Apocalipsis
1. Demonios
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DEMONIOS
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VIII
Queridos hermanos y hermanas:
Cuando rezamos el Credo, decimos: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». El Espíritu Santo es el poder de Dios, une a la Iglesia con su Señor. Guía al pueblo de Dios por el camino de la verdad plena, el Espíritu Santo es quien realiza la maravillosa comunión de los creyentes en Cristo. Fiel a su naturaleza de dador y don, él actúa ahora a través de nosotros.
Soy consciente, y sufro por ello, de que muchos creyentes han dudado en los últimos días de que el Espíritu Santo siga actuando en el mundo, y sé que yo no estoy libre de culpa en ello. Con mi renuncia como máxima autoridad de la Iglesia he trastornado a muchos fieles. Y no son pocos los que piensan que, conmigo, la Iglesia también se aparta de ellos.
Es por ello que hoy me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, para aseguraros que la Iglesia sigue firme en la fe, igual que yo. No os ha abandonado Nuestro Señor Jesucristo, sino un simple hombre que ha reconocido su debilidad ante Dios.
En el salmo 18: 20 se dice «me sacó a un lugar espacioso», y eso podría aplicarse también a mi vida. Pero el lugar espacioso al que nos saca Dios no es tan solo un lugar dentro de nosotros, sino también un lugar ante nosotros, el lugar del futuro. Nuestro Señor me sacó a un lugar espacioso, me obsequió con el más alto cargo en la Iglesia. Y le estoy infinitamente agradecido por ello. Sin embargo, en las últimas semanas me he visto obligado a admitir con todo mi dolor que me faltaban las fuerzas para desempeñar ese cargo.
Todo ser humano necesita un centro de interés en su vida, una fuente de verdad y de bondad, en la que poder saciarse ante las fatigas de la cotidianeidad, el latido de una presencia de confianza que solo se percibe con el sentimiento de la fe: la presencia de Jesucristo, el corazón del mundo.
Fortalecido por la fe en Cristo y por el bien de la Santa Madre Iglesia, he decidido retirarme y dejar mi sitio a un representante más enérgico de Jesucristo en la Tierra. He tomado mi decisión yo solo ante Dios, sin imposiciones ni presiones externas. Ha sido una decisión libre y personal. La decisión de un hombre débil. Pero la Iglesia es fuerte, y el nuevo Papa la dirigirá mejor que yo.
Para no cargar a la Iglesia y a mi sucesor con la sombra de mi fracaso ante Dios, también he decidido alejarme de los asuntos eclesiásticos y seculares, y pasar el resto de mi vida en diálogo con Dios en un monasterio apartado. Desde ese monasterio os hablo,
queridos hermanos y hermanas, no como prisionero ni influido por terceras personas. Así pues, esta será mi última declaración pública. Para preservar a la Iglesia y por respeto a la autoridad del Papa, en el futuro no concederé entrevistas y tampoco me expresaré ni apareceré en público. Queridos hermanos y hermanas, os pido que respetéis mi decisión y que me perdonéis.
El Señor esté con vosotros.
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