184
-Paciente 184-
Recuerdo exactamente lo que pensaba en aquel momento.
Hay mucha gente, estoy muy cansado, mi cabeza es como una
centralita de teléfonos, y me siento colapsado.
Voces, susurros, sobre todo deseo y frustración, puedo notarlo,
puedo distinguirlo.
Animales en busca de satisfacer lo básico: sexo, hambre, sed,
sueño, dolor, infelicidad…
No soy capaz de evitarlo, intento cerrarme a ello, pero es como
un grifo mal ajustado que poco a poco vuelve a abrirse, primero
unas gotas y luego un pequeño reguero que cae, y cada gota, cada
pequeña gota, duele.
¿Difícil de entender? Pues es lo más cerca que estoy de poder expresar con palabras lo que sentía. Quizá puedo hacerlo más fácil: mi cerebro sufría una diarrea mental en forma de torrente de ideas de otros que no se podía detener.
Estaba sentado en las escaleras que daban a la entrada del metro de la parada de Plaza Universidad. A mi alrededor, un montón de chavales borrachos también esperaban. Debía de faltar poco para que abrieran las puertas, allí abajo había luz y veíamos a los de seguridad pasear tras las rejas de la puerta de entrada.
Estaba extenuado. Había caminado muchísimo y mi cuerpo, no acostumbrado, se resentía. Me picaban las piernas, tenía la cabeza apoyada en los brazos, y estos, cruzados sobre mis rodillas; los ojos fuertemente cerrados, tratando de liberarme de pensamientos ajenos, de otras mentes que lanzaban ráfagas de su vida directas a mi cerebro.
Un hilo de baba caía de mi boca al maloliente suelo. Mis labios intentaban murmurar mis pensamientos, pero solo se movían sin sentido, incapaces de seguir el ritmo que marcaba el cerebro.
Parecía un loco, pero daba igual; yo no era nadie, solo un borracho más. A mi alrededor, todos fumaban marihuana entre risas mientras se pasaban las últimas botellas de la noche. Escuchaba de vez en cuando a alguien a mi derecha aspirar de una bolsa de cola. El olor a vómito era lo peor, estaba por todas partes.
A nadie le importaba una mierda el medico colocado y apestoso que estaba sentado al final de la escalera.
El dolor de cabeza estaba convirtiéndose en una monstruosa punzada localizaba en mi frente, a dos dedos de profundidad. Dentro de mi cráneo. Todo comenzó a girar alrededor de él. Una imagen nítida de mí mismo con un taladro agujereándome la cabeza pasó de largo como un tren por mis pensamientos, que cada vez se aceleraban más hasta darme la sensación de estar sufriendo una taquicardia mental. Era incapaz de procesar todo lo que pensaba.
Entonces me desmayé.
Cuando desperté, las puertas de la estación ya estaban abiertas hacía rato, los chavales habían desaparecido y la madrugada se abría paso en la ciudad.
Tenía la cara pegajosa, y la camisa de medico estaba totalmente empapada de sangre; mi boca y barbilla también, trozos secos y negruzcos me sellaban los agrietados labios. Me limpié con el dorso de la manga de la bata. La nariz estaba taponada con coágulos. Me la toqué con cuidado, pero no estaba dolorida ni rota, así que apreté desde la base y fui bajando hasta los agujeros. Una enorme masa negra, marrón y roja se deslizó por ella hasta caer en el escalón con un horrible plop.
Respiré el frío aroma de la mañana y entré en dirección al andén.
La cabeza había dejado de dolerme. Y lo mejor es que la gente a mi alrededor ya no tenía esa neblina extraña envolviéndola.
Todo parecía más o menos normal.
¿Por qué el metro? ¿Por qué esa línea en concreto? ¿Y en esa dirección? Con el tiempo he llegado a la conclusión de que mi cerebro, incapaz de trazar una ruta o un objetivo claro, simplemente dejó que mi cuerpo siguiera la inercia habitual de sus impulsos. Y este me llevó al metro, a la línea y a la dirección que llevaban a mi antigua vida, como si esta, independientemente de si yo me acordaba o no de ella, no estuviera dispuesta a ser olvidada y me reclamara de vuelta, fuera como fuera.
Al entrar en el vagón noté un profundo y desagradable olor. Justo frente a la puerta había un chaval tirado en el suelo; se había cagado encima y toda su ropa estaba manchada de vómito. No creo que le importara, estaba completamente ido; su boca se movía de un lado a otro compulsivamente, tenía los ojos en blanco y balbuceaba algo sobre «ciclarse a tope para darle la suya al Puska» sin llegar a estar consciente.
A su lado, dos chavalas de unos quince años lo miraban y se reían, le hacían fotos y las subían a Twitter y Facebook etiquetando al pobre imbécil. Ellas no estaban en mucho mejor estado; sus caras, sudadas hasta el infinito en alguna discoteca sin aire acondicionado, mostraban unos chorretones de sombra de ojos que caían como lágrimas negras hasta la comisura de unos labios grumosos y repintados.
Sus bocas también se movían de lado a lado, y sus manos se retorcían alrededor de los móviles y de dos bolsos de plástico que hacían un ruido desagradable y chirriante.
Hacían comentarios estúpidos sobre el chaval, al parecer un galán que en algún momento de la noche (igual incluso antes de defecarse brutalmente en los calzones) había pretendido meterse en las bragas de una de las dos.
Di gracias por no estar sintiendo sus pensamientos.
Me senté a un lado y miré por la ventana. Es estúpido mirar por una ventana que da a un túnel, pero era mucho mejor que ver el panorama dentro del vagón; al menos el túnel tiene una lógica.
¿Para qué hacen ventanas en los vagones de metro? Supongo que para no agobiar a las personas con la sensación de estar encerrados en una caja metálica que se mueve a gran velocidad en una dirección incierta.
El chaval del suelo parecía dispuesto a reaccionar y levantarse, pero entonces llegamos a la estación de Marina y todo se jodió. Un gran deus ex machina selló mi destino en aquel momento.
Al abrirse las puertas, una marabunta de gente borracha inundó el vagón. Al entrar, algunos tropezaron con el chico y se fueron al suelo; entre risas e insultos todo el mundo se fue acomodando, excepto un tío de unos treinta años y pinta de yonki que se quedó acuclillado en el suelo junto a mi amigo el cagón y se puso a registrarle la ropa tranquilamente.
El chaval, que ya estaba medio despierto, trataba de quitarse de encima al moscardón que lo toqueteaba cada vez más insistentemente. Finalmente, el yonki se cansó del cagón y le soltó un puñetazo directo al rostro; su cabeza rebotó contra el suelo, y se quedó completamente quieto con un hilo de sangre saliéndole de la nariz.
Las chavalillas optaron por no ver nada, y disimuladamente se alejaron de la escena hasta la otra punta del vagón.
Al final, el tipo encontró lo que buscaba: el móvil y la cartera. Tras la revisión de tarjetas y dinero, el tío levantó la cabeza y nuestros ojos se cruzaron. Entonces los suyos se dilataron de sorpresa y… miedo.
—¡La puta! ¡Si me habían dicho que la habías palmao, tío! —De un salto se puso en pie y se sentó justo frente a mí mientras se guardaba tranquilamente la cartera y el móvil del cagón en el bolsillo de la chaqueta. Yo estaba helado, no sabía cómo reaccionar—. Joder, la peña va a flipar cuando te vean, pa’ mear y no echar gota, que cabrón…
OceanofPDF.com