184
-Susana-
—¿Y qué crees que debe de hacer ese chaval ahora? Quiero decir… Joder, lleva por ahí dos días y nadie sabe nada de él. —Marta removía perezosamente la cucharilla de un café frío y a todas luces intragable.
—Ni idea. —Susana dejó el libro de informes a un lado y se giró hacia Marta—. Me produce escalofríos solo pensarlo. Yo le estuve haciendo las curas finales en la herida de la cabeza cuando lo trajeron… y, bueno, estoy segura de que le faltaba un buen trozo. Había una placa de metal, pero por las radiografías, allí dentro había un hueco enorme, vacío, ¿sabes? No había nada. —Cerró el puño y se lo mostró a Marta—: Casi así de grande.
—Joder. ¿Cómo debe de ser pensar si te falta parte del cerebro?
—Y lo peor… —Susana bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. No saben si el suero que lleva se convertirá en contagioso.
—¡No jodas!
—Si no lo encuentran pronto… No tienen ni idea de cómo reaccionarán los bichos. Están acojonados.
—Pobre chaval. ¿Qué estará haciendo?
Susana no quería pensarlo, había tenido pesadillas desde la desaparición de 184.
Un sueño idéntico, los dos días.
Ella estaba tumbada en una de aquellas camillas, rapada al cero, atada a la cama. Miles de cables salían de su cuerpo, drenaban sus fluidos corporales hacia unas feas y anticuadas maquinas que bombeaban la sangre a través de conductos oxidados y volvían a inyectársela.
Intentaba desatarse, pero se daba cuenta, aterrada, de que no tenía ningún poder sobre su cuerpo; solo era un trozo de carne atado a una consciencia. Un cuerpo muerto mantenido con vida.
Entonces llegaban ellos.
No los veía, pero oía una puerta, vieja y oxidada, abriéndose lentamente acompañada de un ruido de goznes quejumbrosos, y sus pasos arrastrados entrando en la habitación y quedándose muy cerca, sin hacer ruido.
Luego podía verles las piernas, a un par de metros de su cara. Llevaban botas de agua y unos pantalones vaqueros húmedos y chorreantes de moho, e iban dejando huellas oscuras en el suelo. Las botas estaban manchadas de sangre seca y barro; mientras andaban, pegotes de aquello se desprendían y lo ensuciaban todo a su paso.
Finalmente se detenían junto la cama y comenzaban a murmurar algo. Uno de ellos estaba tocando una de las maquinas, lo escuchaba, lo notaba, pero era incapaz de ver nada. De repente, uno de los cables que salían de su cuerpo se tensaba, y un horrible sonido, de burbujeo, como si alguien sorbiera una sopa ruidosamente; pero no era una sopa, y ella notaba como su vida se iba drenando poco a poco, huyendo.
De repente, un forcejeo; el tubo caía al suelo y le salpicaba la cara de sangre, su sangre, y una de aquellas cosas se agachaba a cogerlo. Durante un segundo podía verlo: un pelo largo, sucio y aceitoso caía sobre una cara de color gris, como los moratones, hinchada de sangre seca y deformada en un grotesco amasijo de carne golpeada. La miraba directamente a la cara mientras gotas de saliva rosada le caían de los labios. Y le sonreía con una boca desdentada llena de sangre fresca. Su sangre.
Susana despertaba en aquel momento, aterrada. Las sabanas empapadas en sudor. ¿Había estado gritando? Posiblemente.
Al recordar la última pesadilla, una sensación helada recorrió su espina dorsal.
—Hey, que parece que hayas visto un muerto, despierta. —Marta golpeaba la cucharilla contra la taza—. Te he peguntado que si tú crees que lo traerán aquí otra vez cuando lo encuentren.
—No. —Susana carraspeó un momento, se sentó en la silla del ordenador e inició el sistema—. Lo llevarán a Francia y no lo volveremos a ver nunca.
—Uy, suena como si trabajáramos para la mafia; imagínate que cuando se acabe el contrato, vengan ellos y te jubilen como en los Soprano…
Susana sonrió, pero otro escalofrío más fuerte le subió por la columna.
ELLOS.
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