Apocalipsis
Capítulo LX
15 de mayo de 2011,
Île de Cuivre, Mediterráneo
« Conejito en la madriguera, durmiendo estás, durmiendo estás.
Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar? ».
—No te queda mucho tiempo, Micama. Él está en camino. Wearily Electors. Él ya está aquí. Mátame y te enseñaré el camino para salir de esta isla.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo, Peter. Si quieres salir con vida de esta isla. Oanio yore vohima. Y no solo morirás tú. Morirá mucha gente, el mundo llegará a su fin si tú no lo salvas.
—No puedo.
—Sí puedes, vamos. Incluso quieres, Micama. Has soñado con ello todo el tiempo. Uirequo ope copehanu. Mírame, será muy fácil matarme.
Kelly se iba acercando a él. Peter retrocedió y contempló a aquel hombre chiflado, demacrado y sucio de vómito, cuya muerte había deseado más que nada en el mundo desde hacía un año. Sin embargo, en aquel momento solo sentía asco al verlo. Hacía mucho que Kelly estaba muerto.
—Dime dónde está ese camino y te sacaré de aquí conmigo.
— Niiso, ¡Peter Adam! Od vabezodire cameliaxa, protégete, bella flor, hay que morir. Así funcionan las cosas. Tienes que matarme.
Kelly jadeaba y chasqueaba la lengua sordamente. Peter reflexionó.
Pensó en el día en que, estando en Kunduz, contempló el cadáver del hombre al que acababa de abatir de un disparo. En aquel día, hacía muchos años, en que se había prometido a sí mismo no volver a matar a nadie. El
picor que lo importunaba desde que se había despertado en aquella isla volvió a presentarse, mucho peor que antes. Y comprendió que el picor era una señal.
Que Kelly tenía razón.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Te mataré. Así que dime, ¿dónde está el camino?
—Prométemelo, Micama.
—No hace falta. Te mataré, Kelly.
—¡Promételo!
—De acuerdo, te lo prometo.
Kelly puso cara de alivio. De liberación. Parecía contento, saltaba y brincaba, haciendo cabriolas grotescas por toda la celda. Peter lo agarró y lo obligó a estarse quieto.
—Y ahora dime cómo puedo largarme de aquí.
Kelly chasqueó ruidosamente la lengua, como si comprobara un recuerdo con la boca. Luego se acercó a Peter y le susurró al oído:
—Hay una antigua alcantarilla. Está tolahame caosago homida. Debajo de la sala del Sigillum Dei. Un pozo viejo, no lo conoce nadie, solo yo y los ooaona. —Soltó una risita—. Yo soy un ooaona, me deslizo por todas partes, me deslizo alrededor de la tabula santa, olisqueo el aire salobre, encuentro el pozo. Un darisapa muy antiguo, muy estrecho, muy hondo.
—¿Adónde lleva?
—¡A las profundidades, Peter! Berinu orocahe. A la gran oscuridad. Al mar, al gran, gran mar, ¡Peter!
Peter sintió un mareo. Estrechez, oscuridad, agua. Los demonios de sus pesadillas. Las tres cosas que más temía en el mundo. El pánico se apoderó de él.
—¿Estás seguro de que es el único camino, Kelly? ¿No hay otro?
—No, Peter, ese es el camino. Tienes que seguirlo. Es el cáliz amargo que debes apurar. Hoathahe Saitan!
Kelly volvió a soltar una risita ahogada.
—Lo has prometido. Ahora, mátame.
—No, Kelly, antes quiero ver ese pozo. Cuando esté seguro de que no me has engañado, te mataré.
Kelly profirió un grito de rabia y lamento, y se revolcó en el suelo.
—¡Mentiroso! —masculló—. Nonuci dasontif Babaje! Yo te maldigo.
Peter volvió a agarrarlo y lo abofeteó con fuerza en la cara. Kelly aulló como un perro apaleado.
—¿Por qué lo has hecho, Micama?
—Deja de hacerte el loco, Kelly. Te mataré, pero antes tendrás que contarme unas cuantas cosas.
—Pero es que estoy loco, Peter. ¡Completamente dooainu!
Kelly intentó soltarse, pero Peter lo agarraba férreamente.
—¿Quiénes son esos portadores de luz? ¿Qué quieren? Contesta a mis preguntas, Kelly, o me olvidaré de lo que te prometí.
Kelly se volvió y le escupió.
—¡No lo harás! Casaremanu hoel-qo!
—Pues claro que sí, Kelly. Te dejaré aquí, y seguirán haciendo contigo lo que llevan tiempo haciéndote. No acabará nunca. No morirás nunca.
Kelly profirió un alarido. Luego se calmó, se arrodilló delante de Peter y lo miró a los ojos. A pesar de la oscuridad que reinaba en la celda, Peter notó que la mirada de Kelly era totalmente lúcida.
— Hoathahe Saitan! Quizá le he subestimado, Peter —dijo, y la voz sonó del todo normal—. ¿Quiere saber quiénes son los portadores de luz?
Hace mucho que ya lo sabe, Peter, solo que se le ha olvidado. Igual que ha olvidado que es un asesino. Usted mató a Ellen, y a otras muchas personas.
Peter volvió a golpearlo. Muy fuerte. Una vez. Dos veces. Golpeaba e increpaba a gritos a Kelly.
—¡No es verdad! No es verdad, rata miserable.
—Sí, mátame, Micama, ¡mátame! —Kelly había recaído en su balbuceo disparatado—. Hoathahe Saitan!
Peter lo soltó. Unas imágenes siniestras surgieron ante él; imágenes del cadáver de Ellen, y de un hombre y una mujer que estaban en un pasillo largo y le gritaban algo. Que se acercara. Que se diese prisa.
—Tú eres ilasa, Peter. Hoathahe Saitan! Si no huyes pronto, morirás.
—¡Cierra el pico!
Peter se apretó las sienes con las manos.
« Conejito en la madriguera, durmiendo estás…».
Y luego, otro pensamiento. Muy nítido.
«Te volverás loco si no lo estás ya. Acéptalo. Te volverás loco. Ahora».
—¡No! —gritó Peter para librarse de aquellas imágenes de pesadilla.
Miró jadeando a Kelly, que lo observaba compasivo mientras se tocaba distraído la cicatriz de la oreja mutilada.
—¿Cómo es, Peter? —preguntó Kelly con interés y de nuevo claramente lúcido—. ¿Qué siente cuando tiene esos ataques de migraña y ve cosas que le resultan familiares, como si ya las hubiera vivido antes, cuando oye lenguas extrañas que de repente conoce? ¿En serio cree que se trata de simples déjà-vus? —Kelly se echó a reír—. Son recuerdos, Peter.
Admítalo.
—¿Qué sabrá usted de mí? —gimió Peter.
—Sé muchas cosas, Peter. No olvide que yo hablo con los ángeles.
Hoathahe Saitan! Pregunte a sus padres, Peter.
—¡Mis padres están muertos!
—Sí, claro. Disculpe, ha sido una falta de tacto por mi parte.
—¿Quiénes son esos portadores de luz?
—Una Orden poderosa. Zodi od Zodameranu. Investigan en busca del gran secreto. Ya están muy cerca.
—¿Qué secreto? ¿El tesoro de los templarios?
—¡Oh, el tesoro de los templarios! Sí, exacto, a eso me refería. Pero ¿en qué consiste el tesoro? El tesoro, el tesoro, el tesoro. Todos lo buscan, nadie lo conoce. Nadie lo tiene. Hoathahe Saitan! El número indica el camino.
306, el número del apocalipsis. Después del proceso, los templarios se diseminaron a los cuatro vientos y, con ellos, el conocimiento del gran secreto. Pero, pocos años después, volvieron a cerrar filas a escondidas, aunque en dos grupos. El grupo de Aviñón continuó persiguiendo clandestinamente los objetivos originales. Sin embargo, el otro grupo, que se hacía llamar «portadores de luz» y se reunía en una isla maldita de la Laguna de Venecia, donde confinaban a los enfermos en las épocas de la peste, quería venganza. Venganza por la desarticulación de la Orden.
Venganza contra el mundo y contra la Iglesia que los había traicionado.
También se llaman «hijos de Seth», el hijo de Adán. O el dios egipcio de la destrucción, como usted prefiera. En cualquier caso, todos sus líderes se
han llamado así desde hace siglos: Seth. Y 306 es un número. 306, ¿sabe qué significa ese número en la cábala?
Kelly trazó una palabra en hebreo en el suelo cubierto de porquería.
—¡Esto significa Heress! —masculló—. Destrucción. Hoathahe Saitan!
Porque los portadores de luz creen en el Evangelio de los egipcios, en el Apocalipsis de Adán. Pero el número 306 también tiene otro significado.
Kelly garabateó otra palabra hebrea en el suelo sucio.
—Esto significa Dwasch: miel. ¿Comprendes, Micama? ¿Reconoces la verdad? Es ambas cosas: amargura y dulzura. Infierno y paraíso. Dolor y placer. Principio y fin.
—Todo eso suena a disparate, Kelly. El supuesto Apocalipsis de Adán no es más que un cuento esotérico.
—Se lo crea o no, Peter, el caso es que los templarios han estado divididos desde entonces. Ambas órdenes llegaron a ser muy poderosas. Y a lo largo de los siglos se ha desarrollado entre ellas una guerra encarnizada por hacerse con el gran secreto. Porque, con la destrucción del Temple, ese secreto se había perdido. Solo se sabe una cosa…
Kelly dibujó con el dedo varias líneas entrecruzadas en el suelo cubierto de porquería. Un símbolo con círculos y rombos pequeños, que Peter conocía muy bien a aquellas alturas:
—El símbolo maldito —dijo Kelly, y escupió—. Este símbolo es la clave. Fíjese bien, Peter: este símbolo es la clave. Tres, cero, seis, suman nueve. Hay nueve llaves en el mundo. Nueve llaves que se dispersaron a los cuatros vientos con los templarios que quedaron. Pero la llave con este símbolo las contiene todas. Esta llave es lo que buscan los portadores de luz. Y los ángeles del infierno me han mostrado dónde pueden encontrarla.
Con usted, Peter, y con su amiguita.
—Así que ahí abajo, en la sala, habla usted con los ángeles.
—Pues claro. Aunque el término «ángel» es un poco equívoco. Los seres con los que entro en contacto son… ¿cómo lo diría?… más bien del lado desapacible. Aunque el Sigillum Dei me protege, el contacto es siempre muy doloroso. Terriblemente doloroso. ¡Oh, esa terrible lengua!
Ohyo! Ohyo! Noibe Ohyo! Ojalá no la hubiera descubierto nunca. ¡Déjeme morir, Peter! ¡Obséquieme con la muerte!
«¡Aquella lengua!».
—No se haga el ingenuo, Peter. Hace rato que me he dado cuenta de que recuerda esa lengua. Hoathahe Saitan! ¿La recuerda? Enoquiano. La lengua de los ángeles y los demonios.
«¡Kelly tiene razón y tú lo sabes! Conejito en la madriguera, durmiendo estás…».
Peter intentó poner orden en sus pensamientos. Pisó descalzo las astillas de su memoria y solo sintió dolor. El dolor de ser arrancado de algo querido. El dolor de estar incompleto. No podía negar que la lengua enoquiana le resultaba de algún modo familiar. Curiosamente, incluso entendía algunas cosas.
«Pero ¿por qué? ¿Cuándo has aprendido tú esa lengua?».
—¡Dime la verdad, Kelly! ¿Quién mató a Ellen?
Kelly se limpiaba la sangre de la comisura de los labios.
—¿La verdad? ¿Cómo quiere reconocer la verdad si ni siquiera está dispuesto a recordar? Los portadores de luz buscan febrilmente los nueve sellos para erigir un nuevo orden mundial. Esa es la verdad.
Peter lo zarandeó con fuerza.
—¡Ya basta, Kelly! ¡Quiero la verdad!
—¿Le parece descabellado? Usted lo sabe de sobras, Peter. Lo ha visto en su visión, ¿no? Los portadores de luz ejecutarán su venganza y destruirán el Vaticano y la Iglesia católica. Y será durante el próximo eclipse de sol. Durante el cónclave. Hace tiempo que está en marcha, Peter.
Nueva Zelanda, Japón, Libia, la ISS: todo eso eran señales. La profecía de Malaquías se cumplirá. El próxima Papa se llamará Pedro. Y eso será el principio del fin. El apocalipsis, Peter, comenzará dentro de tres días.
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