Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 33 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XXXIII

13 de mayo de 2011,

Convento de las Carmelitas, Roma

El temor de que todo sea un simple efecto secundario.

La decepción por una promesa no cumplida.

La ilusión por el primer capuchino del día.

Las dudas sobre Dios.

Peter se despertó alarmado de su último sueño. Por un momento, no supo dónde estaba. No lo recordó hasta que vio el rostro de don Luigi y el crucifijo en la pared. El sol de primavera entraba en la habitación a través de la ventana, inquebrantable y sereno como si la última noche, los últimos días, no hubieran existido.

—¿Qué hora es?

—Las seis y media.

—¿Qué? ¡Maldita sea!

—Le hacía falta dormir, Peter. Tenga…

Don Luigi le alcanzó un capuchino hirviendo y un cornetto caliente.

Peter se levantó.

—Necesito un coche. Dinero, documentos. Mierda, con esta pinta, ni siquiera llegaré a la frontera.

Peter se miró. Seguía llevando la misma ropa que cuando lo habían detenido, unos pantalones delgados de algodón y una camisa que en su día había sido blanca. Ahora, sus cosas estaban arrugadas y sucias, tenían manchas de sudor, sangre y vómito.

Don Luigi señaló unas prendas de ropa que había sobre una silla.

—Las hermanas han tenido la amabilidad de ir a su hotel a buscar unas cuantas cosas.

—Pero ¡seguro que el hotel estaba vigilado!

—¡Y quién va a fijarse en dos carmelitas! No se preocupe, Peter, no las han seguido. Aunque alguien había registrado ya su habitación. Ni su portátil ni su iPad se encontraban allí.

Peter se bebió el capuchino y le pegó un buen mordisco al cuerno relleno de crema. El café fuerte lo ayudó a pensar.

—Tengo que ir a Claraval.

Don Luigi meneó la cabeza.

—Olvídese de Claraval. He buscado la abadía en Google, y ya no existe. Solo queda un museo. El monasterio se disolvió en 1791, y en 1808

se transformó en una penitenciaria. Hoy en día es una de las prisiones de alta seguridad más modernas de Francia.

Don Luigi le alcanzó a Peter una imagen por satélite de la abadía, que había imprimido de Internet. Mostraba unos cuantos edificios pequeños alrededor de un patio ajardinado, y la planta de la iglesia de la antigua abadía. Detrás, en la parte más grande del área, se extendían varios complejos de edificios. Peter reconoció sin esfuerzo el contorno de las torres de vigilancia, los bloques de celdas y los patios subdivididos. Muros por doquier.

—Mierda. ¿Y el museo?

—He sacado de la cama a la directora del museo con una llamada. Me ha asegurado que en el museo tampoco se conserva ningún documento. La Orden del Temple fue destruida en 1307 por Felipe IV. Jacques de Molay y otros cabecillas de la Orden fueron acusados de brujería y sodomía, y los ejecutaron. Los templarios que sobrevivieron se dispersaron por todo el mundo. La abadía de Claraval era un baluarte de la Orden del Temple. Los caballeros templarios se llevaron de allí todo lo que pudieron cargar en su huida.

—El tesoro legendario de los templarios.

—Bueno, aparte de algunos documentos, no debía de ser gran cosa.

Pero seguro que la profecía original de Malaquías estaba entre ellos.

—¿Adónde huyeron los templarios, padre?

Don Luigi hizo un gesto indefinido.

—Existen muchas leyendas. Cuentan que, unos noventa años después del final de la Orden, una flota con la cruz paté de los templarios en el velamen partió de la Rochelle rumbo a América al mando de Antonio Zeno.

Un descendiente de Antonio Zeno publicó en 1558 un supuesto mapa de ese viaje. Por lo tanto, los templarios descubrieron América… antes que Colón.

Pero todo eso no son más que teorías conspirativas que se pueden encontrar por todas partes en Internet.

—¿Tiene alguna idea, padre?

Don Luigi meneó la cabeza, apesadumbrado. Peter reflexionó un momento.

—¿Dónde está el ordenador? —preguntó finalmente.

En el despacho de las carmelitas, Peter encontró dos ordenadores con conexión rápida a Internet. Justo cuando acababa de abrir el navegador, entró Maria.

—Os he oído —dijo, y sin más ceremonias se sentó delante del otro ordenador—. Bueno, ¿qué tenemos que buscar?

—Cualquier cosa que tenga que ver con los templarios —le explicó Peter—. Cualquier referencia sobre dónde podrían haber llevado los pergaminos de Claraval, por muy disparatada que parezca. Fíjate en los foros de pirados sobre teorías de la conspiración. El que encuentre algo interesante, que avise enseguida.

— Oui, mon général! —replicó Maria, saludando como un militar.

Peter sonrió.

—¿Tengo que explicarte cómo se usa un ordenador?

—Por mí, puedes irte al diablo. A sus puestos, preparados, listos, ¡ya!

Los conocimientos que Peter tenía sobre la Orden del Temple eran bastante rudimentarios. La breve búsqueda lo llevó a un nivel de conocimiento que le habría permitido pasar al menos la primera ronda de un concurso de preguntas y respuestas. Al cabo de media hora larga, le explicó a Maria los resultados.

—Fundada por Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer entre los años 1118 y 1121, la Orden del Temple no fue al principio más que una especie de milicia para proteger a los peregrinos y comerciantes que,

después de la Primera Cruzada, acudían en masa a Tierra Santa.

Probablemente eran una banda de mercenarios apestosos, igual de peligrosos que los salteadores de caminos. Les dieron ese nombre en memoria del templo de Salomón en Jerusalén. Hasta que Hugo de Payns regresó a Francia y habló con Bernardo de Claraval. Algunos conjeturan que Hugo de Payns encontró en Jerusalén un gran secreto, y que Bernardo quiso que ese «secreto» o lo que fuera pasara a toda costa a manos de la Iglesia. En cualquier caso, Bernardo se convirtió a partir de entonces en el jefe superior de marketing de los templarios.

Maria hizo una mueca de desaprobación.

—En serio —prosiguió Peter—. Los templarios que conocemos a través de las leyendas y los libros son una invención de Bernardo de Claraval. Era un maestro de disciplina estricta. Reformó la Orden del Císter y retiró sin contemplaciones todos los ornamentos de las iglesias. Back to the roots, por decirlo de alguna manera. Fue un hombre de mucho cuidado, un cazaherejes que mandó quemar libros y emprendía procesos inquisitoriales contra cualquiera que se cruzara en su camino. Bernardo impuso setenta y dos reglas a la Orden para la aventura en Tierra Santa, y eran muy estrictas.

Tenían que ser monjes soldado, llevar mantos blancos sin pieles, cada dos caballeros debían compartir plato para comer, y también jergón y manta.

Dormían vestidos con camisa y calzones. Solo comían carne tres veces por semana, y los viernes ayunaban. Los adornos en las bridas o en la vestimenta estaban prohibidos. Nada de cachivaches, basta de diversión.

Pero las armas tenían que estar siempre a punto. Y no para la caza, puesto que también estaba prohibida. Los templarios tenían que luchar, pero esos nuevos caballeros tenían que ser sobre todo castos. Debían mantenerse alejados de las mujeres, puesto que las consideraban peligrosas. Una vida de lucha y penitencia. ¿Qué te parece?

—Suena a horda de carniceros apestosos.

—Eso eran exactamente. Pero dirigidos con severidad. Mira el blasón de los templarios. Muestra a dos caballeros a lomos de un caballo.

Seguramente simboliza la imagen de unión fraternal, pero es evidente que en ella se basaron también los rumores posteriores sobre prácticas

sodomitas entre los templarios. Al parecer, adoraban a un ídolo llamado Baphomet y se besaban mutuamente el trasero en oscuros rituales.

Maria no dijo nada. Peter le enseñó unas cuantas imágenes de Baphomet de la Baja Edad Media.

—No parece muy cristiano, ¿verdad? Más tarde, incluso lo compararon con Satanás. En fin, una vida dura. Como buen caballero templario, te pasas el día masacrando sarracenos y paganos, siempre con un avemaría en los labios, y por la noche no puedes emborracharte ni mirar a una mujer. Y, mientras tanto, tus compañeros de cruzada se emborrachan y se acuestan con prostitutas a mansalva. Una vida de mierda. Pero tanto da, la Orden crece aunque su primera batalla en el cerco de Damasco acaba siendo un fiasco. La mayoría de los templarios muere. Dicen que de ahí proviene la expresión del «viernes 13». Sin embargo, siguen creciendo. ¿Por qué?

Porque Bernardo entrega a los templarios las donaciones hechas a los monasterios benedictinos. Curiosamente, los templarios pronto dejan de luchar. Se acomodan en el templo de Jerusalén e incluso entablan amistad con los musulmanes. Una tropa de mercenarios que se aburre y va inventando poco a poco sus propias leyes y rituales, que ya tienen muy poco que ver con las estrictas reglas monásticas. Inventan los cheques. Con una carta de crédito de los templarios, en la Edad Media se podía viajar por Oriente sin dinero en metálico. Pero ¿hallaron realmente lo que Bernardo suponía que estaba en Tierra Santa? No se sabe. El caso es que llegaron a ser tan ricos y poderosos que Felipe IV se hartó y reunió un cúmulo de acusaciones contra los templarios. Destruyó la Orden en 1307 y la saqueó por completo. Si los templarios habían hallado un secreto o un tesoro en Tierra Santa, o bien se perdió o…

—… o lo pusieron a salvo a tiempo —concluyó Maria—. Y yo sé dónde.

Peter se la quedó mirando. Maria disfrutó de su perplejidad.

—Piénsalo: eres un templario de Claraval y tienes que esconderte a toda prisa. Sabes que cuentas con las simpatías del Pontífice. El papa Clemente V quiere impedir un proceso contra una Orden que, al fin y al cabo, él ha apoyado. Felipe IV y Clemente V miden sus fuerzas. Y Clemente es más astuto. En marzo del año 1312, disuelve la Orden. Sin Orden no hay

proceso. Todo queda en un simple sumario. En el año 1314, a Jacques de Molay, el último gran maestre de los templarios, lo queman en la hoguera en París. Despojan a los templarios de todos sus bienes y los entregan a los miembros de la Orden de San Juan. Naturalmente, descontando las costas procesales que Felipe y los reyes de Europa aplican a un precio desorbitado.

Aunque se supone que los templarios fueron apresados en Francia, se ejecutaron pocas sentencias de muerte. En Aviñón, ni una. Y ¿por qué?

Peter cayó entonces en la cuenta.

—¡Porque Aviñón era en esa época la sede del Papa! ¡Los años del cisma!

—¡Exacto! El papa Clemente V residía en Aviñón y acogió a los templarios y todo lo que pudieron poner a salvo.

«Precisamente Aviñón. ¿A qué distancia estaba? ¿A nueve horas?

¿Diez?».

—Solo es una conjetura —objetó Maria.

—No, tienes razón —dijo Peter, interrumpiendo sus pensamientos—. Si el original de la profecía de Malaquías todavía existe, seguramente está en Aviñón.

—Seguimos con el problema de cómo llegarás a Aviñón. Son diez horas largas de viaje, y tú estás en búsqueda y captura internacional. Iré yo sola en coche. O en avión.

«¿Es triunfo lo que brilla en tus ojos, Maria?».

—No lo harás, de ninguna manera. Es mi problema.

—Quieres decir que no te fías de mí.

—No, Maria, ¡maldita sea! No quiero que te compliques la vida por mi culpa.

El rostro de Maria enrojeció y en su frente se formó una pequeña arruga de ira.

—Escúchame bien, Peter Adam. Métete esos aires presuntuosos de perdonavidas donde te quepan. Ya me has complicado la vida. Sé cuidar muy bien de mí misma, pero en Roma, no sé si lo recuerdas, estoy tan poco segura como en cualquier otra parte del mundo. Y por eso iré sola a Aviñón y, si quieres, puedes venir conmigo. ¿Te ha quedado por fin claro, maldita sea?

—Las monjas, ¿rezáis de vez en cuando o solo maldecís?

—Vete al cuerno, Peter Adam.

—Iréis los dos a Aviñón.

Don Luigi estaba en la puerta del despacho. Parecía divertido.

—Si nos tomamos en serio la visión que tuvo Peter, no nos queda mucho tiempo.

—¿Qué propone?

En el rostro de don Luigi se dibujó una expresión de zorro que Peter ya había observado otras veces.

—Esta noche he hecho un par de llamadas. No ha sido fácil, pero finalmente he conseguido convencer a esa gente de que nos ayudaran, por su propio interés.

—¿Qué gente, don Luigi?

—Quizá debería asearse. Cuando se haya cambiado de ropa, se lo explicaré todo.

Media hora más tarde, duchado y con ropa limpia, Peter volvió a entrar en la salita que las carmelitas habían puesto a su disposición. Se sentía mucho mejor. Don Luigi, Maria y un hombre de unos cincuenta años, con rasgos orientales y traje negro, lo esperaban.

—Peter, permítame que le presente a Mohammed Al Naimi, embajador del reino de Arabia Saudita. —Don Luigi señaló al hombre del traje negro, que observaba a Peter con una expresión inescrutable y no le estrechó la mano ni se permitió ningún gesto de cortesía.

—¿Qué significa esto? —preguntó Peter con desconfianza.

—Su excelencia, el embajador, tendrá la amabilidad de llevarlos a Aviñón, a usted y a la hermana Maria, en un jet privado de su alteza real el príncipe Salman Abd al-Aziz ibn Saud. No se preocupe por el control de pasaportes. Viajará con inmunidad diplomática.

Peter siguió mirando al árabe del traje negro sin disimular su desconfianza.

—No acabo de entenderlo, don Luigi. ¿Por qué la casa real saudí ayuda a huir a un asesino buscado y supuesto terrorista?

Don Luigi intercambió una mirada con el árabe, y el embajador se dignó entonces ofrecer una breve explicación.

—Eso no tiene por qué importarle. Digamos que el Papa había establecido ciertas relaciones con altos dignatarios islámicos, en los que su alteza real confía plenamente y que le han aclarado con mucho énfasis que esta medida excepcional, y así lo remarco, servía a los intereses de nuestro país y del islam.

—En pocas palabras —resumió don Luigi—, no más preguntas, Peter.

Peter intercambió una mirada con Maria. Se la veía tranquila y sin miedo. Parecía confiar plenamente en las conexiones de don Luigi.

Peter se llevó al padre un momento aparte.

—¿Qué significa esto? —musitó.

—Confíe en mí, Peter.

—No, don Luigi. Esto huele a trampa. Primero me sacan del país y luego me quitan de en medio, ¿no es así?

—Comprendo que piense así, Peter. Pero, al fin y al cabo, no le quedan muchas opciones. ¿Quiere probar su inocencia? Benissimo. Puede acudir a la policía y a los servicios secretos, y confiar en que esta vez no lo aislarán en una cámara de tortura, sino que lo tratarán con guantes de seda y le creerán. O bien confía en mí. Decida, Peter.

El rostro de don Luigi reflejaba severidad.

—¡Mierda! —maldijo Peter, y se alejó de él.

El embajador saudí se levantó envarado.

—Si ya están listos… Fuera espera un coche.

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