Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 45 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XLV

14 de mayo de 2011,

Île de Cuivre, Mediterráneo

Al anochecer, fueron en taxi al aeropuerto de Montpellier. En la misma puerta por donde había desaparecido el Mercedes, los esperaba un hombre con gorra de béisbol. Peter calculó que tendría unos treinta y cinco años.

«Un tío entrenado que sabe defenderse».

Peter le pidió al taxista que esperara. El tío de la gorra se acercó.

—¿ Monsieur Adam?

—Sí. ¿Es usted Noah?

El hombre de la gorra sonrió ampliamente y le tendió la mano.

—Sí, soy yo, el que tiene que llevarlo.

A Maria la saludó besándole la mano.

—Creía que se trataba de una sola persona.

—Así es. Volaré yo solo con usted. La señora… —Peter se aturulló.

«Mierda, ¡ni siquiera sabes cómo se apellida!».

—Krüger —dijo Maria sonriendo.

«¿¿¿Krüger??? ¡Jamás de la vida!».

—La señora Krüger me esperará.

Noah, el piloto, observó a Maria con interés.

—Puede venir con nosotros si quiere.

—Gracias, pero me da miedo volar.

Noah se encogió de hombros, compasivo.

— Eh, bien. Entonces, ya podemos irnos, ¿no? Está todo a punto.

Sacó un pequeño beeper del bolsillo y apretó un botón. La gran puerta corredera se abrió de inmediato.

Peter respiró hondo y se volvió hacia Maria. Un viento suave pulsaba las palmeras que crecían delante de la puerta, y Peter pensó en los peligros que entrañaba la inminente misión. Pero estaba delante de la mujer a la que había besado unas horas antes, las palmeras susurraban y olía a hibiscos, a primavera y a promesa. No era un buen momento para despedirse.

—Ten cuidado, Peter Adam —dijo Maria, y antes de que él pudiera replicar algo, le dio un beso. Suave y fugaz como la lluvia en verano—.

Que Dios te proteja.

«Dios. Siempre Dios. ¿No podría ser alguna vez sin Él, para variar?».

Con mucha prisa y sin esperar respuesta, Maria volvió a subir al taxi y cerró la puerta. Peter luchó contra el impulso de llamarla. Le habría gustado suspender la acción inminente. Pero el taxi ya había dado la vuelta y se alejaba en dirección a la ciudad. La última oportunidad de cancelarlo todo había pasado de largo.

—¿Cuántos saltos ha efectuado hasta ahora? —preguntó Noah.

—Más de doscientos.

Noah lo miró impresionado.

—¿Civiles o militares?

—Pongámonos en marcha y dejémonos de charlas —replicó Peter secamente, y cruzó la puerta hacia las pistas del aeropuerto.

No vio el Mercedes abollado por ningún sitio. A aquellas alturas, tampoco le interesaba. Noah lo condujo a un hangar pintado de color azul y le dio un paracaídas plegado. Una mochila plana con un arnés resistente.

—Un dirigible —dijo Noah—. Buena maniobrabilidad.

Peter comprobó si la etiqueta de identificación del paracaídas estaba en regla.

—¿Quién lo ha plegado?

—Yo —dijo Noah—. Esta tarde. He plegado cientos de paracaídas.

Civiles y militares.

Peter pasó por alto la indirecta, se puso el paracaídas y siguió a Noah hasta el pequeño helicóptero que estaba aparcado delante del hangar. Un tres plazas con cabina abierta.

Noah no hizo más preguntas. Y Peter también evitó indagar qué conexiones reservadas lo unían con don Luigi. Confiaba plenamente en la

palabra del padre; así pues, se abrochó el cinturón y se concentró en el salto inminente.

— Generator on. Rotor brake off. —Noah repasó toda la lista de control.

Las hélices entonaron su melodía. Después de recibir autorización para «dar una vuelta», Noah voló a ras de suelo hacia el take-off-point y luego se elevó con suavidad en el cielo nocturno.

Al cabo de unos pocos minutos, habían dejado atrás las luces de Montpellier y sobrevolaban el Mediterráneo en la negrura más oscura. Solo percibían el centelleo de las luces de posición de alguna que otra barca de pesca o de alguna boya.

Noah seguía un rumbo indeterminado, sin dejar de elevarse. En las alturas, poco a poco comenzó a hacer frío. Peter se contuvo para no preguntarle si conocía la posición exacta del islote con la fortaleza. Diez minutos después, ya habían alcanzado una altura de cinco mil pies. Noah miró abajo, trazó una curva en el cielo y se mantuvo estático sobre un lugar concreto.

—¡Ya hemos llegado! —lo oyó gritar Peter a través de los auriculares de sus cascos.

Noah señaló hacia abajo, donde una lucecita apenas visible destellaba en la oscuridad. No se distinguía nada más.

—¿Es eso de ahí? —preguntó Peter a gritos por el micrófono de sus cascos.

—La reconocerá cuando descienda. Mucha suerte.

Peter notó la familiar subida de adrenalina previa al salto, que inundó bullendo su cuerpo por un momento y que le garantizaba que después de saltar pensaría y actuaría con la cabeza clara. Comprobó una vez más el arnés del paracaídas, se desabrochó el cinturón y puso los pies en el estribo del helicóptero. Entonces distinguió vagamente la silueta de la fortaleza.

Y saltó.

Extendió inmediatamente los brazos y las manos para estabilizar la caída. Se precipitó en caída libre a cincuenta metros por segundo. Una breve ojeada al altímetro.

«Espera».

Caía. Casi quinientos metros en diez segundos.

«Espera».

Siguió cayendo, y entonces agarró la anilla de apertura.

«Espera».

Setecientos metros. Seiscientos. Quinientos.

«¡Ahora!».

Peter tiró con fuerza de la anilla amarilla. Frenó con una sacudida justo en el momento en que el pilotillo extractor salía del contenedor por la acción de un resorte, se inflaba con la corriente de aire y expulsaba completamente la campana principal. Otra sacudida y Peter comenzó a planear hacia el suelo a cinco metros por segundo. Sujetó las dos cuerdas de mando y trazó una curva a la derecha rodeando la fortaleza, que ya podía ver claramente debajo. El viento se había intensificado y lo arrastraba a mar abierto.

Doscientos metros de altura. Demasiados para un vuelo de aproximación directo.

Peter alineó el paracaídas en el viento y se arriesgó a efectuar otra vuelta en círculo. La fortaleza oval le quedó entonces a la izquierda. No vio a nadie, ningún síntoma de que se hubieran percatado de su presencia. Peter distinguió el camino de ronda de la muralla, que estaba flanqueado por dos muretes. Allí tenía que tomar tierra. Pero, para aterrizar en uno de los dos segmentos longitudinales de la pared, tendría que hacerlo con el viento en contra, y en aquel momento no era favorable. Por lo tanto, tenía que arriesgarse a un vuelo de aproximación lateral.

Cien metros.

Peter alineó de nuevo el paracaídas y voló desde el mar hacia la fortaleza. Solo disponía de un intento. Si el viento soplaba más fuerte o cambiaba de dirección, chocaría contra los muros o se precipitaría al mar.

Sin embargo, Peter no pensó en eso en aquel momento. Se concentró en el aterrizaje inminente y vio acercarse a toda velocidad la muralla de la fortaleza.

¡Demasiado rápido!

Poco antes de alcanzar la fortaleza, Peter tiró con fuerza de las cuerdas para frenar la caída. La muralla estaba justo debajo de él. Entonces chocó.

Con más brusquedad de la que esperaba. Peter cayó de rodillas y rodó a un lado. Le vino de un pelo no estrellarse contra el pequeño antepecho de la muralla. Tendido en el pasaje que recorría la fortaleza, sacó fuerzas de flaqueza de inmediato, puesto que el peligro aún no había pasado. El paracaídas se precipitaba sobre él y giraba amenazadoramente en el viento.

Peter se levantó de un salto y recogió a toda prisa las cuerdas. Tan bien como le permitía el estrecho pasaje defensivo, rodeó el paracaídas y lo apretó para que no se inflara con el viento y lo arrastrara con él.

Cuando acabó, se quitó el arnés y recogió el resto del paracaídas.

Entonces se agazapó contra el antepecho y recobró el aliento.

Debajo de él, las olas retumbaban en la oscuridad como si quisieran anunciar su acometida. Peter intentó controlar la respiración y aguzó el oído para escuchar posibles ruidos procedentes de la fortaleza. Sin embargo, salvo una especie de canto monótono extraño que procedía de las profundidades del edificio, no oyó nada. Ni pasos, ni gritos ni ninguna señal de que lo hubieran descubierto.

Peter ignoró el ligero dolor de cabeza, concentrado en la parte frontal izquierda, que desde el aterrizaje le murmuraba percutiendo como un fanal que señalara una advertencia clara. Escondió el paracaídas plegado en uno de los nichos del muro y se orientó. Las ilustraciones históricas parecían correctas. Al otro lado distinguió una escalera que bajaba al edificio.

Entonces se asomó con cuidado al antepecho para ver el patio interior de la fortaleza. No se veía a nadie. Bajó sin hacer ruido a la primera planta de la fortificación, donde pudo oír con más claridad el canto monótono. Siguió el extraño cántico a través de corredores poco iluminados, en los que se alineaban puertas de celdas. Todo el edificio parecía una cárcel. Con el dolor de cabeza, volvieron a asaltarlo las imágenes confusas de su déjà-vu.

«Sabes adónde tienes que ir. Tú ya has estado aquí».

Peter vio una silueta con hábito de monje al final del corredor, se escondió debajo del dintel de una de las puertas y esperó conteniendo el aliento. La silueta no lo había descubierto y desapareció en una de las celdas.

«No es una prisión, ¡es un monasterio!».

Peter supuso que se toparía con más monjes en cualquier momento.

Pero no apareció nadie, ni en el primer piso ni en la planta baja. Luego fue a parar delante de un pequeño patio interior. El cántico se oía claramente y salía de una puerta abierta situada enfrente, mezclado con el murmullo de varias voces. Olía a desinfectante. El dolor de cabeza se agudizó mientras Peter cruzaba el estrecho patio oval de la fortaleza y se colaba por la puerta abierta. Detrás había un pasillo estrecho y oscuro, que desembocaba en una especie de sala. De allí procedían las voces, y de allí llegaba al pasillo el trémulo resplandor de una luz tenue.

«¿Cómo es que sabes qué hay ahí dentro?».

En los grabados históricos no aparecía dibujada ninguna sala, y eso lo inquietó. Tan silenciosamente como pudo, se deslizó por el pasillo hacia el resplandor.

Lo que vio, lo dejó helado.

La sala, de planta octogonal, tenía las dimensiones de una cripta. Una arcada estrecha la circundaba. Peter contó catorce monjes, que estaban de pie alrededor de una mesa redonda de piedra. Vestían togas blancas con capucha y un símbolo dorado en la espalda.

El símbolo de líneas entrecruzadas del amuleto. No cabía ninguna duda, Peter lo reconoció perfectamente. Un impulso triunfal lo estremeció.

«Estás en el lugar indicado».

Aquellos monjes murmuraban el canto monótono incomprensible que había guiado a Peter. En la estancia no había más luz que la de las antorchas fijadas en las columnas. Cuando los monjes se cogieron de la mano y agacharon la cabeza en una especie de ritual de súplica, Peter aprovechó para entrar sin hacer ruido en la sala y ocultarse detrás de una de las ocho columnas. Desde allí observó el ritual que celebraban alrededor de la mesa de piedra. Uno de los monjes, una especie de recitador, estaba un poco más cerca de la mesa de piedra maciza y daba la impresión de que esperaba algo.

Peter se inclinó un poco hacia delante para ver mejor la mesa. Había algo grabado en ella. A la luz de las antorchas, Peter distinguió dos anillos concéntricos que formaban un ribete con caracteres y números extraños. En el círculo interior se abrían dos estrellas de cinco puntas.

Peter había visto algo similar en uno de los libros que don Luigi tenía en casa, cuando el padre le explicó la historia del ocultismo.

«¡Un Sigillum Dei!».

El «sello de Dios». Un diagrama mágico de la Alta Edad Media, que supuestamente confería poder al maestre sobre todas las criaturas, ya que con aquel amuleto se invocaba el nombre de Dios y los arcángeles.

La elaboración de un Sigillum Dei debía seguir unas instrucciones precisas y complejas. Setenta y dos letras latinas en el ribete cifraban el schem hamephorasch, el nombre impronunciable de Dios, el magnum nomen domini demenphoras septuaginta duo licterarum. Dentro del círculo que encerraba el ribete tenía que haber una estrella de cinco puntas, alrededor de la cual se escribían los nombres de los arcángeles: Cassiel, Zadquiel, Rafael, Miguel, Anael, Gabriel, Samuel. También se anotaban los cinco nombres de Dios: Eli, Eloy, Cristo, Yotzer, Adonai. Alrededor del pentágono se dibujaba un primer heptágono, cuyo lado superior descansaba por el centro sobre el extremo de la estrella de cinco puntas. Alrededor del primer heptágono, un segundo y un tercero, que daban como resultado más segmentos en los que se inscribían cruces y nombres de Dios. Don Luigi le había explicado que en todos los ritos ocultistas se utilizaban distintas variaciones del Sigillum Dei.

Peter se inclinó un poco más hacia delante y distinguió que el sello no estaba cubierto con letras latinas, sino con caracteres extraños que recordaban la escritura rúnica y las minúsculas carolingias.

Con un leve gesto, el recitador interrumpió bruscamente el murmullo del cántico y comenzó a hablar.

En una lengua que Peter no había oído nunca.

En una lengua que, sin embargo, le resultó terriblemente familiar.

Ol sonuf vaoresaji, gohu Balata elanusaha iad caelazod. Sobrazod-ol Roray i ta nazodapesad Giraa ta maelpereji da hoel-qo qaa notahoa

zodimezod, od comemahe ta nobeloha zodien. Soba tahil ginonupe pereje aladi djem vaurebes obolehe giresam. Casarem ohorela caba Pire da zodonurenusagi cab, erem lodanahe pilahe farezodem zodenurezoda. Adana gono Iadapiel das hometohe soba ipame lu ipamis. Sobolo vepe zodomeda poamal, od bogira aai ta piape Piamoel od Vaoan! Zodacare eca: od zodameranu odo cicale hoathahe Saitan!

« Yo reino sobre vosotros, ángeles, con el poder que me confiere el sello.

Yo sostengo el Sol como una espada fulgurante y la Luna como un fuego que todo lo penetra, que os une como perlas ensartadas en las palmas de mis manos. Seguid la ley de la luz y del conocimiento supremo. Juradnos vuestra estima, a mí y a la luz, cuyo principio no existe y cuyo final jamás existirá. Porque mi llama brilla en vuestros palacios y rige el equilibrio de la vida. Salid, ángeles, ¡desvelad el misterio de la creación! Porque yo soy como vosotros: ¡el verdadero adorador del rey supremo indescriptible de la luz! ».

«… Maldita sea, ¿por qué entiendo lo que está diciendo?».

Cuanto más seguía aquel rito ocultista desde la oscuridad protectora de la arcada, más se desdibujaban los límites entre realidad e ilusión. Aquella escena era tan fantasmagórica como irreal. Un sueño terrible, sin escapatoria ni esperanza.

El recitador enmudeció y se volvió hacia los monjes. Hizo un gesto autoritario, y el círculo se abrió. Por el pasillo que había conducido a Peter a la sala, dos monjes llevaban a un hombre que se encontraba en un estado penoso. Desnudo, sucio y descuidado hasta lo indecible, y con señales de maltrato en todo el cuerpo, totalmente cubierto de cicatrices y heridas abiertas. Lo llevaban tirándolo de un collar de cuero como a un perro. Y así andaba también: a cuatro patas, bramando y gruñendo como un animal maléfico asustado.

Peter se estremeció al ver a aquel hombre demacrado, cuya edad no supo calcular. El recitador les quitó la correa a los monjes y tiró brutalmente de ella para obligarlo a ponerse en pie. Las piernas apenas sostenían al hombre desnudo, que enseñaba los dientes y meneaba la cabeza sin parar.

— Sobame ial! —lo increpó el recitador, y el hombre desnudo se calmó, aunque siguió temblando ligeramente.

«¡Conozco a ese hombre! Maldita sea, ¿de qué lo conozco?».

Obedeciendo una orden, el hombre desnudo echó atrás la cabeza y entró en una especie de trance. Permaneció de pie delante de la mesa, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados.

«¡Lo usan de médium!».

Los monjes reanudaron su cántico monótono. Poco después, el hombre desnudo comenzó a agitarse a un lado y a otro, y luego sufrió convulsiones.

Hasta que, de repente, empezó a hablar. Con una voz que no tenía nada de humana.

— Micama! Zodir Saitan azodien biabe. Zodir Norezodacahisa otahila Gigipahe elonusahiod. Vaunud-el-cahisa ta-pu-ime qo-mos-pelehe telocahe, dasata beregida od torezodul! Ili balazodareji od aala tahilanu-os netaabe.

Micama! Yehusozod caca-com! Od do-o-a-inu noari micaolazoda Vaunigilaji. Ananael Qo-a-an.

« Maestro, ¡tú eres el señor de la luz! Tú eres el equilibrio eterno. Los seres de la Tierra y de la luz inclinan la cabeza ante tu poder. Pero el círculo aún no está cerrado. Maestro, ¡tráenos la piedra! Y mata al que se oculta entre vosotros. ¡Al perdido en la oscuridad! ».

Con esas palabras, el hombre desnudo se desplomó en el suelo y volvió a convertirse en la criatura patética y demente que era cuando lo habían conducido a la sala. Peter notó inmediatamente que el nerviosismo cundía en el círculo de los monjes. Miraban a su alrededor. Lo buscaban. Era hora de esfumarse.

Sin embargo, el monstruo volvió a atacar en ese preciso instante. Había esperado mucho y ahora estaba hambriento. Peter notó que el dolor se inflamaba en su cabeza como un astro al explotar. Luego todo se volvió blanco. Y, antes de precipitarse en la gran oscuridad, vio que al hombre desnudo, que seguía delante de la mesa de piedra con el Sigillum Dei, le faltaba una oreja. Entonces supo de qué conocía a aquel hombre.

Incluso sabía su nombre.

Lo conocía bien.

¡Edward Kelly!

El asesino de Ellen.

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