Apocalipsis
Capítulo XLVIII
29 de mayo de 2010,
ruinas de Misrian, Turkmenistán
Miles y miles de fragmentos de cerámica esmaltada cubrían el suelo del yacimiento, como un último intento del destino por copiar los ornamentos perdidos de Misrian a partir de sus ruinas. La mayoría de los fragmentos estaban esmaltados con el típico color azul del cielo, y a la luz del sol brillaban como el primer día. Testimonios postreros del antiguo esplendor de la ciudad. Peter cogió unos cuantos de la arena y se imaginó la opulencia de las mezquitas de Misrian, antiguamente recubiertas con artísticos ornamentos de color azul.
—La ciudad tenía que ser muy rica.
—¡Lo era! Oh, sí, ¡vaya si lo era! —exclamó Haase, que le enseñó los cimientos que su equipo ya había excavado—. Piense que Misrian fue en su época de apogeo un emporio de la cultura islámica. Más aún, un emporio de las culturas del mundo. Aquí se cruzaban tres rutas comerciales importantes, que unían Europa y Asia. Diría que Misrian fue tan importante en su época para Oriente como Florencia para Europa. Y esta ciudad es antigua, muy antigua. El georadar nos ha permitido ver cinco niveles de construcción. Este solo es el superior. Estoy convencido de que los primeros cimientos se remontan como mínimo a unos 2000 años antes de Cristo.
Peter le prestó atención a medias. Observaba a Ellen, que se había tendido en el suelo y fotografiaba fragmentos de cerámica con un objetivo macro. Ella lo saludó con un gesto y volvió a concentrarse en su trabajo. Un poco más lejos, Peter vio un equipo de trabajadores en otra excavación.
—¿Qué busca Kelly?
—No lo sé. Cuando nosotros llegamos, él ya estaba aquí. He intentado establecer con él un… intercambio de opiniones colegiales, pero no le interesa. Así pues, cada uno va a lo suyo.
—¿Cree usted que queda algún tesoro por sacar?
—Seguramente, no. Los mongoles no hacían las cosas a medias.
—¿Quién le financia las excavaciones a ese hombre?
—Ni idea. Pregúnteselo usted mismo.
Peter se dio cuenta de que Haase reaccionaba cada vez más enfadado a la conversación sobre Edward Kelly, y dio el tema por zanjado. Al cabo de un rato volvió a buscar con la mirada a Ellen y la vio subiendo al yacimiento de Kelly. El inglés se quitó el sombrero de ala ancha y la saludó efusivamente.
—¿De qué hablabais? —le preguntó después Peter en la tienda.
—¿Quién?
—Tú y ese tal Kelly.
—Le he preguntado qué buscaba.
—¿Y?
—Un tesoro, ha dicho. Y yo le he insistido: ¿qué clase de tesoro? Y
entonces me ha dado esto.
Le dio a Peter un fragmento de cerámica sin esmaltar, del tamaño de la palma de la mano. Habían grabado un símbolo en la arcilla blanda antes de cocerla, y después lo habían pintado cuidadosamente de color rojo. Una espiral, trazada toscamente a mano. El color original seguía siendo vivo y brillante.
—Es precioso, ¿verdad? Kelly afirma que es muy antiguo.
Peter notó que se le secaba la boca. La espiral de la cerámica removió el poso de sus recuerdos más antiguos y formó un remolino de imágenes imprecisas llenas de miedo y horror. Peter observó el fragmento que tenía en la mano y tuvo la sensación de que ya había vivido aquella situación. Se echó a temblar, un pánico infundado se apoderó de él, el pánico hizo que comenzara a sudar por todos los poros y le formó una gran mancha en la camiseta.
Al principio, Ellen no se dio cuenta de su estado.
—Me ha dicho que puedo quedármelo. Que ya ha encontrado centenares. Y yo le he preguntado: ¿esto es un tesoro? Y él: es una pista.
Estoy a un paso del éxito. Si quiere, me encantaría contarles más cosas.
Uhhhh, secreto, secreto. Evidentemente, es un chiflado. Pero interesante…
¿Peter? Peter, estás pálido. ¿Qué te pasa?
Peter dejó el fragmento de cerámica y respiró hondo.
—Nada. Ya está. —Miró a Ellen—. He tomado poco líquido.
Ellen parecía preocupada y le alcanzó una botella de agua.
—¿No habrás aceptado?
—En el desierto no se rechazan invitaciones. Además, tengo curiosidad.
El sol enrojeció al ponerse tras una formación de roca blanca que se extendía en la lejanía. Cuando Peter salió de la tienda y miró hacia los riscos, le dio la impresión de que una ola enorme de sangre petrificada se abalanzaba silenciosamente hacia él.
Kelly los esperaba en su yurta, apartada del campamento arqueológico.
Detrás había dos yurtas más, en las que dormían y cocinaban sus empleados. Los utensilios de excavación y los hallazgos se guardaban en un camión ruso con tracción en las cuatro ruedas, que de noche vigilaba uno de sus hombres armado.
Cuanto Peter y Ellen entraron en la yurta —con el pie derecho, siguiendo las normas de cortesía tradicionales—, Peter observó una vez más las ventajas que las yurtas ofrecían en comparación con las sencillas tiendas de campaña del ejército ruso. Aquellas espaciosas tiendas redondas, montadas sobre una estructura de madera y con una capa gruesa de fieltro, no solo eran más cómodas, sino que también estaban mejor climatizadas. Y
también resistían mejor las tormentas de arena diarias. La de Kelly estaba
además revestida de alfombras y tapices en el suelo y las paredes interiores, y casi parecía lujosa. De los dos pilares de apoyo de la yurta colgaban piezas largas de tela con símbolos ocultistas: triángulos, estrellas de cinco puntas, mandalas, la cruz egipcia enlazada de Anj, esvásticas y, también, el símbolo de la espiral. Junto a la pared había un pequeño altar con una pirámide dorada y velas perfumadas. Peter descubrió diversos amuletos y talismanes que se balanceaban colgados del techo. Encima de una mesa había artefactos que Kelly había hallado en la excavación. Fragmentos de cerámica y pequeños objetos metálicos que Peter no logró identificar con la poca luz de la yurta. Kelly los recibió vestido con un caftán de seda, que en el pecho también contaba con un símbolo de adorno. Un gran círculo con otro más pequeño en el centro.
—¿Qué es usted? —exclamó entusiasmada Ellen—. ¿Un chamán o un investigador?
—Prefiero el término buscador.
Peter se tragó un comentario y se sentó en el suelo junto a Ellen.
—Dispongo de algunos recursos —explicó Kelly—. Y me gusta trabajar por mi cuenta. Todo lo que sé lo he aprendido yo solo. No le debo nada a nadie, excepto a mí mismo y a la verdad.
—¡Bravo! —aplaudió Ellen con ironía.
Para el gusto de Peter, no con suficiente ironía.
—¿Qué verdad? —preguntó.
Kelly hizo un gesto impreciso.
—Cenemos antes.
Había mandado sacrificar una cabra. La habían asado con tomates y la sirvieron con pan recién hecho. Acompañada con vino tinto búlgaro.
—Es el único que pude comprar en Asgabad —se disculpó—. Si no les gusta, pasaremos directamente al vodka.
A pesar de su aspecto estrafalario, durante la cena Kelly resultó ser un conversador divertido y ocurrente. Les habló de sus «investigaciones», de búsquedas de tesoros y de aventuras en todos los rincones del mundo. Bien mirado, se presentó como la encarnación de Indiana Jones. Peter, que desde el principio lo había considerado un fanfarrón sin medida, se quedó asombrado por sus conocimientos exactos de Historia y sus descripciones minuciosas de algunas minorías étnicas de la India, Papúa Nueva Guinea, Tanzania y Birmania. Y aún se sorprendió más ante la degustación de dialectos que les ofreció.
—Es usted un genio de las lenguas.
Kelly hizo un gesto de modestia.
—Esas lenguas no son demasiado complejas. Si vives una temporada con esas gentes, aprenderlas es coser y cantar.
—¿Cuánto es «una temporada»? —inquirió Peter.
Kelly se quitó un trocito de carne de entre los dientes.
—Un par de años.
Peter le dirigió a Ellen una mirada de escepticismo. Estuvo a punto de tragarse el anzuelo de Kelly, pero no lo hizo. Ellen, en cambio, quiso saber más.
—¿Cuántos idiomas habla?
Kelly hizo un gesto de modestia.
—¿Y eso qué importancia tiene?
—¡Venga, dígalo!
—Probablemente, unos cien.
—¿Cien? —prorrumpió Peter—. Kelly, ya basta. Nadie habla cien idiomas.
—Póngame a prueba.
Peter no tenía ganas de participar en aquel juego, pero Ellen parecía encontrarlo divertido. Le lanzó retazos de frases sin orden ni concierto, fórmulas de cortesía, citas, saludos, nombres de animales, canciones populares, todo lo que se le pasaba por la cabeza. Y Kelly lo tradujo todo de
inmediato. Al árabe, al chino, al ruso, francés, húngaro, noruego, farsi, zulú, hindi, urdu, tailandés.
Ellen estaba entusiasmada.
—¡Guau, Kelly! ¿Cuánto tiempo le ha hecho falta?
—Muchos, muchos años. No soy un genio de las lenguas. Solo he tenido mucho tiempo. Demasiado.
Peter suspiró. Ellen levantó su copa.
—¡Brindemos por ello!
Primero se bebieron el tinto búlgaro; después, vodka. Kelly charlaba sin parar, y aunque les prestaba a los dos la misma atención, Peter tenía muy claro que solo quería impresionar a Ellen. Y él se limitó a soltar comentarios mordaces de vez en cuando. En cambio, Ellen aceptó el juego de Kelly, puesto que sentía curiosidad. Bebía con él, le aplaudía, lo admiraba.
Y le preguntaba.
—Y ahora ¡cuénteme! ¿Qué clase de tesoro está buscando?
Kelly bajó la voz para desvelarle la confidencia.
—Se trata del secreto más grande de la humanidad: ¡el tesoro de los templarios!
Peter soltó una carcajada. Ellen le pegó un codazo.
—No le haga caso, Edward. ¿Qué clase de tesoro es?
Kelly revolvió una caja y sacó un mapa antiguo, que desplegó delante de ellos.
—Misrian era un lugar mágico. Haase ya les habrá explicado lo que sucedió aquí desde la época clásica hasta la Edad Media. Pero eso solo es la mitad de la verdad.
Miró a Ellen y a Peter para comprobar que le prestaban atención.
—Misrian fue un centro de la Orden del Temple.
Ellen meneó la cabeza.
—Oh, ¡vamos, Kelly! ¡Los templarios no fueron más allá de Jerusalén!
—Tengo pruebas —prosiguió el inglés—. Los templarios estuvieron en Misrian. Jerusalén solo era un centro más. El centro principal incluso estaba en otra parte. ¡En el Himalaya!
Peter empezaba a estar hasta las narices.
—¿En el Himalaya? ¡Venga ya, Kelly! En aquella época, ¡ningún europeo conocía el Himalaya! Marco Polo fue el primero en llegar a la China.
Kelly lo desestimó con un gesto.
—Los viajes de Marco Polo a la China son una invención, igual que su supuesto alto rango en la corte de Kublai Kan. El relato de sus viajes está plagado de errores y generalidades. Polo no describe los palillos chinos ni la escritura china, tampoco el té ni la impresión de libros, ni siquiera la pólvora o la muralla china. Nunca vio nada de todo eso. Y él tampoco aparece mencionado en ningún escrito de historiadores persas, mongoles o chinos. Ningún escriba, comerciante o lo que fuera coincidió nunca con un tal Marco Polo en la frecuentada ruta de la seda. Así pues, ¿dónde estuvo Marco Polo entre los años 1271 1295?
—¡Va, dígalo, Kelly! —exclamó divertida Ellen.
—Aquí, ¡en Misrian! Por encargo de los templarios.
Peter gimió. Ellen volvió a pegarle un codazo.
—Como ya les he dicho, tengo pruebas —insistió Kelly—. Hugo de Payns dio con un gran secreto en Jerusalén, que los condujo, a él y a los templarios, hasta Asia. Finalmente, lo hallaron en el Himalaya, en algún lugar de la región del Annapurna.
—Maldita sea, Kelly, ¿y qué secreto era ese? —exclamó irritado Peter, cada vez más disgustado por la admiración que las batallitas del inglés despertaban en Ellen.
—¡Un poco de paciencia, Peter! ¿Les suena de algo el nombre de Helena Blavatsky?
Ellen y Peter negaron con la cabeza.
—Madame Blavatsky fue la fundadora de la teosofía, una doctrina esotérica que conciliaba el cristianismo, el budismo y el hinduismo, y con la que simpatizó incluso Einstein. Helena Blavatsky fue una mística iluminada que emprendió numerosos viajes al Tíbet y al Nepal, en los que encontró el secreto que los templarios habían redescubierto en el siglo XII.
Kelly sacó un libro antiguo y se lo enseñó a Ellen. Se titulaba La voz del silencio.
—En 1852, Madame Blavatsky encontró un libro antiguo en un monasterio abandonado del Nepal. El Libro de los preceptos de oro. Estaba escrito en tibetano y sánscrito. Madame Blavatsky consiguió traducirlo y reconoció su trascendencia. En La voz del silencio, naturalmente de manera codificada, describe el saber antiguo y secreto que contenía aquella obra.
He seguido todas las pistas que aparecen en su libro, y finalmente he venido a parar aquí, a Misrian. No cabe ninguna duda, Helena Blavatsky estuvo aquí. En Misrian encontró el secreto más grande de la humanidad.
—¿Y por qué no lo compartió con el mundo, si puede saberse? —
preguntó aburrido Peter.
—Porque en las manos equivocadas, ¡ese saber es sumamente peligroso! —exclamó Kelly con estupor, como si tuviera que explicarle a un niño por qué no es aconsejable jugar en las vías del tren—. Madame Blavatsky nos lo transmitió, por supuesto, pero, por supuesto, codificado.
Dejó suficientes indicaciones para que un adepto pudiera desvelar el secreto. Pero se necesita más de una llave para desentrañar un secreto codificado, ¿no se da cuenta, Peter? Hacen falta al menos dos llaves, como con cualquier tesoro que se precie. A veces, incluso más. Madame Blavatsky estudió los textos antiguos y halló los trabajos de John Dee, que fue consejero de la reina Isabel I en el siglo XVI. También fue matemático, astrónomo, astrólogo, cartógrafo y místico, y se le consideraba uno de los sabios principales de su época. Con ayuda de un médium y de la alquimia, John Dee consiguió contactar con los ángeles. Para ello utilizó una especie de aparato mágico, un artilugio llamado Sigillum Dei.
Kelly le pasó a Ellen una hoja de papel con la representación de un diagrama alquímico.
—Los ángeles, o como quieran llamar a esos seres superiores, primero les dictaron, a John Dee y a su médium, su lenguaje, que John Dee anotó con la máxima minuciosidad y al que llamó enoquiano. A continuación, le confiaron en esa lengua los mayores secretos del universo.
—¡Se está desviando del tema, Kelly! —exclamó Ellen—. ¿Qué tiene que ver Madame Blavatsky con todo eso?
—Bueno, Helena Blavatsky reconoció la importancia de los escritos de Dee. Y reconoció el problema de querer investigar la verdad y, al mismo
tiempo, pretender mantenerla en secreto. Así pues, fundó un grupo clandestino, la Sociedad Teosófica, donde celebraba sesiones de espiritismo con algunos iniciados, siguiendo la tradición de John Dee. Posteriormente escribió los resultados de su trabajo en un libro, La doctrina secreta.
También cifrado, por supuesto.
—¡Por supuesto! —gimió Peter.
—Sin embargo, Aleister Crowley consiguió infiltrarse años después en la Sociedad Teosófica y descifró partes de ese saber secreto. Crowley, al que algunos consideran el peor mal de la humanidad, fundó a continuación una logia ocultista: Temple of Equinox. Embriagado por la idea de alcanzar un poder infinito, Crowley hizo todo lo posible por desvelar enteramente el gran secreto. Y mucho me temo que lo ha conseguido.
Ellen simuló espanto.
—¿Con qué resultado?
—No sabría decirlo. En el peor de los casos, la Orden del Amanecer Dorado podría estar dominando el mundo.
—¿Sin que el mundo se haya enterado de nada? —se burló Peter.
—Exacto —contestó muy serio Kelly.
—¡Y usted quiere desvelar ese secreto para que el mundo pueda liberarse de su yugo! —exclamó Ellen.
Kelly estaba radiante.
—Sabía que usted me entendería, Ellen. ¡Cuánto la quiero! Me gustaría enseñarles una cosa.
—Es muy tarde —dijo Peter bostezando—. Deberíamos irnos.
—¡Solo será un momento! Enseguida lo comprenderán todo.
Peter miró fijamente a Ellen. El enfado que sentía por el fanfarrón de Kelly empezó a transformarse de repente en ira. Kelly no parecía darse cuenta de que la pareja estaba a punto de discutirse. Cogió unos fragmentos de cerámica de la mesa donde había depositado los hallazgos de la excavación, y se los dio a Ellen y a Peter.
—Los encontré a tres metros de profundidad.
Peter examinó el trozo de cerámica pintada que tenía en la mano. Esta vez, no aparecía el símbolo de la espiral, sino un jeroglífico egipcio.
—¿Lo ha encontrado aquí? —preguntó incrédulo Peter.
—Sí. Este y unos cuantos más.
—¿Cómo demonios han venido a parar jeroglíficos egipcios al desierto de Karakum?
—Una pregunta interesante, ¿verdad? También he encontrado más cosas extrañas. A cuatro metros de profundidad, di con una cavidad. Debajo había un pasadizo. Intacto. El pasadizo desciende oblicuamente y desemboca a unos treinta metros en una cámara. Recubierta por entero con chapas de metal. He podido arrancar una.
Le pasó a Ellen una chapa dorada, dividida en cincuenta y seis casillas cuadradas mediante líneas grabadas. Cada casilla contenía un relieve acuñado, que representaba una especie de carácter gráfico.
Ellen acarició el metal con un dedo. Estaba fascinada. Y se espantó al darse cuenta de que se le había pegado un poco de oro en el dedo.
—Fíjese, y esa solo es una de las singularidades de esta chapa. El oro mismo. La chapa está hecha de cobre dorado. Pero de un oro extraordinario.
Mandé que lo analizaran en un laboratorio. Es oro puro, al cien por cien.
—¿Y qué?
—El oro ciento por ciento puro no existe en la naturaleza. El mejor oro que se puede encontrar tiene como máximo una pureza del noventa y nueve por ciento.
—¿Y esto qué es?
—Oro alquímico —dijo Kelly en tono neutral, como si comparara dos tipos de plantas.
—¿Insinúa que es artificial?
—Exacto.
—¡Ya basta, Kelly! —exclamó Peter—. Gracias por el vino, pero tenemos que irnos.
Quiso levantarse, pero Ellen se lo impidió.
—¿Quién ha fabricado este oro? —preguntó.
—No lo sé. Pero el oro es tan solo una de las singularidades de esta chapa. ¿Ven estos caracteres? No proceden de ninguna cultura conocida en este mundo. Sin embargo, hay otro texto escrito con esos mismos caracteres. Un texto del siglo XIV.
Le enseñó a Peter un fragmento de un pergamino medieval.
—En 1912, el anticuario Wilhelm Michael Voynich compró en Italia una colección de manuscritos medievales ilustrados. Uno de los volúmenes le llamó especialmente la atención porque estaba escrito en una especie de escritura indescifrable y las ilustraciones eran muy enigmáticas. El origen de ese manuscrito, llamado Voynich desde entonces, no se ha aclarado nunca. Y ningún experto en criptología, ni siquiera con los superordenadores más veloces del mundo, ha conseguido descifrar hasta ahora esa escritura. Solo se ha podido demostrar que realmente se trata de una escritura, puesto que presenta regularidades.
Ellen contemplaba fascinada las ilustraciones del manuscrito.
—Parecen dibujos hechos por un niño —constató Peter.
—Pero ¿qué significan? Nadie lo sabe. Y miren aquí y ahí… —Kelly tocó con el dedo distintos puntos del manuscrito y de la chapa de metal—.
¡Los mismos caracteres! La chapa dorada está escrita con los mismos caracteres que el manuscrito Voynich.
—¿Es enoquiano? —preguntó Ellen.
—No. Ante esto, el enoquiano de John Dee es tan simple como el suahili en comparación con el chino mandarín.
—¿Adónde quiere ir a parar, Kelly? —preguntó enojado Peter.
—Bueno, tenemos jeroglíficos y una escritura extraña sobre planchas de metal recubiertas de oro alquímico. Si ahora volvemos a mirar estos jeroglíficos, ¿qué vemos?
—Un hombre que sostiene dos conos en la mano —dijo Ellen.
—Exacto. Pero no son unos conos cualesquiera. Los jeroglíficos nos explican de qué se trata: «pan blanco». O también mfkzt, en egipcio antiguo.
Era una especie de polvo blanco. Una materia misteriosa que tenía mucha importancia para los egipcios. Ese polvo blanco se originaba en el proceso de ennoblecer metales.
—¿Quiere decir que los egipcios eran capaces de producir oro artificial y que ese polvo se desprendía en el proceso como un subproducto?
—No, Peter. Quiero decir que el oro era el subproducto. A los egipcios les interesaba única y exclusivamente fabricar el misterioso «pan blanco», el mfkzt. Una sustancia poderosa a la que se atribuían fuerzas sobrenaturales. Su nombre en árabe es al-iksir. O como la llamaban en la
Edad Media: lapis philosophorum, la piedra filosofal. ¡Conocer su existencia y cómo elaborarla es el verdadero secreto de los templarios!
Peter le dirigió a Ellen una mirada elocuente. Pensaba que Kelly estaba chiflado. Sin embargo, Ellen seguía entusiasmada.
—¿Qué fuerzas sobrenaturales tiene ese polvo? —preguntó.
—Sospecho que se trata de un material explosivo —contestó Kelly—. O
de una fuente de energía altamente explosiva. De no ser así, ¿cómo pudieron los egipcios construir las pirámides? Puedo demostrar que aquí, en Misrian, se produjo una fortísima explosión en el siglo XIII. En una época en la que en Europa todavía no se conocía la pólvora. Sospecho que con ayuda del «pan blanco» se puede fabricar una sustancia a la que los alquimistas llamaban «mercurio rojo». Un explosivo con una fuerza colosal, casi como una bomba atómica. Al parecer, los rusos desarrollaron algo similar en los años cuarenta. Y el legendario Hermes Trismegisto lo describió en la Antigüedad en su Tabula smaragdina. Pero el libro se ha perdido. El último ejemplar ardió supuestamente en el incendio de la gran Biblioteca de Alejandría.
—Supuestamente —se burló Peter, disgustado por el interés que mostraba Ellen.
—Está usted en lo cierto, Peter. Porque yo estoy seguro de que todavía existe un ejemplar de esa obra. Aquí, en Misrian. Estoy a punto de descubrir algo sensacional. Mañana, al amanecer, abriré otra cámara oculta y desvelaré el último secreto de la humanidad. Si quieren, pueden estar presentes.
Al hacer el ofrecimiento, Kelly solo miraba a Ellen. Estaba entusiasmada.
—¡Eso sería fantástico, Edward! Estaré allí sin falta.
Peter ya tenía bastante.
—Maldita sea, Kelly, si todo es tan secreto, ¿por qué nos lo explica?
Kelly los miró suplicante.
—Porque necesito su ayuda.
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