Apocalipsis
7. Visión
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VISIÓN
OceanofPDF.com
LII
15 de mayo de 2011,
Poveglia, Laguna de Venecia
Tras dieciocho meses de angustia, la ira de Dios se desvaneció después de haber exigido casi cincuenta mil sacrificios. Ninguna ciudad europea del siglo XVII estaba mejor preparada contra la peste que Venecia, con sus estrictas normas de higiene, unas autoridades sanitarias eficientes y los primeros centros de cuarentena del mundo. Y aun así, en el año 1630 llegó la catástrofe. Introducida por el séquito del duque de Mantua, la muerte negra causó estragos en pocas semanas por las callejuelas y los canales de la ciudad de las lagunas. A lo largo de los meses, el hedor de la descomposición cargó el aire y se mezcló con el humo intenso de los crematorios, que no daban abasto incinerando cadáveres. La mayoría de los cuerpos se acabaron cubriendo simplemente con tierra y cal para que los perros no los devoraran. Los médicos, con máscaras grotescas dotadas de un pico relleno de hierbas contra los miasmas mortales, practicaban sangrías a quienes podían pagarlas. Los que podían huían de la ciudad.
Diariamente morían más de quinientas personas. La vida pública quedó paralizada, la economía y el comercio se hundieron, los precios del pan y del vino se dispararon. Bandas de saqueadores recorrían la ciudad y, después de robarles, tiraban a los todavía vivos en los carros de los cadáveres. Mendigo o noble, si alguien presentaba el más mínimo síntoma de la enfermedad o entraba en contacto con un infectado, las autoridades lo deportaban de inmediato a una de las islas de cuarentena de la Laguna.
Poveglia fue una de ellas. Un lugar de muerte, el infierno en la Tierra.
Miles de personas se apretujaban en tres hectáreas. El hedor a cadáveres
quemados y heridas purulentas, los gritos de los enfermos, los gemidos de los agonizantes colmaban el aire. Había centenares de barcas ancladas delante de la isla a modo de barrera, y una bandera marcaba el punto hasta donde los deportados podían acercarse a la orilla. Detrás se alzaba un patíbulo para ejecutar a quienes se resistían a las órdenes de las autoridades.
En todas las epidemias que Venecia había sufrido, en Poveglia se habían incinerado más de ciento sesenta mil cadáveres de apestados. Sus cenizas oscuras cubrían por entero el suelo de la isla. En 1922, el lugar del antiguo centro de apestados lo ocupó un psiquiátrico, pero lo cerraron al cabo de pocos años tras producirse una serie de muertes extrañas. Actualmente, Poveglia estaba off limits tanto para los autóctonos como para los turistas.
Acceso prohibido. Un lugar maldito. Pero era allí precisamente donde Urs Bühler pretendía seguir con sus investigaciones.
El pequeño vaporetto se acercó runruneando a la isla, que empezaba a perfilarse en la bruma matutina sobre la laguna. Urs Bühler distinguió la fortaleza octogonal del siglo XIV que se alzaba delante. El día anterior había intentado en vano encontrar a alguien que lo llevara a Poveglia. La mayoría de los barqueros se habían negado con un gesto y una expresión extraña en la mirada, y le habían explicado que la isla no estaba habitada y que allí no había nada que ver, excepto ruinas. Hasta esa mañana no había dado con un joven dispuesto a llevarlo a la otra orilla y a volver a buscarlo a una hora convenida, a cambio de una escandalosa suma de dinero.
Bühler comenzaba a maldecirse por la idea descabellada que lo había alejado de Roma precisamente en aquellos días, solo para seguir una pista que probablemente no lo conduciría a nada. Pero le gustaba ir hasta el final con todo lo que empezaba. La pista, que le había silenciado al cardenal Menéndez, tenía que ver con sus pesquisas sobre la suite 306. Gracias a una IP estática del misterioso banco de inversiones PRIOR, había dado con la ubicación de un servidor… en Poveglia. Ese servidor estaba registrado a nombre de una logia hermética llamada Temple of Equinox. Y el gran maestre de esa Orden era… Aleister Crowley.
Bühler había descubierto que, en el año 1922, un hombre con ese mismo nombre había fundado el Temple of Equinox a modo de comunidad mágica en Poveglia. Y eso para Bühler significaba que, en la época en que
se fundó en la isla el terrible psiquiátrico, un chiflado adicto a las drogas y al sexo había celebrado orgías satánicas en aquel lugar. Eso seguramente no le habría importado si la ubicación del servidor no hubiera sido la única pista concreta y comprobable. Donde hay un servidor, tiene que haber algo más.
El vaporetto atracó detrás del octógono de la fortaleza y se fue con su runrún tan pronto como Bühler tomó tierra. No se oía nada, ni siquiera un pájaro. El comandante de la Guardia Suiza se detuvo un momento para orientarse. Delante de él se alzaban las ruinas del psiquiátrico, revestidas con andamios oxidados. A la derecha, un campanario. Los árboles y la maleza se habían adueñado del terreno, crecían en los huecos de puertas y ventanas, penetraban en las grietas de los muros y techaban las terrazas.
Unos pequeños senderos trillados en la maleza demostraban que aún había gente que iba con frecuencia a Poveglia. Bühler le quitó el seguro a la SIG
P220 y se adentró en el edificio en ruinas por una de las sendas.
Vigas de madera podrida y escombros del techo hundido cubrían el suelo de las distintas salas. También había muebles deteriorados, documentos amarillentos ilegibles, radiadores oxidados, tubos y rejas de camas de hospital. Al tocarlo, el revoque se desprendía de las paredes con moho blanco. Bühler cruzó el vestíbulo y un pasillo con habitaciones de hospital. En la antigua capilla del psiquiátrico habían apilado los bancos astillados como para hacer una hoguera. Bühler encontró la antigua cocina, con fogones oxidados y enormes marmitas basculantes. Detrás estaba la antigua lavandería, con lavadoras grandes en forma de tambor y calandrias.
Escombros por todas partes. De vez en cuando, se oía crujir el follaje que quebraba los muros por todas partes, y Bühler vio una rata deslizándose velozmente por el pasillo. No se veía un alma, pero Bühler no lograba librarse de la sensación de que lo vigilaban.
Comenzaba a hacer calor. Bühler enfundó el arma y subió al campanario por la quebradiza escalera de caracol para obtener una visión de conjunto. Desde lo alto pudo ver los tejados de los palacios de Venecia y las islas cercanas de la laguna. Un día precioso, perfecto para una excursión.
Pero él no había ido de excursión.
Bühler dio media vuelta y oteó el otro lado de la isla en busca de algún tipo de edificio o instalaciones eléctricas que pudieran indicar dónde se encontraba el servidor. Un pequeño canal atravesaba el centro de la isla.
Más allá no se veía nada, excepto árboles. Bühler echó un vistazo al reloj.
Al cabo de media hora, el vaporetto volvería a buscarlo como habían acordado. Cuando se disponía a abandonar la búsqueda y volver al punto de embarque, descubrió el tejado de un edificio escondido detrás de unos árboles en la otra orilla del canal.
El camino pasaba junto a una fosa común que los arqueólogos habían excavado: una zanja de unos diez metros de longitud y apenas un metro de profundidad, colmado de osamentas humanas. Víctimas de la peste que no habían sido incineradas, sino enterradas con urgencia. El pequeño yacimiento sugería que toda la isla era una única fosa común con miles de muertos anónimos.
Bühler no prestó más atención a los esqueletos y se concentró en el edificio a orillas del canaletto, que entonces ya podía distinguir claramente.
Parecía una ampliación del psiquiátrico, aunque mucho menos deteriorada.
Los muros se mantenían libres de maleza y el tejado también parecía intacto. Bühler se acercó con cautela, aprovechando la espesura de los matorrales para ponerse a cubierto. Seguía sin oírse nada, solo su respiración. Continuó avanzando y rodeó el edificio sigilosamente. Sin embargo, los postigos de las ventanas estaban cerrados y no pudo echar un vistazo al interior. Puesto que, después de escuchar atentamente un buen rato, no percibió ningún ruido dentro, decidió reventar la puerta. Con una barra de hierro que encontró en las ruinas del psiquiátrico, hizo saltar la cerradura de la puerta de madera maciza y lanzó una exclamación de perplejidad.
SOY PAN.
SOY TU ESPOSA,
SOY TU MARIDO,
CORDERO DE TU REBAÑO,
SOY ORO,
SOY DIOS,
CARNE SOBRE TU MUSLO,
FLOR SOBRE TU RABO.
Bühler estaba en una elegante sala art déco. El suelo y las paredes eran de mármol negro reluciente, con símbolos ocultistas de mármol rojo incrustados. A los lados hacían guardia dos estatuas de Satanás desnudo.
Las dos esculturas tenían pechos y también penes, monstruosos y erectos.
Una de las figuras aplastaba una cruz con sus pezuñas de macho cabrío; la otra sostenía una especie de lanza en llamas o una antorcha. En el centro de la sala se alzaba, sólido y catedralicio, un altar siniestro de madera negra pulida, decorado a ambos lados con representaciones de seres fabulosos con cuernos. Y en la pared libre de símbolos, por encima del altar y escritas en letras doradas sobre un fondo de color rojo sangre, llameaban las palabras lascivas y blasfemas que le habían saltado a la vista al entrar. Debajo habían colocado una foto en blanco y negro, ya amarillenta, que presentaba a Aleister Crowley sentado en un diván, con pose autoritaria y luciendo caftán y turbante.
Bühler respiró hondo y miró a su alrededor. Seguía sin oírse nada. A ambos lados de la sala había puertas que conducían a habitaciones contiguas. Sacó de nuevo el arma y optó por dirigirse primero a la de la izquierda.
Aquella sala parecía mucho más sencilla y estaba amueblada más sobriamente al estilo de los años veinte. A la débil luz del sol que entraba por la puerta abierta, Bühler vio que las paredes estaban pintadas con abundantes símbolos, máximas y escenas pornográficas. Personas y animales apareándose. O despedazándose. O ambas cosas a la vez.
Bühler no se entretuvo en estudiar las pinturas murales y registró rápidamente las demás habitaciones. No encontró ningún dormitorio, cuarto de baño ni cocina, solo salas similares a las anteriores y decoradas con mobiliario de los años veinte. Bühler supuso que allí no había vivido nunca nadie. La decoración indicaba que se trataba más bien de una especie de centro de reuniones. Un lugar de reunión para una secta ocultista, fue lo que pensó Bühler. Eso no lo inquietó. Siguió buscando el cuarto del servidor y finalmente lo encontró en la parte posterior del edificio. Las estanterías metálicas con las placas para los módulos de memoria estaban vacías. Los cables colgaban arrancados como vasos sanguíneos extirpados. Solo el diodo rojo de una parte olvidada de la red lo miraba riéndose de él.
Maldiciendo en voz baja, el suizo continuó registrando el edificio hasta que descubrió el acceso a un sótano en el lado que daba al canal. Bühler volvió a prestar atención a los ruidos del exterior. Exceptuando el lejano runrún de una embarcación diésel, todo seguía tranquilo.
La escalera del sótano descendía empinada por la oscuridad. Bühler se maldijo por no haber llevado consigo una linterna de bolsillo, y utilizó la pantalla del móvil como fuente de luz. El sótano era sorprendentemente hondo. Supuso que habría pertenecido a un edificio mucho más antiguo, junto al cual posteriormente se construyó la clínica.
Cuando por fin llegó al final, Bühler notó una corriente de aire frío que le hizo suponer que existía un sistema de ventilación. El suelo era de tierra apisonada y despedía un repugnante olor a podrido. A la luz mortecina del móvil, Bühler registró a toda prisa el sótano. No era un buen sitio para quedarse más de lo necesario. No pudo ver mucho. En las paredes sobresalían unos estantes sencillos en los que se amontonaban unos recipientes. Al acercarse, Bühler vio que se trataba de urnas, que también estaban decoradas con símbolos ocultistas y satánicos. Renunció a echar un vistazo al interior de las urnas y decidió que después se pasaría por la policía veneciana y les haría una sugerencia, aunque esa no había sido su intención originalmente. Siguió el pasillo que salía de aquel almacén y fue a parar a una estancia en el centro de la cual se alzaba una gran piedra redonda, alisada como una mesa y con estrellas de cinco puntas y caracteres grabados que Bühler no había visto nunca. Supuso que sería una especie de altar. Era evidente que en aquella estancia se habían celebrado recientemente rituales ocultistas, puesto que descubrió manchas oscuras sobre la piedra, y algunas aún brillaban. Urs Bühler había visto suficiente sangre a lo largo de su vida para saber de qué se trataba. Pudo percibir el olor dulzón y enmohecido de la sangre, y también notó que, donde él estaba, el suelo era blando, casi cenagoso. Bühler lo iluminó y luchó contra las náuseas. Estaba en medio de un charco de fango y sangre.
Reprimió el impulso de volver arriba a toda prisa, porque de repente descubrió una silueta junto a la piedra lisa. Maniatada, inmóvil, con un saco en la cabeza. Pero con vida. Bühler oyó en la oscuridad sus sollozos ahogados, desesperados, y reaccionó rápida y profesionalmente. La
adrenalina todavía lo protegía de la conmoción y del horror de aquel lugar.
Pero no por mucho tiempo. La conmoción siempre lo alcanzaba en algún momento después de una misión. Sin dudarlo más, Bühler se acercó a la silueta que estaba tendida junto a la piedra de sacrificios, porque ya no le cabía ninguna duda de cuál era la finalidad de aquella piedra, y le quitó el saco de la cabeza. Cuando le iluminó la cara con el móvil, Bühler profirió un gemido en el que subyacía toda la desesperación del mundo. Ante él, amordazada y atrozmente torturada, yacía la única persona que le importaba.
Su hermana.
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