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-Zarko-
Patricia estaba en la ducha. Llevaba allí veintiún minutos. Zarko tenía la televisión encendida, pero no la estaba viendo. Dejaba vagar la vista de la ventana, donde seguía lloviendo, al publirreportaje donde Foreman vendía su parrilla para carne, y de allí al reloj de su iPhone.
Veintidós minutos. ¿Tan sucia se sentía?
¿Por qué no sonaba el maldito teléfono? Rebuscó en los bolsillos de su chaqueta en busca del frasco de cápsulas azules. Sacó una y se la tragó bajándola con un poco de champán tibio bebido directamente de la botella.
El agua se cortó en la ducha.
Se levantó del sofá, se subió los calzoncillos y los pantalones y se acercó al teléfono fijo de la habitación.
—¿Quieres comer algo? —gritó.
—No, gracias. No tengo hambre. —Patricia se asomó desde el lavabo, con el pelo chorreando agua—. He cenado antes de venir. —Una sonrisa. Falsa. Forzada. De compromiso.
Zarko sonrió también y marcó el número de recepción.
—Hola… Sí, quisiera… Sí, cenar algo. Una hamburguesa con queso, poco hecha, patatas fritas, una Coca Cola Zero. —Patricia entró en el salón, con un albornoz cubriendo su cuerpo y secándose el pelo con una toalla—. ¿Seguro que no quieres nada? Podrías quedarte y cenamos, no hace falta que… —Ella le hizo un gesto negativo mientras recogía la ropa del suelo—. Vale, pues eso es todo. Gracias. —Zarko colgó el teléfono con cierta cara de fastidio. Le apetecía cenar con ella, pero no le apetecía tener que pagarle por ello. ¿Tan difícil era de entender?
Patricia se quitó el albornoz. Las marcas rojas por toda la espalda se veían mucho más nítidas ahora que se había duchado; los hematomas comenzarían a florecer en breve, tenían mala pinta. Pinta de doler mucho. Y ella estaba haciendo un esfuerzo por disimularlo, por que no se notara. No quería que él se sintiera incómodo por ello. Zarko apartó la vista. Recordaba haberla arañado un poco. ¿También la había golpeado? No estaba seguro, pero aquellas marcas no estaban cuando le había arrancado el vestido. Eso seguro. ¿A que venía esa laguna mental?
Mientras ella sacaba un nuevo vestido del bolso y se lo ponía, Zarko cogió su chaqueta y sacó la chequera de la cartera.
—¿Cuánto?
—Voy a estar al menos tres semanas sin poder trabajar, no puedo presentarme…
—No te he pedido explicaciones, solo el precio.
—Quince mil. —Lo dijo con un hilo de voz, como si aquello fuera a motivar un arranque de furia que motivara un suplemento en el precio.
Zarko comenzó a garabatear en un cheque.
Sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Soy DeWilde. Lo tenemos.
—¡Bien!
Zarko acabó de rellenar el cheque y lo tiró hacia Patricia, sin mirarla a la cara, esta lo cogió del suelo y se encaminó hacia la puerta; miró la cantidad y se le cortó la respiración. Se giró hacia el hombre, que seguía hablando.
—¡Que lo lleven a la clínica! Yo… Voy enseguida. —Zarko estaba poniéndose los zapatos mientras hablaba con el móvil sujeto entre el hombro y la oreja. Levantó la mirada. Parecía irritado al verla allí todavía —. ¿Qué pasa?
—Pone… un millón y medio.
—Sí, lo sé. —Su tono seguía siendo duro.
—Es mucho dinero.
—No para mí. ¿Prefieres menos?
—No. —Instintivamente se llevó el cheque al pecho. Zarko casi se sintió mejor al ver el brillo en sus ojos.
—Pues lárgate.
Patricia se giró y salió de la suite. No comprendía nada, pero era posible que aquel fuera el último día de aguantar a cabrones enfermos como aquel en toda su vida, y esa perspectiva la tenía alucinada.
Zarko cogió su chaqueta y se la puso, y aunque ardía en deseos de salir corriendo, esperó hasta asegurarse de que ella ya había abandonado el edificio. Notaba una horrible acidez en la garganta y unas absurdas ganas de llorar.
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