Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 36 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XXXVI

13 de mayo de 2011,

Questura di Roma, Roma

Los informes que Urs Bühler recibía constantemente lo alarmaban cada vez más. Cerca de Santiago de Compostela, habían descubierto el cadáver, atrozmente mutilado, del cardenal Torres, uno de los favoritos en la elección del nuevo Papa. En Milán habían asesinado a un sacerdote, lo habían triturado literalmente con un machete. La noche anterior había habido un tiroteo en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén. Habían hallado un rastro de sangre, pero ningún cadáver ni ningún herido. Un laboratorio de análisis geoquímicos había denunciado la desaparición de uno de sus doctorandos. La desaparición de ese tal Gianni Manzoni no habría aparecido entre los informes de Bühler si el Instituto Branciforti no hubiera trabajado a menudo para el Vaticano y don Luigi no se hubiera encontrado con el tal Manzoni el día anterior. Ese era el siguiente punto: a don Luigi se lo había tragado la tierra, igual que a Peter Adam. Y el cónclave empezaba al cabo de cinco días. La cosa se ponía fea.

Bühler sabía que fuera de los muros del Vaticano no tenía autorización para investigar, pero la Guardia Suiza y los carabineros siempre habían colaborado hasta entonces. Se mantenían mutuamente al corriente, y ambas partes sacaban provecho de ello. Sin embargo, eso parecía haber acabado.

Tras la huida de Peter Adam del interrogatorio al que lo habían sometido los servicios secretos internacionales, entre los italianos reinaba el máximo nerviosismo. Habían pasado a una actividad desmesurada y, una tras otra, iban desarticulando células islamistas a las que habían estado vigilando laboriosamente durante meses. A Bühler no le extrañaba que ni la

policía ni los servicios de Inteligencia Interior hubieran hallado nada, salvo un par de armas de fuego. Ni una sola pista de Peter Adam. El asunto se desarrollaba dando palos de ciego y había perdido todas las características de una operación secreta bien organizada. Solo era cuestión de tiempo que todos los detalles se publicaran en la prensa. Así pues, quizás incluso era mejor no estar delante, en la línea de fuego.

Bühler no se alegraba de que las arrogantes estrellas de los servicios secretos hubieran quedado en ridículo con la huida de Peter Adams, pero eso lo reafirmaba en su convicción de que aquel hombre era peligroso.

Rabiosamente peligroso. Sin embargo, Bühler no veía a Peter Adam como un verdadero instigador. Tenía que haber alguien detrás. Él interpretaba el asesinato de la periodista norteamericana como un intento desesperado por desenmascararse antes de tiempo.

Lo único que seguía planteándole un enigma eran las cifras que Loretta Hooper había garabateado con su propia sangre en la alfombra de la habitación del hotel. ¿Por qué lo había permitido Peter Adam? ¿Por qué no había huido? Aquel hombre había actuado de un modo tan estúpido como solo podía hacer un italiano.

Por eso, Urs Bühler había regresado al lugar de los hechos para examinar las cifras sangrientas. Para su sorpresa, ya habían arreglado la habitación y una empresa de limpieza especializada en escenas de crimen había eliminado cualquier rastro.

—¿Qué significa toda esta mierda? —increpó poco después al comisario responsable, un milanés paliducho y arrogante, a quien la ira de Bühler le resbalaba tanto como una gota de agua en una hoja de loto.

—El levantamiento de evidencias ha concluido, coronel Bühler. Le agradecemos la colaboración colegial.

Bühler no le creyó una palabra.

—¿Han descubierto algo sobre las cifras escritas con sangre?

—No le entiendo, coronel Bühler. ¿Qué cifras?

—¡Lo sabe perfectamente!

—No había ninguna cifra, coronel Bühler. Solo había sangre.

Bühler miró fijamente al comisario, que le sostuvo imperturbable la mirada con sus ojos acuosos.

—¡Repítalo!

—No había ninguna cifra. Se habrá confundido.

—¡Enséñeme las fotos del lugar del crimen!

El comisario enarcó crispado las cejas, pero se dignó mostrarle a Bühler las fotografías del levantamiento de evidencias. Efectivamente, en ninguna de las imágenes se veía una combinación de cifras sangrientas.

—¡Vi los números con mis propios ojos! —masculló Bühler, y tiró las fotos sobre la mesa—. Las fotografías han sido manipuladas.

—Creo que nuestra conversación ha terminado, coronel Bühler.

La mano de Bühler salió disparada hacia delante, agarró al comisario por el cuello de la camisa y casi lo arrastró por encima del escritorio.

—Ahora escúchame bien, espagueti. No sé qué mierda estáis eliminando, pero dentro de cinco días se elegirá a un nuevo Papa y yo soy el responsable de la seguridad de todos los cardenales. Por ahí fuera anda suelto un capullo que presumiblemente quiere hacer saltar por los aires el Vaticano. Y yo voy a impedirlo. Con vosotros o sin vosotros, ¡pandilla de niñatos fracasados!

Cuando regresó al Vaticano, todavía con la mosca detrás de la oreja y lanzando improperios contra todos los italianos, se cruzó con una pick-up con el logotipo de una empresa de ingeniería de caminos, que en los últimos días ya le había llamado la atención unas cuantas veces. De repente, por algún motivo indeterminado, aquel vehículo lo inquietó. Bühler pensó un momento si no debería detenerla, pero la pick-up ya se estaba incorporando al tráfico de Roma. De todos modos, tiempo suficiente para que Bühler memorizara el nombre y el logo en forma de círculo de la empresa, así como el número de matrícula del vehículo.

Bühler había aprendido cuándo debía reaccionar a las señales de alarma de su cuerpo o de su mente. A saber, siempre y enseguida. En sus años en la legión, esa capacidad para procesar simultáneamente diversas impresiones y reaccionar a señales del subconsciente le había salvado la vida en más de una ocasión. Recordó haber visto la pick-up en los últimos días en la entrada de la Necrópolis, el vasto laberinto de catacumbas, todavía no explorado por completo, que se extendía por debajo del Vaticano y donde los arqueólogos suponían que se hallaba la verdadera tumba de san Pedro.

De vuelta a la central de la Guardia Suiza, Bühler ordenó que le mostraran de inmediato las grabaciones de los últimos días registradas por la cámara de seguridad situada delante de la Necrópolis.

—¿Qué busca, mi coronel? —preguntó el guardia que se ocupaba de los monitores.

Bühler no reaccionó, no dejaba de observar la pantalla en la que las cintas de vídeo pasaban a cámara rápida.

—¡Alto! —bramó de repente—. ¡Atrás!

El código de tiempo marcaba 11.05.2011 – 10.24. En el monitor se veía cómo la pick-up se detenía en la entrada a la Necrópolis. De ella bajaban tres trabajadores vestidos con monos azules y descargaban herramientas de la plataforma del vehículo.

—¡Haga un zoom! —ordenó Bühler—. ¿Qué están descargando?

—Parece… Diría que herramientas de perforación, mi coronel.

—¿Y eso que tanto le cuesta bajar al calvo?

—Ni idea. Nunca había visto nada parecido.

—Imprima la imagen y averigüe qué es. También quiero una lista con los horarios de cuándo ha estado aquí esa gente. —Bühler se dirigió entonces a otro guardia—: Favre, ¿qué está haciendo? Da igual, déjelo.

Investigue la matrícula de la pick-up y, sobre todo, la empresa. Dirección, alta en el registro mercantil, informes de crédito, todo. Steiner, reúna un equipo de cinco hombres. Armamento ligero. Llévense a uno de los perros y registren la Necrópolis en busca de trabajos que llamen la atención.

Informe dentro de una hora en mi despacho.

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