Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 62 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXII

15 de mayo de 2011,

Île de Cuivre, Mediterráneo

Peter oyó pasos lejanos en el piso de arriba. Un murmullo de voces que fue en aumento y se convirtió en una cantinela monótona. A Kelly le entró pánico.

—¡Ya viene! Vaunala cahisa! ¡Mátame, Peter! ¡Mátame, date prisa! Te lo he contado todo, Micama. Bajile madarida cahiso darisapa! No quiero volver a hablar con los ángeles.

—¿ Quién viene?

—¡ÉL! Wearily Electors. Hoathahe Saitan! ¡Mátame, Peter! Me lo has prometido.

Los pasos se acercaban a la celda. Descorrieron el cerrojo de la puerta.

Kelly huyó con sus aullidos hacia el rincón más apartado de la celda.

Entraron dos monjes encapuchados. Sin decir palabra, trincaron a Peter y se lo llevaron a la fuerza. Peter se defendió, pero los monjes lo sujetaban con firmeza, implacables. Simplemente, lo arrastraron con ellos.

—¡Me lo habías prometido! —chilló Kelly.

Los dos monjes subieron las escaleras con Peter a rastras y lo condujeron a la sala del Sigillum Dei de piedra, donde Peter había observado el ritual de invocación. Igual que la noche anterior, había once monjes con togas blancas, situados en círculo alrededor de la gran piedra con el símbolo ocultista y murmurando la misma cantinela suplicante. En el centro había otro monje, también con toga blanca, pero con la cara tapada con una máscara por debajo de la capucha.

Los dos monjes que habían sacado a Peter de la celda lo dejaron en el centro de la sala, delante de la piedra, y se sumaron al círculo con los demás. Catorce monjes. Una idea le vino a la mente.

«¿Por qué catorce? ¿Por qué no doce o siete o nueve?».

—¡Bienvenido, Peter! —lo saludó el monje de la máscara.

—¿Nos conocemos? —preguntó Peter.

—¡Pues claro, Peter! Pero hace tiempo que nos perdimos de vista. Te escondieron muy bien de mí. Pero la luz te ha traído a mí de nuevo.

Peter se tragó el miedo y recorrió con la mirada el suelo de la estancia en busca del acceso al alcantarillado del que le había hablado Kelly.

—¿Es usted Seth? —preguntó para ganar tiempo.

—Haces muchas preguntas, Peter.

El hombre se volvió hacia los otros monjes y les hizo una señal con un gesto autoritario. Obedeciendo la orden, los monjes salieron de la sala uno tras otro. Peter se quedó solo con el hombre. Seth, seguramente.

—Quiero enseñarte una cosa, Peter. Ven.

Seth le indicó que se acercara a la piedra. Peter se aproximó, no muy convencido.

«¡Hazlo! Hazlo ahora. Volverán pronto».

—¿Qué le ha pasado a Maria? —preguntó.

—Está viva. Por desgracia, sigue en posesión de la reliquia. Que continúe viva o no depende de ti, Peter. Ya sabes que necesito esa reliquia,

¿verdad?

—¿A cuántas personas ha matado ya por conseguirla?

—La muerte, Peter, no significa nada ante la luz. Pero ¡ven! —Seth le indicó que se acercara más y señaló el Sigillum Dei—. ¿Qué dirías si te prometiera poder absoluto? Poder absoluto de verdad.

—Lo tomaría por loco. Aunque ya lo hago de todos modos.

—Tienes que abrir tu mente, Peter. Tienes que reconocer que hasta ahora has pasado toda tu vida en una prisión. Pero yo puedo abrirla. ¡Mira!

Colocó una pequeña pieza dorada, del tamaño de una avellana, en el centro del sello ocultista.

—¿Sabes qué es esto? Oro puro. Oro cien por cien puro. Oro que no existe en la naturaleza.

—Y ahora me contará que ha descifrado el secreto de transformar metales.

—La cuestión es si quieres seguir este camino y convertirte en portador de la luz.

—¿O qué?

En ese instante, Peter descubrió una ranura en el suelo, al lado de la piedra. Una ranura circular. En el centro del círculo había una anilla oxidada.

«¡Ahora! ¡Ahora o nunca!».

Seth se volvió hacia él.

—¿Me has entendido, Peter? La elección es tuya. Poder absoluto o una muerte dolorosa.

Peter se acercó y miró a Seth a los ojos, extrañamente apagados.

—Lo he entendido —dijo, y descargó el golpe.

Había apuntado a la laringe y golpeó con todo su peso. Seth se desplomó resollando y se llevó las manos al cuello. Peter volvió a la carga y le asestó dos puñetazos en el hígado. Seth se retorcía en el suelo, incapaz de gritar y respirando con dificultad.

Peter no perdió ni un segundo. Volvió corriendo al sótano, descorrió el cerrojo de la puerta de la celda donde estaba Kelly y sacó a rastras al chiflado asustado de su rincón.

—Vamos, Kelly, no tenemos mucho tiempo.

—¡Mátame, Peter! ¡Mátame ahora mismo!

—Después. Primero vendrás conmigo. Y no digas ni pío o vendrán a buscarte.

Peter subió con el inglés desnudo a rastras hacia la sala donde Seth seguía resollando en el suelo.

Kelly miró espantado al hombre vestido con un hábito blanco y se puso a temblar.

— Nonuci dasontif Babaje od cahi…

Peter le tapó la boca.

—¡Silencio, he dicho! —masculló—. ¡Ayúdame!

Cogió el asa oxidada de la tapa de piedra de la alcantarilla que había descubierto y tiró con todas sus fuerzas. La piedra no se movió ni un

milímetro. Peter se levantó jadeando. Vio que Seth intentaba incorporarse a duras penas. Kelly escurría el bulto en un rincón de la sala y no paraba de gimotear.

Lo intentó de nuevo. Otra vez sin éxito. Entonces se le ocurrió una idea.

Regresó corriendo a la celda, se llevó el cubo con la orina acumulada de Kelly y vació el líquido apestoso encima de la ranura. Seth se estaba poniendo en pie. Peter se volvió hacia él rápidamente y lo derribó de nuevo.

Luego tiró otra vez de la anilla de hierro. Lubrificada por los meados de Kelly de las últimas semanas, la piedra comenzó a levantarse lentamente.

Peter tiró con todas sus fuerzas hasta que la tapa salió del hueco con un chasquido. Un hedor a podrido salió del agujero.

Peter trincó rápidamente a Kelly y lo empujó hacia la abertura.

—¡Tú irás delante! —masculló.

Kelly se erizó como un gato, pero Peter lo hizo entrar en razón con dos bofetadas y metió a aquel hombre enjuto en el pozo oscuro y apestoso.

Antes de superar su propio miedo y descender por la estrecha cavidad, Peter se acercó a Seth, todavía inconsciente, y le quitó la máscara. Un rostro envejecido y flaco, por lo que Peter pudo distinguir a la luz de las antorchas. Ningún rasgo especial. Calvo, con una cicatriz en la frente en forma de V mayúscula. Ojos sin brillo. Peter no había visto nunca a aquel hombre. Y con aquella entrevista le bastaba. De todos modos, jamás olvidaría su cara. Le registró a toda prisa la toga y los bolsillos. Sin embargo, lo único que le encontró fue una cadena con un medallón de oro, que llevaba colgado en el cuello. Sin examinar con más detalle el medallón, Peter se lo quitó. Tuvo que guardarlo en la mano porque la bata de hospital que aún llevaba puesta no tenía bolsillos.

Había llegado la hora. Peter se metió detrás de Kelly en el agujero. El pánico que le esperaba por la estrechez, la oscuridad y el agua estuvo a punto de dejarlo sin respiración y de arrebatarle todas las fuerzas. Pero quería vivir. Así pues, se abrió paso por el pozo, que era demasiado pequeño y casi le dislocó los hombros; jadeó, maldijo, se rasguñó brazos y hombros en la piedra hasta hacerse sangre, y resbaló lentamente hacia el fondo. Cada vez más hacia el fondo.

A unos pocos metros, se topó con la cabeza de Kelly y le llegó un grito ahogado.

—¡Sigue, Kelly! ¡Sigue avanzando!

El pozo descendía unos tres metros, luego trazaba un recodo muy cerrado y desembocaba en un canal un poco más grande. A Kelly y a Peter les costó lo suyo introducirse en ese canal, pero, cuando lo consiguieron, pudieron girarse y avanzar cuerpo a tierra. Peter sujetaba con fuerza en la mano la cadena que le había quitado a Seth.

—¿En qué dirección, Kelly?

—¡No lo sé! —gimoteó el inglés.

Se arrastraron a través de una oscuridad total, por un barrizal de agua salobre, algas podridas y las inmundicias de los últimos siglos. Un pestazo bestial. Aunque al menos distraía a Peter de su claustrofobia. Continuaron arrastrándose y siguieron la curvatura del viejo conducto, mientras Seth volvía en sí y daba la voz de alarma a sus hombres. Las voces exaltadas, las órdenes vociferadas se abrieron paso por el viejo canal. Pero ni Peter ni Kelly se enteraron de nada. Ellos solo se deslizaban a gatas a través de la oscuridad y el hedor, como por una pesadilla que no quería acabar.

Hasta que por fin oyeron el mar.

Peter no había visto la salida desde lejos porque en el exterior también reinaba la oscuridad. Pero oyó el mar, paladeó el aire salobre fresco. La espuma de las olas salpicaba dentro del canal.

—Adelante, Kelly, ¡ya casi estamos fuera!

El conducto acababa justo por encima de la superficie del agua. Peter vio la espuma blanca. Se sumergió con cuidado en el agua oscura y esperó a Kelly.

—¡Vamos, Kelly! Nos descubrirán en cualquier momento.

—¡Mátame, Micama!

—Cierra el pico y ven. Ya te mataré. Pero todavía te necesito.

Tiró de Kelly hacia el agua. Entonces se dio cuenta de que el inglés enjuto estaba muy débil. Y él también.

Kelly apenas se sostenía en el agua. Se hundía constantemente y salía haciendo gárgaras cuando Peter tiraba de él para sacarlo a la superficie.

No le quedó más remedio que coger al pobre demente por debajo de los brazos para mantenerlo por encima del agua y nadar con él entre las olas junto a las rocas. Todavía tenía el medallón de Seth en una mano, de modo que apenas podía usarla para nadar. Así pues, sin perder más tiempo, se metió la cadena en la boca. A lo lejos, las luces de Montpellier centelleaban en la noche. Muy lejos. Demasiado lejos.

No obstante, Peter no pensó en ello. Solo intentó nadar y no perder de vista a Kelly ni la dirección que debía seguir. Nadar, tragar agua, jadear, nadar. Otro metro. Y un metro más. Nadar. Luchar. Sobrevivir.

La fortaleza quedó atrás, como una sombra negra en la noche. Se encendieron unos reflectores, largos haces de luz que palpaban la superficie del agua. Cuando los rayos de luz se acercaban a ellos, Peter sumergía a Kelly en el agua. Luego, seguía adelante. Siempre adelante. Peter oyó el runrún de un bote diésel a sus espaldas. Los perseguían.

Peter continuó nadando desesperadamente, con la cadena de Seth en la boca y sujetando a Kelly tan fuerte como podía, aunque el inglés se le escurría a menudo. Así lucharon metro a metro a través del mar oscuro, hasta que alcanzaron las boyas. Peter no las habría visto de no ser porque oyó el suave tintineo metálico de una cadena suelta. Realizando un último esfuerzo, Peter nadó hacia ellas, le cogió una mano a Kelly y se la aferró a la cadena que se balanceaba colgando de una pequeña boya de plástico.

—¡Sujétate! —farfulló con el medallón todavía en la boca, y agarró la cadena salvadora por el extremo inferior.

Jadeando, se quitó el medallón de Seth de la boca, cogió aire y examinó el entorno con la mirada. La orilla seguía infinitamente lejos. El bote diésel continuaba dejando oír su runrún en algún lugar detrás de ellos y proyectando sus ávidos dedos de luz.

—Así no lo conseguirás, Peter —jadeó Kelly a su lado—. Micama isaro lonu-sahi-toxa. Tienes que soltarme.

—Cierra el pico, Kelly. No pienso soltarte, ¿me oyes? ¡Tienes que vivir!

Kelly balbuceó guturalmente algo en enoquiano.

A Peter, los dedos se le escurrían una y otra vez de la cadena resbaladiza. Una y otra vez tenía que tirar hacia arriba de Kelly, que se hundía desfallecido en el agua, y Peter comprendió que cada minuto que

pasaba junto a la boya le fallaban más las fuerzas para alcanzar con Kelly la costa de la salvación. Los dos colgaban desamparados de la cadena, condenados a acabar como peces en un anzuelo olvidado. Peter cambió de mano para sujetarse mejor, y Kelly se le soltó.

Antes de que Peter pudiera reaccionar, el inglés extenuado se hundió en el agua. Peter soltó una maldición desesperada, volvió a meterse el medallón de Seth en la boca, cogió aire y se sumergió para ir a por Kelly.

Los conceptos de arriba y abajo se disiparon. Todo se disipó. El mundo entero. Peter se disipó. Solo quedó la oscuridad, una oscuridad absoluta, el dolor y el miedo. Aun así, Peter buceó hacia el fondo, palpando en la gran nada en busca de Kelly, y solo encontró el vacío. Un vacío infinito.

« Conejito en la madriguera».

Y otro pensamiento refulgió en su mente como la última chispa de un motor moribundo. « Delfines».

Los delfines pueden sumergirse durante quince minutos y hasta una profundidad de ochocientos metros. Las personas, no. El cuerpo de Peter reaccionó ya durante los primeros segundos debajo del agua y puso el corazón de inmediato a medio gas. De setenta pulsaciones por minuto a cuarenta y cinco. Después de treinta segundos debajo del agua, Peter notó la presión en los pulmones. Quería expulsar aire. Expulsarlo, y punto. Peter se obligó a resistir el impulso. Quien exhala tiene que inhalar. Al cabo de cuarenta y un minutos debajo del agua, se le comenzó a nublar la conciencia. Todo su cuerpo gritaba de dolor y miedo, y notaba punzadas en todos los músculos. Peter dejó de pensar, dejó de buscar a Kelly, dejó de ser. Solo quería expulsar el aire.

Expulsarlo. Hoathale Saitan!

¡Ahora!

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