Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 6 de 94

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Apocalipsis

Capítulo VI

1 de mayo de 2011,

Castillo de Sant’Angelo, Roma

El Passetto di Borgo, un corredor de ochocientos metros de longitud, unía el Vaticano con el castillo de Sant’Angelo, la fortaleza de los papas.

Con aspecto de ser una muralla corriente, el Passetto escondía un pasaje estrecho que a lo largo de los siglos había facilitado la huida de algunos papas hacia la fortaleza papal, o había supuesto una manera discreta de llegar sin ser vistos a los aposentos de sus amantes, que los esperaban en los opulentos salones del castillo.

El Passetto salía del Vaticano por la Via dei Corridori, seguía por el barrio de Sant’Angelo, cruzaba el caótico tráfico romano por la Piazza Pia, vencía los muros defensivos del castillo de Sant’Angelo y desembocaba en el torreón noroeste de la fortaleza defensiva, construida originariamente como mausoleo para el emperador Adriano.

El Passetto se abría un par de veces al año a los turistas. Por lo demás, la Guardia Suiza custodiaba las llaves de los dos accesos.

Laurenz no se entretuvo pensando en la historia del pasadizo secreto, llena de vicisitudes y que se filtraba por los muros y cargaba el aire.

Avanzaba deprisa por la angosta penumbra, iluminada únicamente por una lumbrera cada pocos metros, y maldijo en voz baja al chocar con el hombro derecho contra un saledizo del muro.

Al llegar al castillo de Sant’Angelo, cerró cuidadosamente la puerta con llave y se dirigió a la derecha, hacia una escalera empinada y estrecha.

Laurenz bajó los peldaños a toda prisa. No era la primera vez que iba, conocía el camino y también sabía cómo evitar las riadas de turistas que a

esas horas del día inundaban el castillo por sus cinco plantas. Vigilados por el arcángel Miguel desde lo alto del castillo, daban vueltas por la rampa helicoidal de la planta inferior hasta las antiguas mazmorras y los depósitos de trigo y aceite, desembocaban en el Cortile dell’Angelo y, riendo, haciendo fotos y bebiendo refrescos de cola, seguían subiendo hasta la cuarta planta, donde podían contemplarse unas salas decoradas lujosamente y la cámara del tesoro. Ninguno de ellos sospechaba los secretos que el castillo albergaba todavía.

Laurenz se cruzó en el camino con unos adolescentes americanos que se habían separado de su grupo. No lo reconocieron y continuaron besándose.

A buen paso y jadeando un poco a pesar de su buena condición física, llegó por fin a la planta baja. Salió al exterior por una puerta discreta, a la que pertenecía la segunda llave que le había dado el guardia suizo.

Mario, su chófer, lo esperaba en su viejo Alfa Romeo 156 negro en la salida este del castillo, tal como habían quedado. Cuando Laurenz se acomodó en el asiento de atrás, el joven romano, que lucía unas gafas de sol a la última moda, se asustó al ver la cara del hombre que pocas horas antes aún respondía al nombre de Juan Pablo III.

—Dios mío, Santo Padre, ¡parece que esté huyendo del demonio en persona!

—Arranque, Mario —contestó Laurenz débilmente.

—¿Al piso, como quedamos?

—Sí.

Laurenz agradeció que el chófer se sumara al tráfico de mediodía sin hacer más preguntas. Se fiaba más de aquel romano de treinta y dos años que de algunos cardenales de la curia, y en los últimos años siempre había confiado en él cuando había tenido que salir de incógnito del Vaticano para acudir a citas discretas con políticos, industriales y representantes de otras comunidades religiosas. El viejo Alfa Romeo de Mario, con los cristales opacos, matrícula de Roma y la bufanda del A. S. Roma en la bandeja del maletero era sin duda mucho menos llamativo que el Mercedes oficial con matrícula SCV-1 del Stato della Città del Vaticano.

Mario también era la única persona en todo el Vaticano que conocía el destino del trayecto hacia San Lorenzo, el Municipio III de Roma, puesto

que cuatro años atrás había hecho de hombre de paja para comprarle un discreto piso de dos habitaciones en el alegre distrito universitario. El dinero procedía del patrimonio personal del Papa.

Mario observaba si los seguían, cambiaba a menudo de carril y se zambullía discretamente en el tráfico. Pasados unos diez minutos, giró bruscamente a la derecha, hacia un parking mugriento. Aparcó en la tercera planta, salió del coche y finalmente le hizo una señal a Laurenz para indicarle que estaba despejado. Como si formaran un equipo bien compenetrado, ambos cambiaron de vehículo y salieron del parking tres minutos después en un pequeño turismo de marca japonesa.

—Tendrá que disculparme, Santo Padre, es el coche de mi prima Victoria. No he podido encontrar otro con tantas prisas.

—No se preocupe, Mario. Hasta iría en Vespa si usted pensara que es más seguro. ¿Ha notado algo?

—No, Santo Padre. No nos sigue nadie.

Laurenz se puso unas gafas de sol y miró por la ventanilla. A su alrededor rugía la vida italiana, el tráfico fluía lentamente. Roma entera parecía ponerse de acuerdo cada mediodía para utilizar al mismo tiempo todos los coches disponibles. Jóvenes en Vespa adelantaban peligrosamente entre los huecos, las trattorias se llenaban de turistas, gente de negocios y mujeres con gafas de sol enormes y bolsos a la última moda. Laurenz se relajó un poco.

—¿Cómo está su mujer, Mario?

— Beh. Muy bien, Santo Padre. Se queja de mis horarios de trabajo irregulares.

—Eso es una señal de amor, Mario. ¿Y qué hace la pequeña Laura?

—¡Está preciosa, Santo Padre! Habla sin parar. Ha heredado el físico de su madre y la labia de su abuela. Madonna, pronto no habrá quien pueda discutirle nada.

Laurenz se echó a reír.

—¡Bravo! Seguro que algún día será ministra de Exteriores.

Reía por primera vez en todo el día, y la risa disipó ligeramente la sombra oscura que se proyectaba en su alma. Por un momento pensó que quizá no era demasiado tarde. Que podía haber esperanza.

—¿Lo has preparado todo, Mario?

—Como usted dijo, Santo Padre. Salvo ha instalado una conexión a Internet con muchos proxis, y me ha asegurado que durante diez minutos será imposible hackearla.

—Con eso bastará. Y Salvo, ¿no ha preguntado nada?

Mario se echó a reír.

—Cree que tengo una aventura con una espía sueca. Yo no lo he negado, claro, y se moría de envidia.

Llegaron a la Via Palermo más tarde de lo esperado. Mario aparcó en la entrada a un patio, al lado del pequeño hotel Caravaggio, y ayudó a Laurenz a bajar del coche después de asegurarse de que nadie los vigilaba. Laurenz miró la hora. No le quedaba mucho tiempo. Subió a toda prisa por la escalera de piedra hasta el tercer piso y esperó impaciente a que Mario buscara la llave en el bolsillo del pantalón.

Mario entró primero. Por eso Laurenz no vio de entrada al hombre vestido con un hábito negro y encapuchado que se había acomodado en una silla de mimbre en el pasillo. Tampoco al hombre que estaba detrás con un arma. Laurenz solo oyó el chasquido del silenciador y el grito ahogado de Mario cuando se desplomó en el suelo delante de él, vomitando sangre a borbotones. El disparo le había dado en el cuello.

—¿En serio pensaba que escaparía de mí tan fácilmente?

Una voz vetusta y cortante. El hombre de la capucha hablaba alemán arrastrando las palabras, con un acento extraño que Laurenz no había conseguido situar.

—¿Qué le dije? Que si no seguía las instrucciones, moriría gente. Gente a la que quiere. Y todo por su arrogancia, Laurenz.

Seth hizo un leve gesto con la mano sin moverse de la silla de mimbre, y el hombre que estaba junto a él se acercó a Mario y lo remató pegándole un tiro en la cabeza a corta distancia.

Laurenz dio media vuelta como un torbellino y se precipitó hacia la escalera. Allí lo interceptó un individuo musculoso con pasamontañas.

Laurenz tenía más de sesenta años, pero los reflejos que había entrenado boxeando y en las calles de Duisburgo cuando era joven seguían funcionando. Se agachó por debajo del brazo del enmascarado y le propinó

un gancho en los riñones dejándose caer con todo su peso. Acertó. El enmascarado se retorció gimiendo. Laurenz lo apartó de un empujón y bajó las escaleras corriendo. Oyó otro chasquido, pero la bala impactó en el revoque de la pared, muy cerca de él.

Laurenz siguió corriendo, no prestó atención a los pasos de los dos asesinos que corrían tras él. Llegó abajo, a la puerta de la entrada. Allí lo esperaba un tercer hombre, que también lo apuntaba con un arma con silenciador. Laurenz supo que moriría. Elevó una última oración a su Señor y a la Santa Madre de Dios, y se irguió, preparado para morir. Entonces, el hombre de rasgos asiáticos disparó. Una vez. Dos veces. Laurenz se estremeció y apenas percibió el alboroto. El asiático lo empujó a un lado y apretó el gatillo de nuevo. Cuando Laurenz se volvió, vio con asombro que el asesino que había matado a Mario yacía en las escaleras con un disparo en la cabeza. A su lado, el individuo fornido con pasamontañas se sujetaba el estómago jadeando.

El asiático se le acercó y le descerrajó un tiro en la cabeza. Luego se volvió hacia Laurenz.

— Let’s go! —dijo tajante—. Now!

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