184
-Paciente 184-
Había algo que iba mal.
Todos miraban en dirección a la puerta de la sala de juntas. Excepto Babel, que había sacado una pistola de su abrigo y se dirigía hacia ella.
Volvió a sonar otro disparo. Yuri me soltó la mano y se separó de mí. Velasco se lanzó al suelo y se arrastró tras la mesa de caoba. De repente comenzaron a sonar decenas de detonaciones. Había un tiroteo muy cerca de aquella sala.
Susana volvió a cogerme la mano, fuertemente, mientras me miraba con expresión de horror.
—¿Qué…?
Yo no tenía ninguna respuesta.
Alguien estaba gritando en el pasillo. Su gritó terminó abruptamente cuando sonó otro disparo y vimos al ventanal translucido recibir una enorme salpicadura. Solo veíamos la sombra, pero sabíamos que era sangre.
Babel abrió ligeramente la puerta de la sala. Y luego miró a Yuri. Capté un hilo de pensamientos, algo anhelante, imperativo.
—Hay que salir de aquí. —La voz del altavoz estaba acelerada—. Esta sala solo tiene una puerta, es una ratonera. —La silla se encaminó hacia la puerta—. Ella nos cubrirá.
Susana tiró de mí al ponerse de pie. Yo apenas podía caminar, me notaba ajeno a todo aquello. Acababa de sentir mi muerte. Apenas unos segundos antes estaba muriendo sobre el asfalto, notando el sabor del alquitrán y la sangre en mi boca. Había notado como el cerebro se me derramaba por las orejas.
Y ahora estaba allí, en aquella sala que olía a desinfectante y abrillantador de muebles. Viendo cómo, de repente, aquella mujer de la pistola abría de par en par la puerta y salía al pasillo descargando una lluvia de balas en dirección al lugar de donde procedían los disparos.
Yuri no dudó; salió al pasillo y se dirigió a la intersección que llevaba al área de despachos. Susana volvió a apretarme la mano y me arrastró tras ella. Me volví hacia Velasco, que seguía oculto tras la mesa y me observaba con terror. No tenía pinta de querer seguirnos. Traté de decirle algo, pero no fui capaz.
Al volver el rostro ya estaba saliendo por la puerta.
Miré a Babel, que de espaldas a mí volvía a descargar otra tanda de disparos hacia el final del pasillo. Y allí no había nadie. Al girarme, Susana estaba mirando algo en el suelo. Bloqueada. Era uno de los guardias de seguridad que nos habían escoltado en el ascensor. Estaba muerto. Toda la espalda del uniforme estaba empapada de sangre y en el centro tenía un enorme agujero.
Cuando a Babel se le acabó el cargador, sacó otro del bolsillo, y mientras recargaba se giró para ver si ya nos habíamos puesto a salvo. En ese preciso instante lo vi. Allí, al final del pasillo. Saliendo de la esquina donde se había parapetado, con una escopeta en las manos. El anciano del coche. Sonriendo.
—Ven aquí, maldito perro —me gritó.
El impacto del primer disparo me lanzó contra las puertas del ascensor.
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