184
-Rafael-
—¿Y dónde dices que vivía? —Lo anotó en la libreta—. Vale… ¿Y tiene familia el chaval? Vale, pues nada más, sí, sí, te llamo la semana que viene y nos echamos un mus… Venga, adiós.
Colgó el teléfono y meditó un segundo observando a su alrededor, perdido en sus pensamientos.
Su habitación.
Alquilada en aquella pensión desde hacía doce años: una cama, un escritorio, una silla y un armario. Cosas sencillas, de las que poder acordarse.
Nada más.
Paredes amarillentas debido al humo del tabaco, grietas en la pintura vieja, humedad y alguna telaraña en las esquinas del techo, donde la señora de la limpieza no llegaba.
Abrió el armario y sacó su único traje y una corbata, y lo dejó todo encima de la cama. Abrió el cajón de la mesita. Había un cartón de tabaco.
¿Fumaba?
Llevaba días sin fumar, o al menos eso pensaba. Se revisó la ropa. Sí, no llevaba ni tabaco ni mechero. Sin embargo… Había fumado, mucho mucho tiempo. Y lo había olvidado.
Finalmente lo vio claro, necesitaba hacerlo. La carta ya no servía, se estaba anestesiando de su efecto; necesitaba algo más fuerte, más antiguo…
Con un soberano esfuerzo, se arrodillo frente a la cama como si fuera a rezar justo antes de acostarse, palpó debajo y sacó la maleta. Con otro buen esfuerzo la puso sobre la colcha, al lado del traje, y se sentó a un lado secándose el sudor con la manga de la camisa.
Abrió la maleta.
Se quedó observando el interior atestado de cosas, de fragmentos de una vida extraña y horrible. Fragmentos que se le escapaban por momentos, diluyéndose en un olvido que se lo tragaba todo.
Hacía siete meses que le habían diagnosticado Alzheimer. El médico de la clínica se lo había expuesto sin medias tintas; no había familia a quien dar explicaciones, así que no tuvo reparos en dejárselo claro desde el principio. Pero Rafael ya tenía algunos conocidos aquejados de lo mismo, sabía cómo acababan los enfermos de «aquello».
Siempre.
El médico le había aconsejado ingresar en un centro adecuado a su enfermedad; incluso podían darle información de los mejores sitios del país, los más caros. Se lo podía permitir sin problemas. Al fin y al cabo, si podía pagar la mejor clínica privada de la ciudad para chequearse mensualmente…
Pero a Rafael no le hacía falta ninguna clínica.
Sacó la pistola de la maleta y la dejó a un lado, luego observó el trozo de cordel.
Sobre un montón de fotografías en blanco y negro, una cuerda de cuero viejo y seco. La garganta se le cerró un instante y dejó escapar un débil quejido.
El collar de un perro viejo.
Había recuerdos que podían morir tranquilamente, eso tampoco era un problema.
Su rostro se endureció. Comenzó a vestirse.
Trabajaría hasta que no pudiera más, y luego se encargaría de sus propios asuntos.
Cogió la pistola.
Como siempre.
OceanofPDF.com