Apocalipsis
Capítulo LXXVI
17 de mayo de 2011,
aeropuerto de Frankfurt
—¿Cómo te llamas de verdad? —preguntó Peter mientras corrían hacia un coche que se les acercaba a toda velocidad haciéndoles luces y superando claramente los treinta kilómetros por hora permitidos en las pistas.
—Rahel Zeevi, mayor Rahel Zeevi —contestó la mujer a la que Peter había conocido como Alessia Bertoni.
—Casi la había tomado por miembro de la CIA.
—Es fácil equivocarse.
El coche frenó haciendo rechinar las ruedas. Peter metió a Maria, que llevaba el maletín de Bahadur, en los asientos de atrás y se sentó a su lado.
Rahel Zeevi saltó al asiento del acompañante y el coche salió disparado para cruzar de nuevo las pistas, pero esta vez cumpliendo los límites de velocidad establecidos en el aeropuerto.
—¿Qué demonios pasa aquí? —gritó Maria.
Rahel Zeevi se volvió hacia ella.
—Franz Laurenz mantuvo ayer una conversación con Chaim Kaplan, el gran rabino de Jerusalén, que informó de inmediato al Primer Ministro.
Cuando nos enteramos de cuánto había cambiado la situación de amenaza, reaccionamos enseguida.
—¿Es eso una especie de disculpa por haber estado a punto de ahogarme? —preguntó Peter.
—No —replicó fríamente la israelí—. Lo considerábamos una amenaza y le tratamos como tal. Alégrese de que haya venido a rescatarlos a tiempo.
Peter renegó y trató de calmarse. El picor ya se le extendía por todo el cuerpo. También le volvieron las náuseas.
«¿Qué ha pasado? ¿Qué ha salido mal?».
Pero esa no era la pregunta correcta. Había una pregunta mucho más importante. ¿Por qué no explotaba una bomba guardada en un maletín contra el que habían disparado dos veces?
—¡Pare!
—Si quieren salir de aquí antes de que la policía alemana los coja, tenemos que darnos prisa.
—¡QUE PARE, MALDITA SEA!
Rahel Zeevi le dio una breve orden al conductor y el coche se detuvo junto a una escalera de pasajeros.
Peter se volvió hacia Maria.
—Dame el maletín, por favor.
Ella se negó meneando con vehemencia la cabeza.
—Por favor, Maria, ¡es importante!
Con suavidad, pero también con energía, le quitó el maletín metálico, que tenía un cierre de combinación numérica.
«Claro. Mierda».
—¡Deme su arma, Rahel! Vamos, ¡a qué espera!
La israelí observaba con desconfianza el maletín.
—¿Qué hay dentro?
—¡No, Peter! —murmuró Maria.
—Venga, Rahel, ¡démela!
No muy convencida, la agente del Mossad le dio su Walthers.
—¡Pero dese prisa!
Peter bajó del coche y miró alrededor. Aún no se veía a ningún policía, pero eso cambiaría pronto. Ninguno de los conductores de autobús ni de los trabajadores del personal de tierra que pasaban junto a ellos pareció fijarse en el Mercedes aparcado entre las escaleras de pasajeros estacionadas. Peter puso el maletín en el suelo y apuntó al cierre. El maletín pegó un bote cuando el disparo destrozó la cerradura. La tapa saltó. Siete pequeños óvalos del tamaño de cartuchos de tinta para estilográfica aparecían
rebajados en el material gris. Siete óvalos para siete bombas de mercurio rojo. Pero estaban vacíos.
—Mierda, maldita sea —gimió Peter.
Oyó sirenas de la policía a lo lejos.
—¡Suba! —lo urgió Rahel Zeevi—. Tenemos que irnos antes de que las relaciones germano-israelíes se vayan al carajo.
En el área militar del aeropuerto los esperaba un Lockheed C-130
Hercules de cuatro turbohélices del Ejército del Aire israelí. Tan pronto como Peter, Maria y Rahel Zeevi se abrocharon el cinturón en los duros asientos laterales, el piloto puso en marcha los motores. A Peter le dio la impresión de que la fornida máquina se arrastraba con una lentitud apática y atormentadora por la pista de rodaje hacia el punto de despegue. Peter no respiró tranquilo hasta que despegaron.
«¡A lo mejor aún no es demasiado tarde! Dios mío, si existes, ayúdame a que no sea demasiado tarde».
Durante todo el vuelo, Peter luchó desesperadamente contra el picor, el mareo y las náuseas. Maria pidió un botiquín y le puso una inyección.
—¿Qué es?
—Cortisona. Te ayudará, de momento. Pero necesitas un médico urgentemente.
Peter le sonrió y negó con la cabeza.
—Yo te necesito a ti, Maria —le susurró con voz ronca—. Solo a ti.
Al cabo de tres horas interminables, aterrizaron en Roma. Un coche de la embajada de Israel los sacó del aeropuerto sin pasar por los controles y los trasladó a la ciudad. Cuando llegaron a la puerta de Santa Ana, en la muralla del Vaticano, Rahel Zeevi se apeó y fue a hablar con uno de los guardias suizos. Poco después apareció Urs Bühler. Peter le cogió la mano a Maria y se tensó. Pero el coronel solo le dedicó una mirada dura y los dejó pasar sin hacer ningún comentario.
De camino a la casita del jardinero, Peter vio guardias suizos y hombres de la Gendarmería Pontificia patrullando armados por todas partes. La zona que rodeaba la residencia de Santa Marta, donde los cardenales con derecho a voto se alojarían a partir del día siguiente, estaba acordonada. Sin sufrir contratiempos ni pasar más controles, llegaron a la casita del jardinero. En
medio de todas aquellas medidas de seguridad, el edificio parecía un cuerpo grotesco extraño en medio de un idilio que tocaba a su fin.
—¡Ya han llegado! —exclamó don Luigi, que los esperaba en la puerta y abrazó con cariño a Peter y a Maria—. ¡Gracias a Dios que estáis vivos!
—Pero, por desgracia, no traemos buenas noticias —dijo Peter.
—Ya hablaremos luego con calma. Ahora, ¡pasad!
Un gato pelirrojo los saludó ronroneando de buen humor.
—¡ Vito! —exclamó contenta Maria. Cogió al gato, que se resistió debidamente, lo estrechó contra su pecho y le hundió la nariz en el pelo—.
¡Mi querido, viejo y gordo Vito!
Por primera vez en mucho tiempo, Peter volvió a oírla reír. Mientras don Luigi acompañaba a Maria a la salita de estar, amueblada con piezas deslucidas de los años setenta, Peter fue al lavabo. Al orinar vio que la orina tenía color de sangre. Oyó la risa de Maria en la sala de estar.
«Cómo ríes, Maria. ¡No dejes de reír nunca!».
Lo estaban esperando. Cuando Peter entró en la salita, Maria se abrazaba a una pareja entrada en años. Sophia Eichner llevaba el pelo suelto, algo que antes nunca hacía. Franz Laurenz llevaba un traje negro y una camisa clara, con el botón del cuello desabrochado, en vez de la sotana blanca de pontífice. Ya no parecía en absoluto el hombre más poderoso de la Iglesia católica, sino un político jubilado, que acababa de regresar de las primeras vacaciones que hacía en años.
Maria se separó de Franz Laurenz y carraspeó.
—Peter —dijo—. Te presento a mis padres.
OceanofPDF.com