Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 10 de 94

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Apocalipsis

Capítulo X

9 de mayo de 2011,

Roma

Poco después de enviar el artículo por correo electrónico a la redacción de Hamburgo, Peter Adam salió del hotel y se dirigió a pie al Vaticano. El movimiento y el suave aire primaveral le levantaron enseguida el ánimo. Al fin y al cabo, todavía estaba en Roma, en la Ciudad Eterna, en la ciudad que amaba. La emisión por sorpresa del vídeo en el telediario de la mañana de la RAI 1 apenas le había dejado tiempo para pensar en lo que había soñado esa noche. Se había despertado, desnudo y helado, en el suelo de la habitación del hotel, se había levantado gimiendo y había intentado recordar. Normalmente, nunca sacaba nada en claro, solo que los sueños que lo perseguían desde hacía años siempre trataban de estrechez y oscuridad y asfixia. Peter sabía perfectamente por qué. Sabía que tenía que andarse con cuidado. Sin embargo, aquel día también recordaba las imágenes caóticas de la destrucción de la basílica de San Pedro y de todo el Vaticano. Y se acordaba, con una claridad asombrosa, de las palabras exactas que pronunciaba la voz ahogada por las lágrimas de un locutor de radio.

Peter intentó no seguir pensando en aquel sueño y concentrarse en la conversación con don Luigi. Además, para él, los sueños solo eran una especie de proceso digestivo del cerebro. Cuanto más absurdo y aterrador era el sueño, más lúcida estaba después la mente.

El móvil sonó y lo sobresaltó. Sintiéndose casi aliviado, esta vez no desvió la llamada al buzón de voz.

—¡Loretta! ¡Estaba a punto de llamarte!

—No me mientas. —La voz sonó enfadada—. ¿Por qué no me has contestado?

—Tenía que escribir un artículo.

—¿Qué opinas del asunto?

—¿Te refieres al vídeo? Raro. Muy raro. —Peter siguió caminando hacia la basílica de San Pedro—. Creo que nos está tomando el pelo.

—Yo no lo habría expresado mejor —contestó Loretta cínicamente—.

La redacción ha analizado un poco el vídeo. Al fondo, por la ventana, se aprecian unos cipreses. Tiene que estar por aquí cerca.

—¿Qué quieres, Loretta?

—¿Cuándo me presentarás a tu amigo Luigi?

—Ahora mismo voy a verlo.

—¿Y por qué demonios no me llevas contigo?

—Loretta, por favor. Las cosas no funcionan así. Confía en mí, si me entero de algo, tú serás la primera en saberlo. Te lo prometo.

—Menos cachondeo, cariño.

Al llegar a la plaza de San Pedro, Peter torció a la izquierda y siguió la muralla del Vaticano hacia la puerta del Petriano, una de las menos frecuentadas por los turistas. Mientras caminaba, iba tocando el muro que cercaba todo el territorio del Estado Vaticano. Le gustaba aquella muralla.

Tres metros setenta de anchura, cinco metros de altura y tres mil cuatrocientos metros de longitud. Un muro defensivo hecho con bloques de toba volcánica, ladrillos planos y cantos de travertino, y la única obra en toda Roma libre de carteles, grafitis y del omnipresente Ti amo per sempre!

La muralla se notaba erosionada al tacto, y donde los bordes de travertino destacaban sobre la calle era totalmente lisa. En los ladrillos de color siena se veían ganchos antiquísimos incrustados, y en las ranuras crecía el moho.

La muralla tenía un total de dieciséis puertas. Dos de ellas conducían a los Museos Vaticanos, dos estaban tapiadas, una estaba cerrada con una reja de hierro y una solo se podía cruzar en tren. Una puerta pequeña conducía a un comedor social, otra a la Congregación para la Doctrina de la Fe, y una daba directamente al garaje subterráneo del Vaticano.

La puerta principal, la de Santa Ana, estaba al lado del cuartel de la Guardia Suiza. Peter sabía que estaría muy controlada y por eso optó por la

del Petriano, al lado del Sant’Ufficio. Justo detrás se encontraba el Camposanto Teutónico, el cementerio alemán, que legalmente formaba parte del territorio nacional del antiguo Imperio Sacro Romano Germánico.

Si se entraba con determinación y, con voz firme y en alemán, se le decía al guardia de la puerta «Al Camposanto, bitte», se podía pasar sin someterse a ningún control y ya se estaba en el Vaticano.

Sin embargo, Peter sabía que en esa ocasión no podría recurrir a ese truco en la puerta del Petriano. Desde la renuncia del Papa, la Guardia Suiza había reforzado los controles en todas las puertas. Por eso le enseñó el pasaporte al joven suizo y le explicó que tenía una cita con el padre Gattuso. El guardia escaneó la documentación de Peter y, después de dedicarle una última mirada escrutadora, le selló la autorización y, con un leve gesto, le indicó que podía entrar. Al pasar, Peter vio que el guardia suizo se acercaba al teléfono, seguramente para llamar a su superior.

El camino de Peter continuaba por los Jardines Vaticanos, la torre de San Juan y el helipuerto, hasta una casita modesta, la Casina del Giardiniere, la antigua casa del jardinero. Allí, apartado del barullo, en uno de los rincones más apacibles del Vaticano, entre jardines y con vistas a los rosales y a la estatua de San Pedro, vivía el padre Gattuso, don Luigi, como lo llamaban respetuosamente en la Santa Sede.

Peter lo había entrevistado un año antes y, por lo visto, le cayó simpático al padre siciliano desde el momento en que descubrieron que ambos tenían en común la afición por las series de televisión norteamericanas. Fuera como fuese, don Luigi, un hombre muy culto, se había convertido en una fuente de valor incalculable para comprender la complicada y misteriosa mecánica del Vaticano, y Peter le correspondía con DVD que contenían temporadas enteras de las series norteamericanas más actuales.

Don Luigi, autor de más de veinte libros de venta en todo el mundo, lo conocía todo y a todos en el Vaticano, y era un invitado habitual en la Terza Loggia. En calidad de delegado especial del Papa, a aquel hombre robusto de cincuenta y tantos años tampoco se le consideraba un bocazas ni un presuntuoso en la curia. No obstante, Peter tenía que agradecerle alguna que otra información de carácter interno. Ni siquiera la proclamación insistente

de que él había roto con la Iglesia católica y no creía en Dios, ni en Jesucristo, ni en la Virgen, ni en Alá, ni en Shiva ni en ningún ente superior, habían modificado un ápice la confianza que le tenía don Luigi. Peter sospechaba que probablemente se debía a que el padre lo observaba como a un «caso».

Don Luigi era el exorcista jefe del Vaticano.

Peter se dio cuenta de que por todas partes patrullaban guardias suizos armados, y también miembros del Cuerpo de la Gendarmería pontificia.

Pero nadie lo detuvo ni le pidió la autorización. En su camino, Peter pasó por delante de la entrada de la Necrópolis, las catacumbas del Vaticano, un gigantesco cementerio subterráneo de la época de los primeros cristianos, que todavía no se había explorado completamente. En aquellas bóvedas frías y oscuras, los primeros cristianos se habían reunido en secreto cuando aún eran una pequeña secta perseguida por el emperador Nerón. Allí se habían excavado miles de tumbas en la roca, y se suponía que en las profundidades de aquel extenso laberinto se encontraba también el sepulcro de san Pedro.

Casi nunca se hacían visitas guiadas por la Necrópolis. Peter solo había estado allí una vez con don Luigi; por lo general, la entrada estaba reservada única y exclusivamente a los arqueólogos acreditados. Por eso le extrañó ver que unos trabajadores de una empresa de ingeniería civil descargaban instrumentos de perforación y herramientas de una camioneta, y luego los llevaban hasta la entrada. En la camioneta ponía el nombre de la empresa, Frater Ingegneria Civile, al lado de un anagrama formado por dos círculos. Un círculo grande con un círculo pequeño en el centro.

Hacía un día cálido, con un aire limpio y suave como casi nunca en Roma. La primavera reinaba en los Jardines Vaticanos, los árboles y las plantas estaban cubiertos de flores. El ruido de la ciudad disminuyó y se fue convirtiendo en un rumor lejano. A Peter, ningún lugar del mundo le parecía más ensimismado que aquel jardín, antiguamente plantado en el corazón del mundo occidental y parte todavía de un centro de poder que abarcaba todo el planeta. Peter vio unos cuantos gatos paseando solos o en pequeños grupos por los jardines. Dentro de las murallas del Vaticano vivían unos ochenta gatos, todos con chip y todos descendientes de Rambo, un gato muy fértil que en el año 2006 había recogido un guardia suizo.

Incluso el Papa se había quedado con uno de los descendientes de Rambo, un ejemplar pelirrojo llamado Vito, al que los funcionarios de la curia habían otorgado socarronamente el título de Cattus apostolicus. Peter se preguntó qué habría sido del gato.

Delante de la Casa del Jardinero lo esperaba una monja joven con hábito gris. Peter conocía de vista a las hermanas que ayudaban a don Luigi en los exorcismos. Sin embargo, nunca había visto a aquella monja.

Resultaba difícil calcular su edad con aquella vestimenta, pero Peter supuso que no pasaría de los treinta y pocos. Le estrechó la mano, suave y firme a la vez, y entonces vio que tenía los ojos verdes y que le salía un mechón de pelo oscuro por debajo de la toca. Un rostro demasiado ancho, lo cual no disminuía su belleza, igual que no lo hacían su nariz, algo prominente, ni un mohín burlón en la comisura de los labios.

—Señor Adam. —La monja lo saludó en un perfecto alemán y sin quitarles los ojos de encima—. Soy la hermana Maria. El padre Gattuso está ocupado, pero puede entrar y esperarlo con un poco de paciencia. Y

también podría soltarme la mano.

—Disculpe —murmuró Peter, que retiró rápidamente la mano y confió en que ella no se hubiera dado cuenta de cómo le había mirado los pechos que, debajo de su hábito gris, no se perfilaban tan vagamente como en otras monjas.

«¡Y bórrate esa sonrisita de la cara, maldita sea!».

La hermana Maria no pareció tomarse a mal su falta de tacto. Le sonreía con naturalidad y lo condujo a la sencilla cocina de la casita. Una mesa

tosca de madera, cuatro sillas de madera sencillas, electrodomésticos del siglo anterior y el suelo de baldosas, que se habían soltado infinidad de veces. A Peter no dejaba de asombrarlo que uno de los representantes más misteriosos de la Iglesia católica viviera con tanta sencillez, casi en la pobreza.

Una madre y su hijo adolescente, ambos vestidos con ropa humilde, estaban sentados a la mesa. Cuando Peter los saludó, le hablaron en dialecto napolitano. Ninguno de los dos parecía avergonzarse de esperar al exorcista.

Para ellos, debía de ser como ir al dentista. Peter se preguntó cuál de los dos sería el «caso». Apostó por el muchacho pálido, que llevaba una sudadera con capucha.

En la habitación contigua se oía un murmullo, que tan pronto aumentaba como disminuía de volumen, y los gruñidos y jadeos de una mujer. Peter había tenido ocasión de observar un par de veces a don Luigi haciendo su trabajo, y conocía el procedimiento. Los rezos, el interrogatorio sobre el nombre, las palabras para expulsarlo y la prohibición de regresar.

Don Luigi no estaba chiflado. A la mayoría de las personas supuestamente poseídas, las enviaba de inmediato al médico o al psiquiatra. Luego, los psiquiatras a menudo le devolvían los casos más graves. Don Luigi distinguía muy bien entre enfermedad y maldición, y sabía que la autoridad del Papa lo respaldaba. El mal era justamente el precio del libre albedrío, y el demonio estaba en todas partes, también en el Vaticano. Un recuento de todos los demonios conocidos en el año 2004 había dado una cifra cercana a los mil setecientos cincuenta millones. De ellos, don Luigi había expulsado a lo largo de su vida a unos cincuenta mil, y ejercía su extraño oficio con la misma objetividad y seriedad que un profesional al impermeabilizar una conducción de agua. Don Luigi era un fontanero del mal.

Peter se sentó en una de las sillas libres y observó a la monja joven mientras ponía sobre la mesa una botella de agua mineral y dos vasos.

—¿A qué Orden pertenece, hermana? —preguntó, más para romper el silencio que por curiosidad.

—Soy de la congregación de las siervas misericordiosas de la bienaventurada Virgen María y dolorosa Madre de Dios —explicó, sonriendo ante la cara de perplejidad de Peter—. Hermana de la caridad.

—Nunca la había visto aquí, hermana.

—He llegado hace poco —explicó la hermana Maria, que sirvió el agua, se sentó enfrente de Peter y lo observó—. Antes estaba en Uganda, y ahora estoy aquí haciendo una especie de… prácticas.

—¿Prácticas con el exorcista jefe del Vaticano? —Peter bebió un trago

—. Si consigue expulsar a todos los demonios de África no quedará gran cosa en el continente negro.

El comentario no le pareció gracioso a la monja, que le dedicó una mirada de desaprobación.

—¿Ha estado alguna vez en África? —le preguntó a su vez sor Maria.

Peter se maldijo porque la hermana había dejado de sonreír. En la habitación contigua se oyó un fuerte sollozo, ruidos guturales ahogados y estertores.

—Le pido perdón, no quería ofenderla.

Ella no contestó, se limitó a seguir escrutándolo con la mirada.

—¿En qué piensa? —dijo Peter, interrumpiendo el silencio.

—Don Luigi le tiene mucho aprecio. Me preguntaba por qué.

Un grito obsceno, estremecedor, en la habitación contigua los sobresaltó.

— Maledetto! Porrrrca Madonna!

Siguió una retahíla de maldiciones blasfemas y, entre medio, la voz sonora y autoritaria de don Luigi, que no cesaba de repetir:

—¡Dime tu nombre! ¿Cómo te llamas? Dime tu nombre.

Peter sabía que se podía atacar al demonio cuando revelaba su nombre.

En cierto modo, así lo tenían bien pillado.

Cinco minutos después, todo había terminado. Una mujer rolliza de unos cuarenta años entró en la cocina. Tenía la cara ligeramente enrojecida, pero estaba bien; los saludó y luego hizo un par de comentarios sobre el tiempo y la anunciada huelga de basureros. Detrás de ella salieron dos diáconos fuertes y dos monjas cartujas, maduras y experimentadas, con sendos rosarios. Los cuatro se lavaron las manos y escribieron mensajes en sus móviles. Don Luigi saludó a Peter con un apretón de manos que casi le destroza la suya, y le presentó a Maria.

—Ya nos conocemos —dijo Peter—. Por cierto, piensa que soy tonto de remate.

Maria enarcó las cejas y don Luigi los miró divertido un momento.

Luego pidió a la madre y al hijo que entraran en la sala de tratamiento y le hizo una señal a Peter para que los acompañara.

—¡Venga usted también, Peter! —exclamó lleno de energía—. A lo mejor el muchacho escupe clavos o levita. Y entonces tendrá que cambiar su visión agnóstica del mundo.

La sala parecía una cocina diminuta. Las paredes con baldosas hasta media altura, un pequeño fregadero, un pequeño altar, tres sillas y una mesita con vasos de plástico para hacer espiritismo. En las paredes, un crucifijo, fotos del padre Pío, de la Madre Teresa y del Papa, y una de don Luigi con Diego Maradona de joven. El centro de la minúscula habitación estaba ocupado por una camilla de masajes viejísima. Don Luigi le pidió al muchacho, que se llamaba Luca, que se tumbara en la camilla. La madre se sentó en una de las sillas y guardó silencio. Los dos diáconos agarraron a Luca por los brazos y lo sujetaron bien. Las dos monjas entradas en años se sentaron sobre sus piernas y don Luigi cogió el recipiente con agua bendita que Maria le alcanzaba. Peter pensó que allí se actuaba de un modo tan rutinario y sin sentimentalismos como en una limpieza bucal. Luca no parecía tener miedo, se lo veía muy tranquilo.

—No te dolerá —lo tranquilizó don Luigi—. ¿Crees en Satanás?

—Sí, padre.

—Eso está bien. Los que no creen en Satanás tampoco creen en el Evangelio —dijo don Luigi y, volviéndose hacia Peter, añadió—: ¿No es verdad?

Peter se encogió de hombros y no contestó. Conocía las provocaciones del padre Gatusso, y desvió la mirada hacia Maria, que se arremangaba detrás de don Luigi y luego le sujetaba la cabeza al muchacho sin fijarse si quiera en Peter.

—El demonio está en todas partes —dijo don Luigi—. Ni siquiera el Papa es intocable.

Peter prestó atención. Don Luigi había hablado en alemán. Maria también lo miró sobresaltada.

—Teóricamente —añadió don Luigi, y se volvió de nuevo hacia el muchacho, que parecía tenerle más miedo a la lengua alemana que al demonio.

Don Luigi lo roció con unas gotas de agua bendita y comenzó el exorcismo con la habitual invocación al arcángel san Miguel, el salmo 68: 67 y el conjuro del papa León XIII contra el espíritu maligno.

—Te exorcizamos, espíritu maligno, poder satánico, ataque del infernal adversario, legión, concentración y secta diabólica, en el nombre y virtud de Nuestro Señor Jesucristo, para que salgas y huyas de la Iglesia de Dios, de las almas creadas a imagen de Dios y redimidas por la preciosa sangre del Divino Cordero. En adelante no oses, perfidísima serpiente, engañar al género humano, perseguir a la Iglesia de Dios, zarandear a los elegidos y cribarlos como el trigo.

Luego, con el pulgar le dibujó al muchacho el signo de la cruz en la frente. Peter vio entonces que el chaval llevaba un pendiente con un motivo gótico en la oreja.

—¡Abandona el satanismo, Luca! —sermoneó don Luigi en voz alta—.

¡Abandona la brujería, los demonios y la cartomancia! —Don Luigi le dio unas palmaditas con agua bendita en la frente—. ¿Cómo te llamas?

El padre acercó el oído a los labios del muchacho. No hubo respuesta.

Entonces volvió a darle unas palmaditas en la frente.

— Goblin hammer —susurró la madre—. Se llama Goblin hammer. De ese juego de ordenador.

Peter no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. La supuesta posesión del muchacho no era más que la fantasía crispada de un granuja adolescente después de abusar de los juegos de rol online.

Luca no sonreía. Aquello no le hacía gracia.

— Goblin hammer! —atronó entonces la voz de don Luigi, que siguió dándole palmaditas con agua bendita en la frente—. En nombre de la Inmaculada Virgen María, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, en nombre del arcángel San Miguel, ¡sal del cuerpo de Luca!

Peter vio que el muchacho estaba empapado en sudor. Don Luigi continuó dándole palmaditas en la frente y conjurando al demonio en nombre de todos los seres sagrados para que saliera del cuerpo de Luca.

Porque de eso se ocupaban los exorcismos, de la posesión del cuerpo, no del alma.

Luca se convulsionó, torció el gesto como si sufriera mucho dolor y contrajo las piernas.

—¡Sal del cuerpo de Luca, Goblin hammer! ¡Sal de él!

Luca profirió unos ruidos guturales, estertóreos, se estremeció de nuevo y comenzó a escupir. Maria, los diáconos y las monjas se las vieron para sujetarlo. Poco a poco, el ambiente en la pequeña habitación se hizo inquietante. A Peter se le ocurrió una idea absurda. ¿Y si el granujilla napolitano se ponía a levitar y a escupir clavos como supuestamente don Luigi había visto en repetidas ocasiones?

Pero Luca no escupió clavos ni levitó sobre la camilla. Solo abrió de repente la boca y habló. Con una voz que no era la suya.

En alemán.

— En la Via della Conciliazione reina el caos. Por todas partes se acercan ambulancias, las calles están llenas de cadáveres y escombros, parecen un campo de batalla. Hace una media hora, una violenta explosión ha sacudido el Vaticano. Según testigos oculares, un rayo de luz deslumbrante ha destruido la cúpula de la basílica de San Pedro. La onda expansiva ha matado a miles de personas y ha arrojado escombros y coches aparcados a centenares de metros de distancia. De momento, no se conocen las causas de este horrible atentado; tampoco se sabe la suerte que han corrido los ciento diecisiete cardenales que estaban reunidos en la Capilla Sixtina con motivo del cónclave. De momento, solo se puede afirmar que el Vaticano, el centro de la Iglesia católica, ya no existe.

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