Apocalipsis
Capítulo XXX
12 de mayo de 2011,
Convento de las Carmelitas,
Via dei Baglioni, Roma
Las carmelitas no hicieron demasiadas preguntas. La presencia de don Luigi pareció hacer innecesaria cualquier aclaración. La abadesa trató al padre con un pronunciado respeto y los condujo a los tres a un sencillo salón. A pesar de las molestias que les causaban a aquellas horas de la noche, les llevaron té y unos panini. Peter se dio cuenta de lo hambriento que estaba. Hambriento y cansado, muerto de cansancio.
—Tendría que dormir un poco, Peter.
—No hay tiempo. ¿Qué ha descubierto sobre los documentos?
—Varias cosas. Primero busqué el significado del símbolo que aparece en el amuleto. Ninguna indicación en ningún sitio. Luego se me ocurrió una idea.
Don Luigi se sacó un libro de bolsillo de la americana y se lo enseñó a Peter, que lo reconoció enseguida.
Mystic Symbols of Man – Origins and Meanings, de Franz Laurenz.
—¡Claro! Maldita sea, ¡por qué no se me habrá ocurrido antes!
—Eso mismo me he preguntado yo también. Laurenz describe el símbolo. Mire, aquí: aparece a partir del siglo XI como símbolo alquimista para el cobre. Pero también representa a Venus y la luz. Sin embargo, lo más interesante es que, por lo visto, el símbolo es mucho más antiguo.
Según Laurenz, ya aparecía como dibujo sobre piedra en la prehistoria.
—¡Cobre, Venus, luz! —repitió desconcertado Peter, que no dejaba de darle vueltas al amuleto en su mano—. Eso no da mucho de sí. ¿Qué resultado ha dado el examen de la muestra del material?
—Desgraciadamente, todavía no he recibido noticias del laboratorio.
Supongo que necesitan más tiempo. Pero he averiguado algunas cosas sobre Thot. Se le consideraba un dios de la inteligencia, y también un dios lunar del cambio eterno y el tiempo. También era un dios del reino de los muertos y anotaba si los fallecidos eran dignos de ser acogidos en el reino del retorno. En la mitología griega, lo equiparaban con Hermes. Con lo cual volveríamos de nuevo a Hermes Trismegisto. Y a Manetho o Manethot, un sacerdote egipcio considerado la personificación de Thot. Confiaba en encontrar una respuesta en los documentos, pero me los robó aquella agente. En los pocos fragmentos que pude traducir, siempre se hablaba de luz.
Don Luigi le enseñó a Peter una nota escrita a mano por él mismo.
—Es el borrador de una primera traducción.
El carácter y la razón, el cual se comprende totalmente a sí mismo, está libre de toda corporalidad, libre de error, invisible a las pasiones de la carne, incluso existiendo en sí mismo: abarcándolo todo y conservándolo todo, del que en cierto modo como rayos son el bien, la verdad, la luz original, el origen de las almas.
Peter suspiró.
—¡Menudo galimatías de tonterías!
—Como ya le he dicho, no he podido descifrar todos los textos. Sin embargo, la palabra «luz» aparece muy a menudo.
Peter no pudo evitar volver a pensar en Loretta. En cómo lo había mirado en sus últimos momentos, despavorida. En las cifras que había garabateado con su propia sangre en el suelo. Pero don Luigi tampoco parecía saber qué podían significar esas cifras.
—306 o 3x6. Muy enigmático. Podría referirse realmente al número 666, el número de la ramera de Babilonia del Apocalipsis de San Juan. Pero entonces cabría preguntarse por qué no escribió directamente tres seises.
Me atrevería a afirmar que se refería al 306. Como número.
—¿Y qué indicaría ese número?
—Bueno, a lo mejor es una contraseña. Si sumamos las cifras del número 306 el resultado es nueve. ¿Le suena de algo, Peter?
—Para nada.
—El nueve era el número y la contraseña secreta de los templarios.
—¡Un momento! —exclamó Peter—. ¿Qué demonios tienen que ver ahora los templarios en todo esto? ¿Me he perdido algo?
Don Luigi levantó el índice.
—Espere. ¿Cuáles fueron las últimas palabras de su colega Loretta?
Peter lo recordaba perfectamente. Incluso podía oír todavía la voz de Loretta.
— Prophetia de summis pontificibus. Y también: «La lista existe». Y
«Apocalipsis».
—¡Exacto! —exclamó triunfal don Luigi—. ¡La lista!
—¿Qué lista, maldita sea?
—La lista de Malaquías. También llamada Prophetia de summis pontificibus, la profecía de Malaquías. ¿Ha oído hablar de ella?
Una pregunta retórica. Evidentemente, Peter había oído hablar de la profecía de Malaquías. De pronto supo que el padre tenía razón.
—Malaquías era un obispo irlandés del siglo XII —explicó—.
Posteriormente fue santificado. Suya es una lista de ciento doce pequeñas profecías sobre los papas, comenzando por Celestino II y hasta el presente.
—Exacto. A lo largo de los siglos, se ha especulado mucho sobre esa lista. El penúltimo Papa de la lista es Juan Pablo III. Sobre él, Malaquías escribió: De manu Mercurii, «De la mano de Mercurio». El significado es enigmático. Según Malaquías, a Juan Pablo III todavía lo sucederá un Papa.
Este último Pontífice será romano y elegirá el nombre de Pedro. Con él, la Iglesia, Roma y el mundo entero se hundirán. Ese es el motivo por el que ningún Papa ha elegido nunca el nombre de Pedro. Se considera un mal presagio.
Don Luigi bebió un trago de té y mordisqueó con ganas un panini. Peter vio que el padre tardaría en acabar y reprimió el impulso de apremiarlo.
—Todo el mundo conoce esa lista —farfulló don Luigi con la boca llena
—. Algunas fuentes la difamaron afirmando que era una falsificación del siglo XVI, aunque las coincidencias entre profecías y papas son asombrosas.
De todos modos, esa lista no es más que la forma abreviada. Por lo visto, existe otra. En el Archivo Secreto di con un indicio de su existencia. Al parecer, Malaquías tuvo siempre visiones que lo atormentaron terriblemente y que él anotó cuidadosamente. Se lo explicó a un buen amigo, el abad cisterciense Bernardo de Claraval.
—¿El Bernardo de Claraval que imagino?
—El mismo. El padre espiritual y organizador de la Orden del Temple, el instigador de la Segunda Cruzada. Bernardo de Claraval estableció los valores morales de los templarios y expandió la Orden gracias a su influencia con el rey de Francia. Ecco, ¡ya tenemos una relación con los templarios! Malaquías, o Máel Máedoc Ua Morgair, que era como se llamaba de verdad, murió repentinamente en la abadía de Claraval, donde se había detenido en su viaje desde Irlanda a Roma. Tiempo después, Bernardo de Claraval escribió la historia de la vida de Malaquías para que pudiera ser santificado. Por lo tanto, tenía que conocer las profecías de su amigo. Incluso certificó sus capacidades visionarias. Sin embargo, Bernardo no menciona la lista para nada. Curioso, ¿verdad?
—¿A qué conclusión ha llegado?
—Es difícil decirlo. Tal vez la profecía completa contenía un peligro para la Iglesia y debía desaparecer. Juntamente con el profeta.
—¿Cree que Bernardo de Claraval asesinó a su amigo Malaquías?
Don Luigi se encogió de hombros.
—Era una época salvaje. En cualquier caso, justo después de la muerte de su amigo, Bernardo de Claraval hizo todo lo posible por fundar la Orden del Temple y convencer al rey francés de la necesidad de una segunda cruzada. ¿Qué buscaban los caballeros templarios de Bernardo en Tierra Santa? ¿Algo relacionado con la verdadera profecía?
Peter pensó en las palabras de Loretta.
—Entonces es probable que Loretta encontrara un indicio de que el original completo de la profecía todavía existe en algún sitio.
—Eso mismo creo yo. No es mucho, pero mi instinto me dice que tenemos una pista.
Peter no se había dado cuenta de que Maria había salido de la habitación mientras él conversaba con el jesuita. La encontró orando en la capilla del
convento. Se mantuvo en silencio durante unos momentos para poder observarla con calma. Parecía tranquila y completamente abstraída. La mujer con la que había forzado la entrada al apartamento del Papa y que apenas hacía una hora había escapado por poco de una muerte terrible. Y
ahora estaba arrodillada allí delante, en el banco, rezando a un Dios en el que Peter ya no creía. Sin embargo, de repente la envidió por la paz que encontraba en la oración.
Maria interrumpió súbitamente el rezo y se volvió hacia él. No espantada, sino tranquila y con un brillo en el rostro que la hacía parecer aún más hermosa.
—No quería molestarte —se disculpó Peter.
—No me molestas.
Ella siguió sentada en el banco y continuó mirándolo fijamente, como si esperara algo de él. Peter se le acercó y se sentó junto a ella.
—¿Ibas a rezar? —preguntó Maria.
Peter meneó la cabeza.
—No creo en los rezos.
—Entonces ¿en qué crees?
La pregunta lo cogió por sorpresa.
—En nada —replicó, y se sintió como un colegial que en un examen da la respuesta más idiota posible.
—Ajá. —Maria se volvió de nuevo hacia el altar—. ¿Y por qué has venido entonces?
—Tengo que ir a Claraval. Don Luigi tiene una pista.
Ella volvió a mirarlo. Seria y escrutadora.
—¿Mataste a esa mujer, Peter?
Peter suspiró.
—No lo sé. De verdad, no lo sé. No tengo ni idea de qué ocurrió durante esas cuatro horas. Pero si quiero demostrar mi inocencia o, al menos, que no estoy loco, tengo que averiguar qué hay detrás de todo esto.
—Te buscan por todas partes.
—Lo sé.
Maria se quedó pensando. Luego, alargó la mano de pronto y le tocó levemente la mejilla. Un contacto casi fugaz, pero a Peter le ardió la piel.
—Me has salvado la vida.
—Tú a mí también.
—Solo no lo conseguirás. Iré contigo.
Peter la miró asombrado.
—No es una buena idea. Aquí estás mucho más segura.
—No —replicó ella—. Cuando ese hombre me ha puesto el cuchillo en el cuello, he comprendido una cosa. Que ese hombre jamás desistirá. Que seguirá buscándome y me matará. Mientras no sepamos qué está ocurriendo, en Roma estoy tan poco segura como tú.
—Maria, yo…
La joven le cortó la palabra, impaciente.
—No te lo estoy pidiendo. Lo quiera o no, estamos juntos en esto. Iré contigo.
Y de nuevo ese brillo de paz y de profunda determinación en su rostro.
Peter sonrió y asintió.
—Ahora —dijo Peter retomando la palabra—, la cuestión es cómo una monja y un hombre al que buscan por asesinato y sospechoso de terrorismo consiguen viajar desde Roma a Claraval.
—Con la ayuda de Dios —dijo ella.
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