Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 20 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XX

11 de mayo de 2011,

Ciudad del Vaticano

Ni el Osservatore Romano, el periódico oficial del Vaticano, ni Radio Vaticano informaron del suceso nocturno. Sin embargo, los rumores bullían por todas partes y se intensificaron hasta el punto de afirmar que supuestos testigos oculares hablaban de un horrible tiroteo con terroristas.

Con todo, el hecho seguía siendo que se habían disparado cuatro balas, ni una más ni una menos, y que ninguno de los dos desconocidos había resultado herido. En cualquier caso, no se había encontrado ningún rastro de sangre.

Nada de eso tranquilizaba a Peter. Había pasado la noche en casa de don Luigi y había logrado dormir un poco en el viejo sofá, mientras el padre estudiaba a fondo los extraños hallazgos. Parecía aún más entusiasmado que Peter con las reliquias de la cavidad y pasó toda la noche descifrando al menos algunos de los escritos. Maria había regresado a su convento.

Cuando Peter entró por la mañana en la cocina, el amuleto, con su brillo azulado mate, estaba sobre la mesa, al lado de pergaminos y rollos de papiro extendidos, y don Luigi ardía de excitación. Llevaba guantes de tela finos para no dañar los valiosos documentos. Una vez sacados a la luz, transmitían el tiempo que acumulaban. Peter casi podía notar en la piel los siglos que habían perdurado.

También se fijó en que el padre había puesto crucifijos a modo de pisapapeles en las esquinas de los documentos, y que tenía una botellita de agua bendita al alcance de la mano.

—No se haga de rogar, don Luigi —dijo mientras el padre lo miraba radiante—. ¿Ha averiguado algo sobre el amuleto?

—Todavía no puedo decir mucho del amuleto —comentó el padre mientras lo sopesaba en la mano como si el peso pudiera revelarle su secreto—. Nunca había visto un material como este. Por eso me he permitido rascar una muestra y la he enviado a un instituto de geoquímica.

En cualquier caso, parece realmente muy antiguo.

—¿Cuánto?

Don Luigi se encogió de hombros.

—Antiquísimo.

—¿Qué significan los dos símbolos?

Don Luigi señaló el símbolo de las líneas entrecruzadas en el anverso.

—De momento, este no me dice nada. Pero este… —Le dio la vuelta al medallón y señaló el jeroglífico—. Es un jeroglífico egipcio. Significa tyet o tet. Es el símbolo egipcio de la eternidad. Aunque el término solo se le acerca vagamente. Los egipcios tenían otra concepción del tiempo. Para ellos, la eternidad era real.

—Entonces es posible que el símbolo de las líneas cruzadas también sea egipcio.

—No creo. Fíjese en esto… Da la impresión de que el jeroglífico se grabara mucho más tarde en el reverso del medallón. El relieve no es tan profundo ni meticuloso. En cambio, el símbolo de las líneas entrecruzadas parece mucho más antiguo. Supongo que crearon el amuleto únicamente por este símbolo.

—Pero tiene que haber alguna relación entre el símbolo y el jeroglífico.

—Eso creo yo también. De todos modos, tendríamos que consultárselo a algún experto. De momento, me he concentrado en los textos. Son una curiosa mezcla de fragmentos. Algunos también parecen muy antiguos.

Entre ellos aparece un fragmento del Manuscrito de Nag Hammadi, con un párrafo del Evangelio apócrifo de Santo Tomás. Aquí hay textos egipcios, tratados de alquimia y una escritura enigmática de una lengua que desconozco totalmente. He rastreado por Internet, pero no he dado con nada parecido. Con todo, el hecho de que los textos fueran escritos sobre papiro

sugiere que están relacionados con la civilización egipcia. Pero no sé de qué época.

Peter se quedó helado cuando don Luigi le enseñó los textos de la escritura desconocida. De repente vio la imagen de Ellen y la de un hombre.

«Kelly. Cerdo miserable».

—¿Qué le ocurre, Peter?

—Nada. Es solo que… Ya había visto esta escritura.

—¿Qué? ¿Dónde?

—Hace un año, en Turkmenistán. Un hombre llamado Edward Kelly me enseñó un manuscrito redactado con unos caracteres parecidos. Pero no puedo afirmarlo con seguridad.

—¿Cómo dio ese hombre con el manuscrito? —lo interrogó con curiosidad el padre.

—Era arqueólogo —respondió parcamente—. Pero eso ahora no importa.

Peter tuvo que obligarse a apartar la mirada de aquel fragmento.

—Maria dijo que uno de los textos estaba escrito en copto.

—¡Sí, exacto! Es cierto. Y la cosa se pone interesante. También he encontrado textos griegos y, por suerte, algunos pergaminos están redactados en latín. Probablemente son del siglo IX.

Don Luigi le pasó los pergaminos en cuestión. Peter vio que se trataba de manuscritos, de una especie de tratado con párrafos precisos y algún que otro título.

—El texto es obra de un monje bizantino llamado Georgios Synkellos.

Se trata de un extracto de la traducción del Libro de Sotis. ¿Ha oído hablar de él?

Peter negó meneando la cabeza.

—El Libro de Sotis es una obra de Manetón, un sacerdote egipcio del siglo III a. C. En él, Manetón describe la vida y obras de un personaje deiforme, Hermes Trismegisto. Un personaje mítico que dio nombre a la hermenéutica.

Peter miró al padre con escepticismo.

—¿Pretende decirme que el Papa escondía escritos hermenéuticos antiguos en su apartamento? El guía de la Iglesia católica, ¿un esotérico?

Don Luigi se encogió de hombros.

—Yo no afirmo nada. De momento, incluso intento reprimirme para no sacar conclusiones. Todavía es pronto. Pero recuerde que la historia de la Iglesia católica está marcada por los místicos, como el Maestro Eckhart, que eran muy cercanos a los hermeneutas.

—¿Qué sabe de ese tal Hermes Trismegisto?

—Hermes Trismegisto es un mito. No existen escritos suyos originales.

En realidad, ni siquiera se sabe si jamás existió. En la época clásica, en ocasiones lo equipararon con el dios egipcio Thot. Desde finales de la Antigüedad hasta principios de la Edad Moderna, Trismegisto fue considerado autor de una serie de escritos filosóficos, astrológicos, sobre magia y alquimia. Al ser equiparado a Thot, sus escritos se consideraron pruebas de una sabiduría antiquísima, que databa como mínimo de la época de Moisés. Según cuentan, el alquimista Nicolas Flamel halló en el siglo XIV la piedra filosofal y la clave de la vida eterna con ayuda de un libro de Trismegisto.

—¡Y grabó el jeroglífico de Tet en el amuleto para certificarlo! —

exclamó Peter con sarcasmo—. Vamos, padre, eso suena a disparate. No me diga que se lo cree.

Don Luigi lo miró severamente.

—Mis creencias, Peter, pertenecen a la Santa Madre Iglesia. La hermenéutica, lo esotérico y el ocultismo son obra de Satanás. Pero para combatir a Satanás, tenemos que entenderlo.

Peter examinó los documentos antiguos. Golpeteó con el dedo el papiro escrito con caracteres desconocidos.

—¿Podría ser un escrito original de Trismegisto?

Don Luigi se encogió de hombros.

—Es posible. Pero también es posible que sea una pura invención. Una broma absurda.

Una sospecha cruzó las reflexiones de Peter y arraigó en su mente.

—¿Cree que es posible que en estos textos se oculte un conocimiento peligroso que la Iglesia quería mantener en secreto a toda costa?

Don Luigi suspiró profundamente. De repente, parecía consternado.

—Ya le he dicho que, de momento, no quiero sacar conclusiones. Pero sí, es una hipótesis posible. Quizás estos textos son puertas para que Satanás entre en nuestro mundo, y la Iglesia hizo bien ocultándolos durante siglos en el lugar más seguro y sagrado. Quizá cargaremos con una gran culpa por haberlos sacado a la luz. Rezo por estar equivocado. Deme un poco de tiempo. Después volveré a ir al Archivo Secreto. Quizás esta noche sepamos algo más.

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