Apocalipsis
Capítulo XXXIX
13 de mayo de 2011,
Aviñón
—¡No quiero líos!
La propietaria de la pequeña pensión en la Rue de la Bancasse miraba con desconfianza a la extraña pareja sin equipaje que tenía delante y que había pedido dos habitaciones individuales para una noche. Un alemán y una monja.
—No se preocupe, madame —dijo Maria—. Si eso la tranquiliza, puede llamar por teléfono a mi Orden.
Eso pareció tranquilizarla. Examinó los dos documentos de identidad a fondo, y más a fondo todavía, les entregó las llaves de las dos habitaciones dedicándoles una mirada inquisitorial y les anunció que vigilaría que todo estuviera en orden.
—Dentro de unas horas tenemos que estar en el aeropuerto —dijo Maria cuando, un cuarto de hora después, entraron en su habitación.
—Quizá sea suficiente.
Peter extendió la inscripción del cuadrado Sator sobre la cama de Maria.
En la cartuja, no habían descubierto más símbolos templarios que el relieve de Baphomet, el cuadrado Sator y el símbolo de las líneas entrecruzadas.
—Vamos a dar por sentado que estos tres símbolos son pistas de algo que los templarios escondieron en la cartuja o tal vez en el Palacio de los Papas. En tal caso, falta por resolver la cuestión de cómo hay que interpretar esas pistas.
Sacó el pergamino de Trismegisto y el amuleto, que guardaba en la chaqueta, los puso encima de la cama con el cuadrado Sator y observó los
objetos como si pudieran revelarle por sí mismos su secreto.
«¡Hablad conmigo! ¿Qué ocultáis?».
Intentó traducir el manuscrito de Trismegisto con ayuda de Maria. Pero no ganaron nada con eso, puesto que el texto se explayaba en retorcidas alusiones sobre la divinidad de la luz.
—A lo mejor es más sencillo de lo que imaginamos —opinó Maria—.
El templete era muy evidente. Y el mejor escondite siempre es el que está a la vista.
—¿A qué te refieres?
—El templo y la cabeza de Baphomet, por ejemplo. Son pistas claras sobre los templarios. Tal vez no sean más que una exhortación: eh, mirad, aquí está la clave.
—De acuerdo. Supongamos que tienes razón. Entonces, ¿qué serían el cuadrado Sator y el símbolo antiguo del cobre?
—Bueno, dos llaves distintas que hay que meter en la misma cerradura.
Peter seguía sin apartar la vista del cuadrado Sator y el amuleto.
«Dos llaves».
Por un momento, volvió a tener un déjà-vu. La situación de estar sentado, sin saber qué hacer, encima de una cama en la habitación de una pequeña pensión le pareció de repente tan familiar como un viejo recuerdo desagradable, y se mezcló con retazos de sus pesadillas. Imágenes oscuras de las ruinas de una ciudad en el desierto. Edward Kelly. El rostro de Ellen junto al suyo en su última noche. Alessia Bertoni, que tanto se le parecía.
La sensación de ahogarse. El pánico de sufrir la pérdida irreparable de lo que se ama.
«Edward Kelly. Dos llaves… dos llaves».
—¿Peter? ¿Te encuentras bien?
El periodista levantó malhumorado la mano para hacerla callar.
«Dos llaves, una cerradura. Edward Kelly».
Peter miraba fijamente el cuadrado Sator y el amuleto.
«Dos llaves, una cerradura».
De tanto mirar, el eje visual de sus ojos se desplazó y la imagen del cuadrado Sator se solapó con la del amuleto.
«Edward Kelly, ¡maldito estafador asesino!».
—Mierda, ¡creo que ya lo tengo!
Peter cogió la hoja con el cuadrado Sator y dibujó encima. Cuando le pasó la hoja a Maria, la joven vio que había encajado a escala el símbolo del cobre en el cuadrado.
—Los cifrados medievales solían ser bastante simples. ¿Y si cada uno de los extremos del símbolo del cobre corresponde a una letra del cuadrado Sator?
Peter escribió una tras otra las letras resultantes: SRAOEEOARS
—¿Y? —preguntó Maria poco convencida.
—Probablemente, esta es la verdadera clave. ¡Quizás un anagrama!
Sobreexcitado, cogió la hoja y salió precipitadamente de la habitación.
Un cuarto de hora más tarde, regresó entusiasmado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Maria.
—La dueña ha tenido la amabilidad de dejarme su ordenador. En Internet hay un montón de generadores de anagramas. He encontrado uno para latín… Partiremos de la base de que la clave fue redactada en latín. Las letras SRAOEEOARS han dado como resultado las frases siguientes, con más o menos sentido:
Area Eo Sors
Area Sero Os
Ara Esse Oro
Ara Sese Oro
Ea Aes Soror
Ea Rosa Sero
Ae Aes Soror
Ae Rosa Sero
Orare Aes Os
Aes Ora Sero
Aes Aro Sero
Ora Aro Esse
Ora Aro Sese
Ora Rosa See
Maria echó una ojeada a la lista y meneó la cabeza.
—Ninguna tiene sentido. ¡Son un puro galimatías!
—¿No hay nada que te llame la atención? —preguntó Peter.
—No, a mí me da la impresión de que están hechas a voleo.
Peter marcó con un círculo una de las frases.
ORARE AES OS
—Orar, bronce, hueso —tradujo Maria—. ¿Y qué?
—¡Es una pista! —dijo triunfalmente Peter—. Sea lo que sea lo que escondieron los templarios, está en el Palacio de los Papas.
Salió a toda prisa de la habitación, sin atender a las preguntas de Maria.
La mujer de la taquilla del Palacio de los Papas los reconoció. Le sorprendieron las prisas de Peter y Maria, y les explicó que el palacio cerraba al cabo de una hora, pero Peter le aseguró que solo querían ver otra vez un detalle de la capilla de San Juan.
Peter echó a correr, tirando de Maria y sin reaccionar a sus protestas. Al llegar a la capilla, lujosamente decorada, se detuvo un momento para orientarse. Luego puso rumbo hacia un altar lateral y señaló una gran escultura que había detrás.
—¡Ahí está! —proclamó—. Esta mañana ya me ha llamado la atención porque nunca había visto una representación parecida. ¿Lo comprendes ahora?
Maria clavó los ojos en la escultura.
—Dios mío, ¡tienes razón! —murmuró—. Orar, bronce, hueso.
Según la plaquita, la curiosa escultura de bronce era del siglo XIV. Una Virgen de bronce rezaba arrodillada sobre las osamentas de los mártires Esteban y Sebastián.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó susurrando Maria.
Peter miró alrededor. A aquellas horas ya no había nadie en la capilla.
Peter supuso que la mujer de la taquilla enviaría a un conserje para pedirles que salieran. No quedaba mucho tiempo.
Se acercó a la escultura y la examinó. Hasta que lanzó un grito ahogado de triunfo.
—¡Mira!
Señaló uno de los huesos de bronce entre las rodillas de la Virgen. Era mucho más grande que los otros y también sobresalía más.
—Es una rendija, ¿lo ves?
—¡Peter! Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?
Sin atender a los reparos asustados de Maria, agarró el extremo que despuntaba del hueso y lo sacudió.
Al principio no ocurrió nada. Peter miró de nuevo a su alrededor y luego volvió a la carga con determinación. La rosca del hueso, que no se había movido en siglos, despertó haciendo un ruido estridente, pero con una suavidad inesperada después de la resistencia inicial. Después de darle un par de vueltas, Peter había desenroscado la parte superior del hueso y lo sostenía en la mano. Paralizada por el espanto ante la sangre fría de Peter, Maria vio un tubo de bronce dentro de la escultura de la Virgen. Y dentro del tubo había un pergamino enrollado.
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