra forma de hacer las cosas.
Podía venderlo todo. Tantos miles de millones… ¿Cuántos según la última estimación? Ni lo recordaba. Irse, largarse, comprarse una isla, o un país, o un puto planeta si le daba la gana, y relajarse, olvidarse de todo. Tumbarse, leer, comer a placer, follar a placer, todo el día; un hedonismo desbocado, sin fin, hasta el final de la existencia. Conocía a mucha gente que hacía exactamente eso todos los días del año, joder; algunos eran de su propia familia.
Para eso se había esforzado toda la vida, ¿no? ¿No era esa la meta? ¿La paz del cuerpo y de la mente?
Y entonces…
¿Qué hacía allí? ¿Por qué seguía tan de cerca Pharma Tex? La investigación ni siquiera era uno de sus campos favoritos; de hecho, si lo pensaba, ¡lo aburría bastante! Apenas representaba un mísero cuatro por ciento de sus inversiones, y lo que a él le interesaba era el dinero. Hasta hacía unos años ni habría prestado atención a nada de lo que allí acontecía. ¿Un don nadie desaparecido? ¿Y qué? ¿A quién coño le importaba? ¿Por qué me molestas con esta mierda? ¿De verdad tengo que prestarle atención? Él podía convencer al pusilánime de DeWilde o al cretino de Velasco de que REALMENTE todo era MUY importante, de que todo aquello era una jodida hecatombe mundial.
Pero ¿lo era?
Había algo que se le escapaba. Porque a pesar de estar de acuerdo con todo lo que pensaba, no era capaz de traducirlo en acciones. Había algo que fallaba en su cabeza, algo que iba realmente mal, pero no era capaz de centrarse en ello, de descubrirlo, de señalarlo con el dedo y decir: «te pillé».
Y el hilo de los pensamientos se desvanecía. Se desmontaba como un castillo de naipes, como un coitus interruptus, dejándole una sensación de vacío y absoluta insatisfacción.
Sacó del bolsillo una cápsula azul; era la última de ese bote. La miro al trasluz. Abrió la nevera y se sirvió un vaso de zumo de melocotón. Se tragó la cápsula y bebió del vaso. Luego abrió la maleta, sacó otro frasco de cristal lleno de cápsulas y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Había que pillar a 184. Sí. Claro. Seguramente, una vez hecho eso podría venderlo todo, largarse, hacer todo lo que quería hacer, incluso deshacerse de Pharma Tex, pero lo primero era lo primero.
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