Apocalipsis
Capítulo LXXXV
18 de mayo de 2011,
Santa Cruz de Jerusalén, Roma
Respirar. Encontrar. Vivir.
—Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
Maria se había arrodillado lejos de las miradas de los curiosos, en la capilla lateral de la basílica de peregrinación donde Peter le había salvado la vida, y de nuevo oraba con el amuleto, deslizando cada una de las cuentas entre sus dedos. No veía otra posibilidad de encontrar a Peter. Y tenía que encontrarlo, eso estaba claro. Maria no había pegado ojo desde que Peter había desaparecido de noche sin dejar rastro. El templo destruido y la suite 306 quedaban excluidos. Ambos lugares estaban sometidos a vigilancia las veinticuatro horas del día. Puesto que no tenía ningún punto de partida que le permitiera saber dónde iba a encontrarse Peter con su hermano gemelo, a Maria se le ocurrió una idea que, en un primer momento, le pareció arrogante y estúpida: pedirle ayuda a la Virgen con el amuleto. Si ya se le había aparecido una vez, ¿por qué no una segunda?
En la penumbra de la capilla, Maria rezaba por salvarle la vida al hombre al que amaba. Las cuarenta y cinco cuentas del amuleto goteaban por sus dedos como la sangre de Cristo, que le ofrecía fervientemente perdón y redención. El amuleto se había convertido en un acompañante de confianza, en una fuente tangible de esperanza y de fe. Pero también en una fuente de sufrimiento y desesperación, puesto que Maria temía las imágenes que aparecían en las visiones. Temía la voz de la Virgen, a la que había traicionado, y temía la muerte. Pero no tenía elección. Respirar. Encontrar.
Vivir. Orar. Confiar. Creer. Rogar. Hasta el Salve Regina. Hasta la visión, que también esta vez comenzó con terribles imágenes apocalípticas de muerte y destrucción.
Maria vio las siete copas de la ira, y estaban vacías. Las habían vertido sobre un mundo en llamas, condenado a la extinción. Vio a un hombre en un apartamento de Nueva York, que intentaba desesperadamente ser mejor persona. Vio cómo Nikolas lo asesinaba. Siguió a Nikolas fuera del apartamento, lo acompañó por la quebrada de calles de Manhattan y más allá, hasta Santiago de Compostela, donde torturaba brutalmente al cardenal Torres. Maria quiso cerrar los ojos ante aquella imagen atroz, pero una voz le gritó: «¡Mira, Maria! ¡Sigue a la muerte!».
Se controló, siguió murmurando sus oraciones y entonces vio un extenso matorral. Y una hiena que rondaba solitaria el cadáver de una chamana africana, pero no la despedazaba. Maama Empisi. Algo pareció sobresaltar a la hiena, porque de pronto miró directamente a Maria.
—¡No temas! —dijo la hiena con la voz de la Santa Madre—. Porque no estás sola.
Maria se espantó ante la imagen blasfema de la Madre de Dios encarnada en hiena, pero continuó rezando.
—Santa María, te lo ruego —murmuró—. Sé que os he traicionado, a ti y a mi fe. Pero, aun así, te lo ruego. Perdóname. Ayúdame a encontrar al hombre al que amo. Aunque eso signifique mi muerte.
La hiena dio media vuelta sin contestar y se fue trotando entre las matas. La imagen desapareció y dejó sitio de nuevo a Nikolas, que caminaba deprisa por la Roma nocturna. Maria lo siguió hasta un edificio que le resultó extrañamente conocido. Quiso ir tras Nikolas, pero algo la retuvo. Se quedó en la calle y esperó. Esperó hasta que por fin comprendió que había encontrado a Peter.
Lívida y agotada como si hubiera librado una lucha inhumana, Maria salió de la iglesia y cogió un taxi.
—¡Al Cimitero del Verano! ¡Rápido! ¡Lo más rápido posible!
Al taxista no le extrañó que una monja joven quisiera ir al cementerio principal de Roma. Pero reprimió la pregunta de por qué tenía tanta prisa.
Maldiciendo, bordeó con su taxi el tráfico romano y se explayó con las
posibilidades de resultar elegidos de algunos cardenales como si hablara de resultados deportivos.
—¿Qué opina del cardenal Alberti? El turinés, el forofo de la Juve.
¿Cree que podrá ganar al español? O a ese alemán. Schiekel. ¿Se pronuncia así? Bueno, no es santo de mi devoción. Demasiado pim pam, pispás.
Aunque el viejo me gustaba, el que ha renunciado. Era bueno. Pero ahora el mundo necesita otra vez un papa italiano, ¿no cree? Espero que Alberti gane la carrera, y no el español. He apostado cien euros por el cardenal Alberti. —Se echó a reír y entonó un cántico futbolero—: ¡Juve, Juve!
¡Alberti, Alberti!
—¿No puede ir más deprisa? —insistió Maria.
—Hermana, ¿es que no lo ve? ¡Roma está patas arriba! ¡Hago lo que puedo!
Por el retrovisor vio que la monja sacaba un móvil, marcaba un número y luego decía algo en alemán.
—¡Papá, soy yo! Creo que sé dónde está Peter. Necesito tu ayuda.
Al cabo de tres cuartos de hora interminables, llegaron por fin a la entrada principal del cementerio, en la Via Verano. El taxista se quedó mirando a aquella monja joven, que entraba corriendo en el cementerio como si la persiguieran los demonios. Se santiguó tres veces y le pidió a san Cristóbal unos cuantos turistas americanos ricos a los que pasear por toda la ciudad durante la celebración del cónclave.
Maria avanzó desorientada por la extensa área del cementerio, pasó por delante de panteones monumentales de familias patricias romanas, que se habían construido verdaderos templos funerarios. Nerviosa y con un pánico creciente, esperó en la tumba de Vittorio de Sica, el actor al que su padre idolatraba de joven, hasta que se le acercó un monje que llevaba la capucha tirada sobre la cara y una bolsa muy pesada en la mano.
—Don Luigi me ha traído conduciendo como el diablo, pero no se podía ir más rápido —se disculpó su padre—. ¿Dónde está?
—¡No lo sé con exactitud! Solo he visto la entrada principal. Pero tengo una corazonada.
—¡Pues vamos!
Unas cuantas personas que visitaban el cementerio miraron con asombro a la monja joven y al fraile viejo con una bolsa pesada, que caminaban con muchas prisas por el camposanto. Un grupo de turistas coreanos les hicieron fotos, pero nadie reconoció a Laurenz debajo de la capucha ni a nadie se le ocurrió pensar que los dos eran padre e hija.
Maria se encaminó hacia los nichos donde tradicionalmente se daba sepultura a los menos ricos en Italia. Largas hileras de paredes altas, en las que se enterraba a los muertos en varios pisos de nichos, que se cerraban con una lápida de hormigón o de mármol. Delante de los nichos había flores o fotografías de los muertos. Algunos estaban abarrotados de fotos e incluso de recuerdos del AS de Roma.
Y todos los nichos tenían un número.
No tuvieron que buscar mucho. Maria encontró el número 306 en una calle nueva de nichos, la mayoría de los cuales aún seguían vacíos. El 306
estaba en la tercera fila, a la altura de un hombre alto.
—¡Tiene que ser aquí!
—¿Estás segura, Maria?
—Por el amor de Dios, ¡no! —le gritó a su padre—. ¡Pero date prisa!
Franz Laurenz miró alrededor. Estaban solos. Todavía.
Resuelto, sacó el formón y un pesado martillo de la bolsa que había cargado todo el rato, y se puso a dar martillazos sin más rodeos. Sin embargo, aunque el revoque era reciente, comenzó a resollar al cabo de unos pocos golpes. Maria le quitó las herramientas de las manos y empezó a aporrear como una loca la lápida.
—Eh, ¿qué demonios están haciendo?
Laurenz se volvió rápidamente. Un joven jardinero del cementerio corría hacia ellos. Sin pensárselo dos veces, Laurenz salió a su encuentro y lo noqueó de un certero derechazo.
—Perdóname, hijo. —Se volvió hacia su hija—. ¡Date prisa, Maria!
Desesperada y como si estuviera poseída, Maria golpeó en la lápida recién levantada hasta que saltaron los primeros fragmentos. Luego fue más sencillo. Su padre acudió en su ayuda y arrancó los últimos trozos.
Una intensa luz azulada, producida por una especie de diodo en una esquina del nicho, les salpicó desde la oscuridad del agujero, y esparció olor
a sudor y peste a vómitos en el radiante mediodía romano, al que no empañaba ni una sola nube. Maria miró espantada en el interior del nicho, donde no cabía más que un ataúd. Pero dentro no había ningún ataúd. En la sepultura barata de hormigón prefabricado con el número 306 se agitaba y gemía alguien, atado y amordazado.
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