Apocalipsis
12. Cónclave
12
CÓNCLAVE
OceanofPDF.com
LXXXIV
18 de mayo de 2011,
Ciudad del Vaticano
El cónclave empezó con un eclipse de sol. Cuando los ciento dieciocho cardenales electores entraron en la basílica de San Pedro la mañana del 18
de mayo para celebrar, junto con dignatarios eclesiásticos, diplomáticos y altos representantes de la política y la sociedad, la misa Pro eligendo Pontifice, la Luna se deslizaba por delante del Sol. La luz desapareció de la Ciudad Eterna y no dejó atrás más que un crepúsculo plomizo. El tráfico de Roma quedó paralizado; romanos, turistas y peregrinos observaban en silencio el cielo a través de plásticos oscuros, los gatos de la Piazza Argentina se escondieron en las ruinas de la época clásica y los pájaros enmudecieron en los parques. Mientras un coro infantil abría la misa en San Pedro con un canto gregoriano, sobre la ciudad se cernió un silencio opresivo. Durante un instante, largo y oscuro, el mundo dejó de girar. Los más de siete mil periodistas llegados de todas partes se olvidaron de la elección del Papa y enfocaron las cámaras hacia arriba, como si aquel fenómeno astronómico fuese una señal de Dios. Como si Dios quisiera dejar personalmente claro qué opinaba de aquella elección.
Pero el espectáculo natural finalizó con precisión mecánica al cabo de diecinueve minutos. La luz volvió a Roma y, con ella, la firme convicción de los romanos de que su ciudad era eterna. Las cámaras descendieron como si las hubiera desilusionado que Dios no hubiera enviado un diluvio mediático, y las personas que se agolpaban en la plaza de San Pedro ponían sus esperanzas en un nuevo Papa que dirigiría la Iglesia en el siglo XXI y en un mundo mejor. Y más de una seguramente también abrigaba la esperanza
de que no se cumpliera la profecía de Malaquías y que aquel cónclave no fuera el principio del final de la Iglesia católica.
En el año 1274, el papa Gregorio X había establecido que el Colegio Cardenalicio se reuniría bajo llave, con claudere, hasta que el nuevo Pontífice fuera elegido. Para poder participar en el cónclave, los cardenales no podían haber alcanzado la edad de ochenta años. Según el derecho canónico, cualquier varón católico podía ser elegido Papa, pero eso no era más que una posibilidad teórica, puesto que la elección se efectuaba únicamente entre los cardenales aislados.
El precepto del aislamiento exigía enormes medidas de seguridad en aquella época. Además del peligro de un atentado terrorista, se trataba de impedir que se filtraran informaciones sobre la elección. Bajo las órdenes del coronel Bühler, los especialistas en escuchas de la policía italiana habían registrado la Capilla Sixtina y la hospedería de Santa Marta en busca de espías electrónicos y micrófonos ultrasensibles debajo de las alfombras, en el tapizado de los asientos, en las conducciones de agua y en las bombillas. Se examinaron los alrededores en busca de micrófonos láser, que podían medir a cuatrocientos metros de distancia vibraciones minúsculas en los cristales de las ventanas y en otras superficies. También estaban prohibidos los sobornos, llamados «simonías», y hacer campaña electoral.
Bühler había ordenado instalar inhibidores de telefonía móvil en la Capilla Sixtina. No obstante, el comandante de la Guardia Suiza era muy consciente de que el mayor peligro partía de los espías de dentro del Vaticano. La excomunión amenazaba a todos los que hicieran público el desarrollo del cónclave, pero Bühler sabía perfectamente, igual que todo el mundo en la Santa Sede, que siempre había filtraciones.
Después del fracaso de la operación llevada a cabo la noche anterior, se había decretado el estado de máxima alerta. Especialistas de diversos servicios secretos internacionales habían registrado febrilmente la Capilla Sixtina y los edificios cercanos en busca de minibombas escondidas. Pero ni los perros ni los más modernos detectores electrónicos de explosivos habían encontrado nada. El ejército estadounidense había puesto a su disposición un nuevo aparato que irradiaba el suelo y las paredes de los edificios con una fuente de neutrones y analizaba el espectro de respuesta
en rayos gamma. Pero tampoco saltó la alarma después de que lo calibraran para detectar mercurio.
—Cámara tres sobre el cardenal Kotoński, en la segunda fila. ¿Qué le pasa?
—Parece que se ha dormido, mi coronel.
—¿Puede ver si respira?
—Un momento… Positivo, mi coronel. El cardenal respira.
Urs Bühler seguía la misa desde la central de operaciones de la Guardia Suiza. Desde allí, delante de una pared llena de monitores, controlaba el interior de la basílica, la plaza de San Pedro, la Capilla Sixtina y la hospedería. Desde la liberación de Leonie, el suizo parecía otro: enérgico, con las pilas cargadas, decidido a todo, sin miedo. A pesar de la falta de sueño de los últimos días y a pesar de la muerte de Rahel Zeevi. El teniente coronel Steiner se fijó en que, últimamente, Bühler siempre llevaba el arma reglamentaria consigo.
A las 10.05 horas, después de que los cardenales se situaran por parejas delante del altar erigido sobre la tumba de san Pedro y ocuparan sus asientos en el hemiciclo que lo rodeaba, el cardenal Menéndez inició la homilía. Menéndez, que estaba pálido y parecía agotado, tuvo que interrumpir varias veces el sermón para aclararse la voz. No obstante, fue el discurso más importante de su vida.
—La misericordia de Cristo no es una gracia barata. No se recibe comprándola de rebajas ni a través de la banalización del mal en los medios de comunicación. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el fuego de su amor doliente.
»Satanás es omnipresente, es real. Cada día nacen nuevas sectas para apartarnos con astucia del amor de Jesucristo e inducirnos al error. En cambio, tener una fe clara se etiqueta a menudo como fundamentalismo.
Todo es relativo, y con ello se cumple el plan de Satanás: la dictadura del relativismo, que no reconoce ninguna verdad ni amor definitivos, que deja como última medida al propio yo y a sus antojos. Pero el amor de Cristo no es un artículo de consumo, resplandece más allá de las modas, tendencias e ismos. El amor de Cristo nos dota de criterio para distinguir entre lo
verdadero y lo falso, entre mentira y verdad. Solo la fe firme e inquebrantable cimenta la unidad y se hace realidad en el amor.
»Todos los hombres quieren dejar una huella que permanezca. Pero
¿qué permanece? El dinero, no. Tampoco los edificios, ni los libros. Lo único eterno es el alma inmortal, el obsequio de Dios a los hombres. Por eso, el fruto que permanece es lo que hemos sembrado en las almas: el amor. La palabra de Dios, que abre el alma. Así pues, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a dar fruto, porque solo el amor a Dios transformará el valle de lágrimas que es el mundo en un verdadero jardín de Dios.
»Pero en esta hora, sobre todo, roguemos al Señor para que nos dé de nuevo un pastor según su corazón, que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría.
Las cámaras de televisión enfocaron, uno a uno, los rostros de los cardenales de Europa, África, Asia, América y Australia, pero no se detuvieron demasiado en ninguno. Los cardenales Menéndez, Alberti y Schiekel eran considerados desde hacía mucho los favoritos. Entretanto, el cardenal Kotoński, de Varsovia, que ya tenía setenta y nueve años, se había despertado y contemplaba la paloma de alabastro suspendida sobre la Cathedra Petri, y luego la inscripción que se extendía por debajo de la cúpula, que proclamaba en latín y en griego: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Al mismo tiempo que Bühler, Don Luigi y Franz Laurenz también seguían las imágenes en una pantalla de ordenador desde la casita del jardinero. Don Luigi cotejaba los nombres de los ciento dieciocho cardenales con las distintas tomas de las cámaras. Pero ninguno de los purpurados coincidía con la descripción que Peter Adam les había dado de Seth.
—¡Esto es un disparate! —exclamó Laurenz—. ¡Hace años que conozco a esos cardenales! A algunos los nombré yo personalmente.
¡Ninguno de ellos es Seth!
—Tal vez Seth no quiere ser Papa él mismo, sino que utiliza a uno de los cardenales como hombre de paja.
Franz Laurenz se quedó mirando al padre.
—¿Y en quién está pensando?
Don Luigi titubeó. Sin embargo, finalmente señaló con el dedo la imagen de la cámara que enfocaba el altar. Laurenz exhaló un sonoro suspiro.
—No creo. Menéndez está sediento de poder, es ambicioso y no tiene escrúpulos. Pero jamás se aliaría con Satanás.
—¿Qué le hace estar tan seguro, excelencia? Menéndez es el favorito, durante estas últimas semanas ha hecho una campaña electoral muy agresiva. Si Seth ha apostado por un hombre de paja, el primero que entra en consideración es Menéndez.
—Pero si Menéndez está tan seguro de que resultará elegido, ¿por qué iba a venderse a Seth?
—¿Tal vez porque lo extorsionan?
Laurenz exhaló un gemido. Aunque Menéndez siempre había sido su crítico más acérrimo, aunque había intrigado intensamente contra él con el respaldo del Opus Dei, Laurenz seguía apreciando al español como hombre de Iglesia y buen cristiano. Intransigente, cierto, pero no un traidor. Con todo, las sospechas del jesuita no podían excluirse. No en aquella situación.
—Tengo que hablar con Menéndez —dijo Laurenz.
—¿Y cómo va a hacerlo? Los cardenales están aislados y, durante el cónclave, solo se mueven entre la Capilla Sixtina y la Casa di Santa Marta.
—Bühler me entrará.
—¡Es una locura! —vociferó súbitamente don Luigi—. ¡A usted lo conoce todo el mundo! ¡No puede entrar! ¡Es el Papa que ha renunciado! Y
si mis sospechas son ciertas, ¡su vida correría peligro!
Laurenz se quedó mirando a don Luigi y le puso la mano sobre el hombro.
—¿Cuánto hace que nos conocemos, don Luigi?
—Más de veinte años, excelencia.
—Pues ya debería conocerme mejor. Tengo que hablar con el cardenal Menéndez. Encuentre la manera de introducirme en la hospedería. Hoy mismo.
Después de la misa, los cardenales se dirigieron caminando ceremoniosamente a la Casa di Santa Marta para comer. La moderna hospedería contaba con más de ciento cinco suites y veintiséis habitaciones
individuales. Ofrecía una comodidad modesta, pero comparada con los cuchitriles improvisados con mamparas dentro de las estancias de Rafael de cónclaves anteriores, era francamente de lujo. La cocina del chef Puglisi era tan sencilla como buena. Había comida casera italiana, mucha verdura y, de vez en cuando, helado de postre. Durante el cónclave, solo un grupo de personas rigurosamente escogidas tenían acceso a la hospedería. Igual que a los cardenales, los guardias suizos registraban siempre a los ayudantes de cocina, al personal de limpieza y a las enfermeras, en busca de móviles prohibidos o grabadoras. Sin embargo, a pesar de todas esas medidas de seguridad, el comercio de información ya florecía. Una información sobre los escrutinios valía cinco mil euros. El acceso a las habitaciones de los cardenales para dejarles notas o bien ofertas discretas costaba veinte mil euros, y los precios aumentaban a diario.
Mientras el jefe de recepción asignaba a los cardenales sus habitaciones, Menéndez atendía una última llamada.
—Le felicito por la homilía —dijo una voz al otro extremo de la conexión—. Quizás un poco populista y por debajo de su nivel, pero parece que les ha tocado la fibra sensible.
—No esperará que le dé las gracias por el cumplido ¿verdad? —
contestó envarado el cardenal.
—No. En absoluto. ¿Tiene la llave maestra, cardenal?
—Sí —dijo Menéndez con voz ronca, y volvió a notar el mal sabor de boca que no lo abandonaba desde hacía días.
Del español se había apoderado una sensación que hasta entonces desconocía por completo, pero que ahora lo atravesaba como la podredumbre a un viejo pedazo de madera: asco por sí mismo. Por la mañana, en el cuarto de baño, el cardenal había experimentado qué significaba no poder mirar a los ojos a su propia imagen reflejada en el espejo. En contra de su carácter y de su educación, de repente se sentía un depravado, insignificante y pequeño. Basura a los pies de Dios. Indigno de su cargo. Un traidor a sus antepasados y a su posición. Un fracasado. Un don nadie.
—Bien —dijo la voz—. ¿Qué número de habitación?
—Treinta y dos.
—Iré a verlo esta noche y le llevaré el dinero.
—¡Eso sería simonía! —gimió Menéndez—. No pienso hacerlo.
—Usted seguirá haciendo exactamente lo que yo le ordene, cardenal.
He comprendido el pequeño mensaje de su sermón, pero, por favor, no me diga que es tan ingenuo, Menéndez.
—¡También puedo ganar la elección yo solo! —musitó Menéndez al teléfono—. ¡Nada de dinero! ¡Por favor! Eso podría desbaratarlo todo.
Se hizo un momento de silencio al otro lado. Menéndez solo oía respirar al hombre. Luego, la voz volvió a hablar por teléfono.
—De acuerdo. Pero esté preparado de todos modos. Su campaña electoral no acabará hasta que se ponga la sotana blanca. Ahora bien, si pierde la elección adrede o por falta de fuerza de convicción, ya no necesitará sotana de ningún tipo, cardenal. Si fracasa, no saldrá con vida de la Capilla Sixtina.
OceanofPDF.com