Apocalipsis
Capítulo XXVIII
12 de mayo de 2011,
Santa Cruz de Jerusalén, Roma
Cuando Maria entró en la antigua basílica de peregrinación del siglo XII, la nave de la iglesia estaba casi a oscuras, iluminada tan solo por el resplandor de las velas votivas encendidas en la entrada y unas cuantos cirios en el altar.
Maria conocía la basílica. Santa Cruz de Jerusalén era una de las siete iglesias de peregrinación romanas, célebre por la reliquia de la Santa Cruz: la tabla con la inscripción INRI. Santa Elena, madre del emperador Constantino, la trajo consigo de un viaje de peregrinación a Jerusalén en el año 326, juntamente con astillas y clavos de la cruz de Cristo. En la Baja Edad Media, aquella iglesia se consideraba tan sagrada que las mujeres no podían entrar en ella.
Maria buscó la capilla de santa Elena, que había dado su nombre a la basílica porque, según decían, el pavimento de la capilla estaba cubierto antiguamente con tierra proveniente de Tierra Santa.
Por lo visto, Maria estaba sola. La monja no oyó pasos ni voces. Cruzó la nave con cautela, como si caminara sobre una fina capa de hielo, y rezó un avemaría en silencio para combatir el nerviosismo.
—Llega tarde, hermana Maria.
Maria se volvió con un susto de muerte. En la sombra de una columna distinguió una silueta vestida como un fraile con la capucha puesta.
—Me han entretenido —dijo Maria con voz firme, y dio un paso atrás
—. ¿Padre Nikolas?
—¿Tiene la reliquia?
El hombre no se movió de su sitio. No obstante, a Maria le dio miedo.
Se maldijo por haber acudido.
—No —contestó, mirando hacia la salida.
—¿Dónde está?
—Deme una prueba de que realmente lo envía don Luigi y le llevaré adonde está.
Antes de que Maria pudiera reaccionar, el hombre de la capucha estaba con ella. Dio la impresión de que había llegado volando desde la sombra de la columna. Sin que Maria lograra verle la cara, la agarró, la obligó a volverse y le oprimió el cuello por detrás con unos dedos duros como el acero.
—¿Dónde está?
La voz sonó cortante, aunque solo susurrara. Maria intentó soltarse y golpear. Intentó gritar. Pero el hombre que se hacía llamar padre Nikolas la sujetaba férreamente y la estrangulaba con una mano.
—¿Dónde está? Si grita, la mato aquí mismo.
Aflojó la presión en su garganta y Maria jadeó en busca de aire. Pensó desesperadamente qué podía decirle.
—En mi celda del convento.
El hombre volvió a apretarle la garganta. Maria sintió pánico.
—«No mentirás». No me mienta, hermana. Huelo las mentiras.
Maria pensó desesperadamente qué debía hacer, qué tenía que decirle.
No quería entregarle el amuleto. Pero tampoco quería morir.
—Le llevaré adonde está —dijo con voz gutural cuando el hombre volvió a retirarle la mano del cuello.
De repente notó una hoja de acero frío y afilado en la garganta, y un miedo cerval se apoderó de todo su cuerpo.
—No —dijo el hombre—. Ahora la mataré, hermana. Pero antes me revelará dónde ha escondido la reliquia. Si la creo, su muerte será rápida, apenas notará nada. Pero si huelo que de su boca supura la mentira como el pus de un tejido enfermo, la mataré torturándola. Le arrancaré la piel, hermana Maria. Desde la punta de los dedos del pie hasta su hermoso cuello. El dolor, hermana Maria, ¿sabe usted qué es el dolor?
Maria jadeaba despavorida, temblaba sin control.
—¡Por favor! —murmuró—. ¡No, por favor!
—¿Dónde está?
Maria ya no tenía ninguna duda de que aquel hombre cumpliría la amenaza. Jesús había muerto en la cruz con mucho sufrimiento, había perecido desangrado, sediento, con las extremidades rotas, dislocadas. Pero Jesucristo era el hijo de Dios, fuerte y puro, y ella no era más que un manojo de miedo, jadeante y sudoroso.
El miedo atroz al sufrimiento.
—No mentiré, lo juro por Nuestro Señor Jesucristo, no mentiré.
—Eso está bien, hermana Maria. ¿Dónde está?
—No mentiré, pero tampoco hablaré —dijo Maria jadeando.
A pesar del terror y del miedo cerval, lo tenía muy claro: aquel hombre la mataría de todos modos. Tanto si revelaba el escondite del amuleto como si no lo hacía, estaba muerta. ¿Qué importaba la manera en que moriría?
Nikolas ladeó ligeramente la cabeza y dio la impresión de que la olfateaba.
—Comprendo. De acuerdo, hermana Maria. La luz esté contigo.
Maria notó que la mano del hombre se tensaba para asestar la cuchillada mortal, y le rezó a la Virgen.
Entonces sonó un disparo.
Desgarró el silencio en la iglesia, cruzó la nave rechinando, pasó bramando por encima del altar y restalló por las capillas laterales. Maria notó que el puñal ya no le tocaba el cuello. Oyó un grito ahogado y se dio cuenta de que el hombre la soltaba. En ese mismo instante, ella se desplomó.
Nadie la sostuvo. Maria cayó sobre el suelo frío de mármol, vio un movimiento borroso a su lado y se encogió instintivamente para protegerse.
Un segundo disparo. Algo se hizo pedazos. Maria vio que la figura encapuchada huía hacia la parte posterior de la iglesia.
Pasos presurosos, muy cerca. Una mano que la cogía. Maria gritó.
—Tranquila, Maria, ¡soy yo! ¿Estás bien?
Ella asintió. Simplemente, asintió, aunque con ello volviera a mentir.
Asintió porque había reconocido a Peter Adam, que se había arrodillado
junto a ella, empuñaba una pistola y la ayudaba a levantarse con cuidado mientras con la mirada examinaba el templo oscuro.
—Tenemos que irnos. Creo que le he dado, pero quizá no estaba solo.
—Sí, estaba solo —musitó ella—. Tenía un cuchillo enorme.
—Vamos. Aprisa. ¿Todavía tienes el amuleto?
Maria asintió de nuevo, todavía incapaz de moverse. Señaló temblando el cepillo de la entrada.
Un Fiat Panda viejísimo encendió un momento los faros al otro lado de la calle cuando Peter y Maria salieron a toda prisa de la iglesia. Peter reconoció al conductor, que parecía embutido en aquel coche tan pequeño, y tiró de Maria.
—Acabo de llegar —dijo don Luigi, que mantenía abierta la puerta del acompañante—. ¿Qué ha pasado?
—Arranque, don Luigi, ¡arranque!
—Pero ¿hacia dónde?
—A cualquier sitio, ¡lejos de aquí! Vamos, ¡arranque!
Don Luigi pisó el acelerador y condujo el Fiat desvencijado por las calles nocturnas de Roma. A través del retrovisor observaba preocupado a Maria, que parecía estar todavía en estado de shock y no decía palabra.
—Tiene usted muy mal aspecto, Peter. Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado?
—Ya se lo explicaré luego. Primero tenemos que encontrar un sitio donde podamos pensar un rato con tranquilidad. ¡Y evite los controles de la policía!
—¿Todavía tiene el amuleto?
Peter se lo mostró. El religioso asintió aliviado.
—Conozco un convento de carmelitas en la Via dei Baglioni. Las monjas son muy discretas y serviciales.
—Bien.
Peter se volvió hacia Maria.
—¿Se encuentra bien?
La monja meneó la cabeza, pero intentó sonreír.
—Gracias —dijo.
Peter le explicó brevemente al padre lo que había ocurrido aquella noche y se enteró de que Loretta le había quitado realmente a don Luigi los documentos del apartamento papal.
—¿La CIA? ¿El Mossad? —preguntó el padre meneando la cabeza.
—No parece muy sorprendido.
—Era obvio que los servicios secretos estaban inquietos con la desaparición del Papa. Pero no creía que llegarían tan lejos.
—A mí me toman por asesino y terrorista.
Don Luigi lo escrutó con la mirada.
—¿Mató usted a esa agente, Peter?
Peter no contestó. ¿Qué podía decir? No estaba seguro. No obstante, cuando cruzaron el Tíber, le pidió a don Luigi que parara un momento y tiró el arma al río. Había dejado el monovolumen cerca de la basílica de peregrinación. No tardarían mucho en encontrarlo. De todos modos, Peter calculaba que ya lo estaban buscando.
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