Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 64 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXIV

16 de mayo de 2011,

Hospital Universitario, Montpellier

—¿Dónde estoy?

—En la clínica universitaria, monsieur. En cuidados intensivos. No se mueva, por favor.

—¿En qué… ciudad?

—Montpellier. Soy el doctor Leblanc. ¿Cómo se encuentra?

Peter parpadeó, levantó un poco la cabeza y observó la estancia sobria.

¡Otra vez una habitación de hospital! Un fuerte impulso de huida se apoderó de él y lo despejó por completo. Peter se arrancó la sonda del brazo izquierdo y se dispuso a saltar de la cama, pero el médico lo retuvo sin esfuerzo. Muy debilitado, Peter se hundió en la almohada.

—Tranquilo. Va todo bien. Una barca de pescadores lo ha recogido esta noche cerca de la costa —le explicó el médico, que le cambió el catéter por uno nuevo—. Ha tenido mucha suerte. Una hora más en el agua y no habríamos podido hacer nada por usted.

El doctor le buscó un punto en el brazo para volver a ponerle el catéter.

Peter tosió. En su mente apareció el rostro de un hombre, pero se disipó. Un rostro que se desvaneció en la oscuridad.

—¿Cómo se llama, monsieur?

—Kelly. Edward Kelly.

No supo por qué mentía, pero se dio cuenta de que el médico no le creía.

—No habla como un americano.

—Británico.

El doctor Leblanc respiró hondo.

—¿Recuerda cómo fue a parar al agua?

Peter negó con la cabeza. El doctor Leblanc le entregó una cadena de oro con un medallón del tamaño de una moneda.

—Lo tenía en la mano cuando le encontraron.

Peter cogió el medallón sin hacer ningún comentario y se lo guardó en la mano. Cuando el médico salió de la pequeña habitación por una puerta corredera ancha y pesada, Peter lo examinó. Descubrió un diminuto mecanismo oculto, y la tapa del medallón se abrió. Dentro había una especie de SIM para teléfonos móviles.

Hoathahe Saitan!

Cuanto tuvo el chip en la mano, comprendió que allí no estaba a salvo.

Seth y los portadores de luz seguramente lo estaban buscando. Por no hablar de la policía, que había emitido una orden de búsqueda y captura internacional. Iba siendo hora de esfumarse.

«Maria».

Tenía que encontrarla. Peter se incorporó, se arrancó de nuevo el catéter del brazo y volvió a ponerse la tirita sobre la incisión. Procuró ignorar el leve picor que notaba en la pierna y que le recordaba la Île de Cuivre.

Cuando se disponía a abrir la puerta corredera de la habitación de cuidados intensivos, entró un hombre de unos treinta y pocos años, con rasgos japoneses inconfundibles, que lo obligó a retroceder sin decir nada y cerró la puerta. Llevaba un traje negro y una bolsa de deporte en la mano.

—¿Quién es usted? —preguntó alarmado Peter, que apretó con fuerza el medallón en la mano izquierda. Todos sus músculos se tensaron instintivamente.

—He venido a buscarle —dijo tranquilamente el hombre en inglés, y le entregó un teléfono móvil—. Es para usted.

Peter pensó si no debería derribar al hombre y huir. Pero una voz interior le lanzó una advertencia. El japonés parecía bien entrenado, y él llevaba una bata de hospital con la que no llegaría muy lejos. Sin perder de vista al japonés, Peter cogió el móvil.

—¿Sí?

—¿Peter Adam? —La voz le sonó extrañamente familiar.

—¿Con quién hablo?

—Con Franz Laurenz. Gracias a Dios que está vivo.

La imagen del Papa con manos inquietas que había renunciado al cargo le vino a la mente. Y también la imagen de un pozo en Sicilia. La desconfianza y el miedo lo invadieron de inmediato.

—¿Qué quiere?

—Ayudarle. Sé que, después de todo lo que ha sucedido, desconfía de mí. Pero las cosas han cambiado. Tengo que pedirle disculpas. Por favor, créame.

—¿Cómo me ha encontrado?

—Ya se lo explicará luego don Luigi. —Franz Laurenz hablaba atropelladamente—. Escúcheme, Peter, no tiene mucho tiempo. La policía está en camino. Y los OTROS pronto llegarán.

—¿Se refiere a los portadores de luz?

—¡Escúcheme, Peter! —La voz del ex Papa se volvió tajante—. Haruki lo acompañará al aeropuerto. Confíe en mí. Allí lo espera un avión para llevarlo a Roma.

—¿Dónde está Maria?

—La hermana Maria está bien y a salvo.

—¿Dónde demonios está?

—Volverá a verla pronto. ¡Ahora tiene que darse prisa, Peter!

Peter se quedó pensativo, sin perder de vista al japonés, que se había apostado en silencio junto a la puerta.

—Peter, ¿está ahí? —La voz de Laurenz al teléfono. Preocupado.

Nervioso.

—A Roma, no —dijo Peter—. A Colonia.

—¿A Colonia? ¿Por qué a Colonia?

—Porque yo lo digo. Póngase en contacto con mis padres. Pero sin alertar a la Interpol ni a los servicios secretos. Seguramente los tienen vigilados. ¿Podrá?

Al otro lado de la conexión, Laurenz dudó un momento.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pasaré el recado. Pero dese prisa.

Que Dios le proteja.

Colgó. Peter le devolvió el móvil al japonés, que lo rehusó.

—Quédeselo. —Señaló la bolsa de deporte—. Vístase con eso. Dese prisa.

En la bolsa, Peter encontró unos vaqueros de su talla, una camiseta y zapatos. También dinero en metálico y un pasaporte. Se visitó a toda prisa sin hacer más preguntas y guardó el dinero, el pasaporte y el medallón en los bolsillos de los pantalones.

Haruki echó un vistazo al pasillo y le hizo una señal.

—¡Vamos!

El doctor Leblanc no estaba por ningún sitio. Solo una médico joven y que parecía agotada los miró sin interés cuando salieron al pasillo de la unidad.

Cuando la perdieron de vista, echaron a correr. Delante del edificio, Peter vio que un coche de la gendarmería francesa se acercaba al hospital, y de repente aceleraba.

—¡Al coche! —gritó Haruki, señalando un todoterreno oscuro que estaba aparcado en un camino de acceso a la clínica.

El coche de la policía se dirigía a toda velocidad hacia ellos. Peter y Haruki subieron corriendo al todoterreno. El japonés tiró marcha atrás a toda velocidad y embistió el coche de la policía. Peter recibió una sacudida en el asiento.

—¡Mierda!

Haruki no contestó. Cambió de marcha y condujo hacia la entrada principal, cruzando a toda pastilla un pequeño parterre que había delante del edificio. Peter echó un vistazo atrás. El vehículo de la gendarmería accidentado ya había dado la vuelta y comenzaba la persecución.

Sin frenar lo más mínimo, Haruki giró hacia la concurrida Avenue Charles Flahault y luego avanzó a toda velocidad haciendo eses entre los coches. Daba la impresión de estar relajado como un monje budista en plena meditación.

Peter miró atrás de nuevo y vio que el coche patrulla los seguía con la sirena puesta, pero se quedaba atascado en el caos circulatorio que Haruki dejaba atrás como la estela de un barco. Peter volvió la cabeza, aliviado.

«¡Todo irá bien!».

Y entonces, la colisión.

De la nada. Un estampido ensordecedor, el mundo entero estalló. Una agonía metálica. Una lluvia cristalina de vidrios. Peter recibió una fuerte sacudida cuando el compacto Mercedes salió repentinamente de una calle lateral y embistió al todoterreno a toda velocidad. El impacto arrastró al todoterreno hacia un lado, y quedó cruzado en la calle. Los airbags saltaron y, en una fracción de segundo, se hincharon como las entrañas de un animal sacrificado.

Luego, silencio.

Peter miró jadeando a Haruki y vio que el japonés sangraba por el labio.

—¡Quédese en el coche! —le ordenó el japonés mientras intentaba arrancar. El motor exhaló un sonido ahogado. Una vez. Dos veces. Nada.

Peter se volvió ligeramente y vio que el Mercedes se había detenido en medio del cruce. Le salía humo del motor. Un hombre se apeó. Llevaba un machete en la mano y se acercaba al todoterreno.

«¡No puede ser verdad! ¡No es verdad!».

El hombre del machete posó su mirada en Peter mientras se aproximaba. El conductor de otro vehículo, que también estaba accidentado en el cruce, le cortó el paso y le gritó algo en francés. Peter solo vio un destello al sol y, luego, que el francés enfurecido se desplomaba sin vida.

Haruki desenfundó el arma y disparó contra el hombre del machete. El hombre se agachó.

—Maldita sea, ¿quién es ese tío? —rugió Peter conmocionado.

Haruki no contestó. En ese momento, ya no parecía tan relajado. Al contrario. Pálido, intentó arrancar de nuevo. En vano.

—Aeropuerto de Montpellier, terminal de aviación general. ¡Le estarán esperando! —gritó Haruki, y abrió de un empujón la puerta abollada del conductor.

Los reflejos de Peter reaccionaron a la orden. Abrió su puerta, saltó del coche y echó a correr. Detrás de él percutían los disparos. Se puso a cubierto detrás de un viejo 2 CV y entonces vio que los gendarmes también habían llegado al cruce y abrían fuego contra Haruki, mientras él disparaba contra el hombre del machete, que se había refugiado detrás del Mercedes.

De pronto, Haruki lanzó un grito. Uno de los gendarmes le había dado.

El japonés dio media vuelta por el impacto del disparo y se desplomó. En

ese mismo instante, el asesino del machete salió de detrás del Mercedes y echó a correr.

Incapaz de moverse, Peter vio cómo el hombre se dirigía hacia él y pudo verle la cara, aquella cara conocida y a la vez extraña. La cara del asesino de Ellen y de Loretta.

«¡Es imposible! ¡No puede ser!».

Los gendarmes seguían disparando. El hombre del machete continuó avanzando agachado. Llegó hasta Haruki, que buscaba a tientas su arma y sangraba. El asesino del Mercedes levantó el brazo en plena carrera y le asestó un machetazo en la cabeza. Casi con el mismo movimiento, le arrebató el arma al japonés y disparó dos certeras balas contra los dos gendarmes.

En ese mismo instante, Peter salió de su parálisis y echó a correr. Corrió en línea recta. Corrió para salvar la vida. Miró atrás una vez y vio que el asesino iba ganando terreno, pero le pareció que cojeaba ligeramente. Peter calculó que no aguantaría mucho rato a aquel ritmo.

«¡La cuestión es si lo aguantarás TÚ!».

Le ardían los pulmones a causa del esfuerzo, pero siguió corriendo, impelido por el miedo a morir, por el rostro del hombre y por la adrenalina que le fluía por todo el cuerpo.

«Sigue. Corre. Sigue».

Peter dejó la avenida y giró hacia una calle secundaria que se adentraba en una zona residencial, con la esperanza de que allí podría esconderse en algún sitio. Siguió corriendo y corriendo en zigzag, siempre adelante.

Hasta que vio el taxi.

Acababa de girar delante de él en la calle y se detuvo en un semáforo.

Peter no se lo pensó dos veces. No tenía elección. Abrió la puerta de atrás y sacó a la mujer que iba en el vehículo.

—¡Fuera! ¡Deprisa!

La mujer gritó. El taxista bajó de un salto y lo cubrió de insultos en árabe. Peter levantó el puño y abatió al hombre con un gancho certero en la barbilla. La mujer huyó.

—¡Lo siento! —dijo Peter jadeando.

Sin dudarlo un momento, se subió al taxi. Justo cuando se disponía a arrancar, la luna lateral se rompió en mil pedazos.

Peter no lo había visto llegar. Un pequeño instante de descuido marcaba la delgada línea que separaba la vida y la muerte.

El hombre le dio un puñetazo en la cara, lo cogió por los pelos y lo sacó a rastras del taxi. Peter intentó defenderse, pero estaba en una posición desfavorable, encajado detrás del volante. El hombre lo tiró al suelo delante del taxi. Antes de que pudiera reaccionar, le clavó las rodillas en el pecho.

Peter notó el acero frío en la garganta y apenas se atrevió a tragar saliva.

Vio de reojo un charco de sangre a su lado. El taxista. Tenía la cara rajada como un melón abierto.

—Está tan afilado que mi peso bastará para rebanarte el cuello —

masculló el hombre del machete.

Peter no se movió. Solo miraba aterrado aquella cara, conocida y tremendamente extraña a la vez.

Su propia cara.

Su reflejo.

El hombre que se arrodillaba sobre su pecho y le había puesto un machete en el cuello… era él mismo. Con una pequeña diferencia que no supo determinar.

«Algo les pasa a sus ojos. Como si no tuvieran color».

El hombre del machete le registró los bolsillos del pantalón, cogió el medallón dorado y se lo guardó. Entretanto, no le quitó la vista de encima.

Finalmente, apartó el machete unos milímetros del cuello de Peter, donde ya había practicado un corte superficial que sangraba. Lo apartó lo suficiente para que Peter pudiera tragar saliva y hablar, pero lo mantuvo lo bastante cerca para que cualquier amago de defensa significara una muerte segura.

—Ahora te mataré —dijo.

Peter tragó saliva.

—Ya lo sé.

Su reflejo lo seguía mirando fijamente, como si buscara algo en su rostro. Un recuerdo. Una explicación. Peter oyó sirenas de la policía a lo lejos. Demasiado lejos para que pudieran salvarlo.

—¿Quién eres? —preguntó Peter con voz ronca y mirando a los ojos más fríos que jamás había visto.

—Soy el dolor. Me llamo Nikolas.

—Tendríamos que hablar, Nikolas.

Valía la pena intentarlo. Pero Nikolas meneó la cabeza.

—No, Peter. Ahora morirás.

La muerte era un hálito cortante delante de su cara. El aliento frío de un demonio de acero. Un breve estremecimiento, un escalofrío fugaz. La muerte fue un leve clic electrónico. De pronto, la presión que sentía en el pecho cedió. Peter abrió los ojos y vio que Nikolas estaba de pie, sosteniendo relajadamente el machete en una mano, y en la otra un móvil con el que acababa de hacerle una foto.

Peter pensó si podría ponerse en pie con la suficiente rapidez para atacar a Nikolas, pero lo desestimó.

«Imposible, él sería más rápido».

Peter no le quitaba los ojos de encima a su hermano gemelo. Porque de eso estaba seguro: el hombre del machete, su viva imagen, tenía que ser su hermano gemelo. Ninguna otra explicación tenía sentido.

«Nikolas. Mi hermano».

La conmoción que le produjo saberlo era superior al miedo a morir de inmediato. Saber que siempre lo había intuido, durante toda la vida. Todos los instantes en que no se había sentido completo, todas las pesadillas por las que él se movía y que, no obstante, le resultaban ajenas. Todo eso cobraba de repente sentido. Y abría nuevos interrogantes. Pero ¿qué importaba eso cuando se estaba tan cerca del final?

Sin embargo, en el momento en que Peter miró a los ojos a Nikolas, esperando la muerte, vio deslizarse una sombra de duda por el rostro de su gemelo. Una expresión de estupor, como si de repente no pudiera hacer algo habitual. Solo por un instante. Pero Peter comprendió que Nikolas no podía matar a su propia imagen, a su propio hermano.

—¿Por qué…?

Nikolas lo miraba fijamente.

—¡Te he matado, Peter! ¿Comprendes? —Guardó el móvil—. Ahora estás muerto. Sigue muerto. Para siempre. Para todos. Desaparece de este

mundo, no vuelvas nunca, ni siquiera como espíritu. No vayas a ver a nadie.

Porque yo soy el dolor. Y si te apareces a alguien como espíritu, yo daré con él. ¿Me has entendido?

Peter se levantó y asintió. Sí, lo había entendido.

Las sirenas se acercaban. Nikolas miró a Peter de arriba abajo, indeciso, como si aún no estuviera todo dicho. No parecía muy asombrado por el encuentro con su hermano gemelo, sino simplemente curioso. Como si siempre hubiera conocido la existencia de Peter.

—¿Te duele la cabeza a veces?

Peter asintió.

—Sí.

—¿Y entonces ves imágenes?

Peter asintió.

—¿La ves?

—Sí —dijo Peter—. Le arde el pelo. Hasta ahora, no sabía quién era.

Nikolas asintió serio. Parecía cavilar.

—¿Ves a veces una torre?

«La torre. No vayas. ¡Aléjate!».

—Sí —dijo Peter—. Recuerdo una torre. No muy grande. Gris. Está sola. Un coche aparca delante. Llueve.

Nikolas asintió como si con eso ya se hubiera aclarado todo entre los dos.

—Estás muerto —repitió una vez más, como un mantra que quisiera inculcar a Peter—. Yo soy el dolor. Si resucitas, te encontraré. No lo olvides nunca.

Entonces dio media vuelta y desapareció como un fantasma por detrás del taxi, se volatilizó en el suave aire primaveral, que olía a sal y a lluvia.

Las sirenas estaban ya a pocas calles de distancia.

«Estás muerto. Desaparece del mundo. Esfúmate».

Peter apartó la vista del taxista asesinado, subió al taxi y arrancó.

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