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-Dewilde-
Sonó siete veces antes de que alguien descolgara, y cuando lo hizo, ella se enfadó.
—Es para ti, una mujer; dice que es importante.
—¿Una mujer? —Se puso las gafas, encendió la luz y miró el reloj digital de la mesita de noche; marcaba las 00:40 AM.
—Alguna de tus otras amiguitas, seguro.
—La única amiguita que tengo eres tú, y ya me das bastante el coñazo. No me calientes la cabeza ahora. —Cogió el teléfono—. Aquí DeWilde. ¿Quién es?
—Lo siento, señor DeWilde, sé la hora que es… Pero debería venir a Icarus.
—¿Eres…?
—Susana, enfermera responsable del turno de noche.
—¿Quién te ha dado este número? —dijo enfadado—. ¿Tú no deberías…?
—Velasco. Está aquí y me ha dicho que le llame. Es muy importante.
—Más vale que lo sea. ¿Por qué no me llama él?
—Está revisando unas grabaciones de vídeo, ha habido un fallo de seguridad.
DeWilde se sentó de golpe y comenzó a ponerse los pantalones. Su amiguita lo observaba entre extrañada y adormecida.
—¿No deberías ponerte primero los calzoncillos? A ver si vas a pillarte los huevos con la bragueta con tanta prisa.
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