Apocalipsis
Capítulo IV
1 de mayo de 2011,
Ciudad del Vaticano, Palacio Apostólico
Las manos, unidas para la plegaria, que se apoyaban en la madera oscura del reclinatorio, tenían un aspecto cuidado. Sin embargo, no eran unas manos delicadas, al contrario. Eran unas verdaderas garras, manos gruesas y surcadas de arrugas, capaces de sujetar con fuerza. Manos de trabajador. En su juventud, habían realizado trabajos pesados y alguna que otra vez habían golpeado con dureza. Aquellas manos habían boxeado, sudado, sangrado y bendecido. Unas manos que nunca parecían descansar, excepto en la oración. Franz Laurenz tenía un aspecto vigoroso y varonil.
Pero lo que más impresionaba a la gente que lo veía por primera vez eran sus manos. Parecían tener vida propia, aquellas manos acompañaban y reforzaban las palabras del Papa, agarraban, sacudían, recogían argumentos como frutos maduros, apretaban, cortaban a su interlocutor o le permitían volar con una ternura insospechada. Y también podían enfurecerse. Algunos cardenales y jefes de gobierno se habían estremecido cuando esas manos se cerraban repentinamente a causa de la indignación y el índice del Papa apuntaba a su interlocutor como si fuera la espada del arcángel san Miguel.
Algunas personas del entorno del Sumo Pontífice hablaban de su apretón de manos, que habría podido romperle la pezuña a un caballo, de sus palmadas joviales en el hombro, que casi te derribaban. Los viejos amigos hablaban de los abrazos cariñosos, que casi te dejaban sin aire. El encargado de los Jardines Vaticanos confesó una vez entre risas en Radio Vaticano que el Papa lo había zarandeado porque se le había muerto un rosal y estuvo tres días viendo a la Virgen María.
Sin embargo, pocos sabían lo delicadas que podían ser aquellas manos cuando hojeaban libros o tocaban pergaminos antiguos en el Archivo Secreto Vaticano.
El papa Juan Pablo III era un hombre que necesitaba abrazar el mundo para comprenderlo y organizarlo. Sus manos eran sus antenas para captar los sentimientos de la gente y también eran el secreto de su capacidad de persuasión.
Ahora, esas manos descansaban unidas para la plegaria sobre el reclinatorio de la capilla privada del Papa, en la tercera planta del Palacio Apostólico, y parecían enormes criaturas dormidas.
Sin embargo, el antiguo Papa no dormía. Le rezaba a su Dios pidiéndole desesperadamente perdón. Ya se había cambiado la sotana blanca de pontífice por un simple traje negro y camisa negra con alzacuellos, y parecía un párroco sencillo y campechano. Solo el pesado anillo de oro con el sello papal en la mano derecha revelaba que pocas horas antes todavía era uno de los líderes religiosos del mundo.
—Perdóname, Padre. No era digno de representar Tu reino. Te he decepcionado, y también a todos los que creían en mí. Pero no veo otra elección.
Franz Laurenz tenía un aspecto trasnochado. Había pasado toda la noche rezando.
—Ayúdame, Padre, en estas horas difíciles. Dame fuerzas para hacer lo que debo. El mal llama a la puerta, y no hay nadie para combatirlo.
No había tenido elección; lo había comprendido de inmediato al recibir los informes del Nepal y de Houston. No tenía elección si quería impedir lo que durante todos aquellos años había visto avecinarse y nunca había querido admitir: el Anticristo, la gran ramera Babilonia, la Bestia había aparecido para abrir las puertas del infierno. Y por lo que parecía, algunas ya estaban abiertas.
—Yo tengo la culpa, Señor. He dudado, he vacilado durante demasiado tiempo. No he sido digno de mi cargo. Perdóname, Señor, y dame fuerzas para oponer resistencia al mal.
Laurenz no era un místico, siempre había interpretado la revelación de san Juan como palabras de aliento hacia los primeros cristianos del Imperio
Romano, y no tanto como una visión real. Sin embargo, después de lo que había ocurrido en los doce últimos meses, ahora pensaba diferente. El Anticristo era real. Tenía forma y un nombre. Y su nombre era Seth.
No sabía quién se ocultaba tras el pseudónimo del dios egipcio de la destrucción. Laurenz se había encontrado unas cuantas veces con el hombre, pero Seth siempre llevaba un hábito negro con capucha y se cubría el rostro con un fular de seda negra. Al principio no lo había tomado en serio, precisamente por esa mascarada. Craso error, ahora lo sabía.
La noche anterior, Laurenz había tomado la decisión más dolorosa de su vida. Entre rezo y rezo, había hablado brevemente por teléfono tres veces, y luego había formateado el disco duro de su portátil y lo había destruido. Por un momento se había planteado si no debería huir en secreto, desaparecer simplemente del mundo, sin dejar rastro y para siempre. Eso al menos le habría dado un poco de ventaja. Pero ese no era su estilo ni su plan.
Al salir el sol, Laurenz se había aseado un poco. Había dado de comer al gato y lo había soltado; luego había llamado a Alexander Duncker, su secretario. Poco después, el infierno le caía encima. Duncker había informado de inmediato a Menéndez, y al cabo de media hora ambos estaban con él. El secretario de Estado del Vaticano le había gritado, confuso y airado. Laurenz no podía reprochárselo. Se conocían desde hacía mucho tiempo, de su época en la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Aunque siempre habían discutido rabiosamente sobre cuestiones eclesiásticas, aunque Menéndez se había enfrentado a él en el cónclave y lo había fustigado públicamente tildándolo de «peligro para la Iglesia», Laurenz apreciaba al español por su rectitud. Estando a solas, incluso se tuteaban. Ahora bien, eso no significaba que fueran amigos. Al contrario.
—¡Dame un motivo razonable, maldita sea! —había bramado Menéndez—. ¡Un motivo, maldita sea!
—¡No blasfemes! —lo censuró Laurenz.
—¡No cambies de tema! ¡Quiero un motivo!
—No puedo decírtelo. Es personal.
—¿Estás enfermo?
—No.
—¿Te has vuelto loco? ¿Es eso?
—No, Antonio, estoy en mi sano juicio.
El asceta español profirió una exclamación de disgusto.
—Te rindes. Has comprendido que tus planes reformistas abocan al caos, que no tienes respuestas en estos tiempos llenos de preguntas. Y ahora lo dejas todo para huir de la responsabilidad.
—Comprendo que lo veas así.
—Tú sabes lo que opino de tus planes reformistas, Franz. Son veneno para la Iglesia. Pero nunca te había considerado un cobarde. Hasta hoy.
Laurenz calló, y eso enfureció aún más a Menéndez.
—Es otra sucia táctica de las tuyas —lo increpó Menéndez—. Con tu renuncia, me obligas a renunciar y así te libras mí.
—Ahora podrás ser Papa, Antonio, no lo olvides.
—Sabes muy bien que, en cinco siglos, solo cinco cardenales que han sido secretarios de Estado han llegado a ser papas. Pero no se trata de mí ni de ti, se trata del representante de Cristo en la Tierra.
Por un momento, Laurenz lamentó que él y el español nunca hubieran podido ser amigos, lo cual se debía a que Menéndez pertenecía al Opus Dei, el grupo más poderoso y peligroso dentro de la Iglesia.
—Lo sé tan bien como tú, créeme. Pero no puedo hacer otra cosa.
—¿Y a qué te dedicarás ahora? ¿Serás el cerebro gris en la sombra? ¿Un antipapa?
—¿Hablas en serio, Antonio?
—¡Quiero comprender por qué! ¿Por qué?
Laurenz meneó la cabeza.
—Lo siento, Antonio.
Menéndez se irguió, furioso.
—No le creo, Franz Laurenz. Le conozco.
A Laurenz no le pasó por alto que el secretario de Estado volvía a tratarlo de usted para marcar distancias.
—Usted no es un hombre que se dé por vencido de la noche a la mañana
—prosiguió Menéndez—. Estoy convencido de que tiene un plan y de que ese plan creará un cisma en la Iglesia. Me nombró secretario de Estado y con ello me obligó a guardarle lealtad. Pero eso se acabó. A partir de ahora seré su mayor enemigo. Le observaré. A usted y a los suyos. No le perderé
de vista. Haga lo que haga, lo combatiré. Protegeré a mi Iglesia frente a usted, y que Dios me ayude.
Con esas palabras, el cardenal español salió de la sala sin despedirse.
Un discreto carraspeo arrancó a Laurenz de sus pensamientos. Concluyó la oración y se volvió. Duncker estaba en la puerta de la capilla. Llevaba una sotana negra con faja morada que lo identificaba como prelado de honor de Su Santidad.
—Es la hora, Santo Padre.
Laurenz asintió con un movimiento de cabeza y se levantó.
—Ya no soy Papa, Alexander. Ni siquiera soy obispo. A partir de ahora, bastará con ilustrísima.
—Con su permiso, Santo Padre —replicó Duncker con cierta frialdad
—. Mientras lleve el anillo del Pescador, sigue siendo el Papa, y yo me dirigiré a usted como tal.
Laurenz comprendió que esa era la manera que tenía Duncker de expresar su desaprobación por la renuncia.
A diferencia de Menéndez y de todos los demás que Laurenz había recibido esa mañana, Alexander Duncker no le había preguntado hasta entonces por sus motivos. El religioso, nacido en Turingia, había recibido la noticia con la discreción de siempre, había organizado la conferencia de prensa y había informado al camarlengo de que debía ejercer de máxima autoridad de la Iglesia hasta la elección del nuevo Papa. A sus cuarenta y siete años, Duncker todavía era muy joven para el alto cargo que ocupaba.
El atractivo monseñor, aficionado a los trajes hechos a medida, los restaurantes elegantes y el arte moderno, era considerado un ídolo de las mujeres en Roma, y a la prensa del corazón italiana le gustaba compararlo con George Clooney. Abierto de cara al exterior y muy solicitado en los programas de tertulias, el inteligentísimo analista era en privado un hombre reservado, y en cuestiones de la Iglesia incluso muy conservador. Cuando estudiaba Teología, había querido ingresar en la Orden de la Cartuja, la Orden católica más estricta, en la que regía el voto de silencio. Laurenz, que había sido su director de tesis, lo había llamado a Roma, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la sucesora de la Santa Inquisición, y al cabo de un año lo había nombrado su secretario particular. Apreciaba la manera
discreta y eficiente con que Duncker le quitaba de encima las pesadas tareas diarias de oficina, lo libraba de las peticiones de entrevistas, contestaba correos electrónicos, organizaba reuniones discretas y mantenía contacto con los distintos centros de control de la curia. Y con determinados círculos que dirigían el rumbo del mundo desde el anonimato. Pero Laurenz apreciaba sobre todo que Duncker supiera guardar silencio. Una cualidad sumamente rara en el Vaticano.
—El cardenal camarlengo le espera en la sala de recepciones —dijo Duncker—. Su equipaje ya está en el coche, el chófer espera en el patio. Un coche discreto con matrícula de Roma, como usted dispuso. El monasterio de Montecasino le espera.
—Muy bien. —Laurenz se irguió—. Entonces, tendremos que irnos,
¿no?
Además de la capilla privada, el appartamento, la gran vivienda de cuatrocientos metros cuadrados del Papa, constaba de más de cinco habitaciones y de una sala de recepciones. La decoración era sobria, de calidad y cara. En las paredes, algún que otro Giotto o un Tintoretto de la colección de sus predecesores. Entre medio, fotos de Laurenz, algunos mostrándolo con sus padres y sus dos hermanos en Duisburgo. Por aquel entonces, solo seguía vivo el más joven.
Los aposentos del Papa estaban en la Terza Loggia, en la tercera planta del Palacio Apostólico, al lado de la basílica de San Pedro. En el piso de abajo se encontraban las oficinas y en el de arriba, el ático, la vivienda del secretario del Papa. La azotea del Palacio Apostólico estaba ajardinada, y a Laurenz le gustaba subir allí sobre todo por la tarde a disfrutar de las vistas sobre la Ciudad Eterna.
—Hágame un favor, Alexander, libéreme de su silencio indignado —
dijo Laurenz suspirando.
Duncker se detuvo en seco y cogió aire.
—Seguro que tiene sus motivos, Santo Padre. Tanto para la renuncia como para su silencio. Y yo debo respetarlo.
Laurenz le puso la mano sobre el hombro al secretario.
—También quería darle las gracias por todo, Alexander. ¿Puedo pedirle un último favor? —Laurenz se sacó un pequeño sobre acolchado de un
bolsillo de la americana. En el sobre, escrita con la letra de imprenta clara y como machacada del Papa, aparecía una dirección de fuera de Roma—.
¿Podría entregar esta carta por mí? Personalmente. Y enseguida.
Laurenz le puso la carta a Duncker en la mano como si se tratara de un objeto valioso y frágil. Y se la estrechó un momento.
—Lo mejor será que vaya en el helicóptero.
Duncker echó un vistazo a la dirección y enarcó las cejas.
—Esto va contra las normas.
—Por eso se lo pido por favor.
—¿Puedo preguntar qué contiene el sobre?
En vez de contestar, Laurenz lo miró fijamente. Una mirada dura como una roca. Duncker guardó la carta suspirando.
—¿Desea algo más, Santo Padre?
—No. Eso es todo. Que Dios le bendiga, Alexander.
El cardenal Giovanni Sacchi esperaba al Papa en la sala de recepciones.
Hasta la Edad Media, al camarlengo papal controlaba las finanzas del Pontífice. Ahora, el camarlengo tenía una única función: asumir las tareas del Santo Padre durante la sede vacante. Normalmente, tras la muerte del Papa. Parte de esa tarea consistía en destruir el anillo del Papa fallecido y sellar sus aposentos privados. Hasta la elección de un nuevo Pontífice, ocupaba el máximo cargo de la Iglesia.
Sacchi era un hombre gruñón y callado, que rondaba los ochenta. Había pasado casi toda su vida en el Vaticano, había visto muchas cosas, a veces demasiadas, y por eso hacía pocas preguntas. Que el Papa hubiera muerto o hubiera renunciado no cambiaba en nada su tarea. Cogió en silencio el anillo del Pescador que le entregaban y, también en silencio, lo guardó en un cofrecillo. En unas horas lo destruiría con un martillo de plata delante de los miembros del Colegio Cardenalicio.
Laurenz contempló por última vez la sala que tan familiar se le había hecho en los últimos cinco años. No volvería a ver ni a necesitar nunca nada de todo aquello.
Laurenz miró el reloj. Las doce menos veinte. Era la hora. Había llegado el momento. Se volvió hacia el camarlengo.
—¿Podría dejarme a solas un momento, cardenal camarlengo?
—Por supuesto, ilustrísima —respondió el religioso.
Cuando el cardenal salió de la sala, Laurenz se apresuró a cruzar la puerta que daba a su despacho, y desde allí se dirigió a la biblioteca, donde guardaba los libros más valiosos de sus casi veinte mil volúmenes. Allí, igual que en todas las habitaciones del apartamento, encima de un secreter barroco había un teléfono moderno con una conexión a prueba de escuchas.
Sin embargo, Laurenz reprimió el impulso de hacer una última llamada.
Todo estaba preparado. El resto quedaba en manos de Dios.
Laurenz se detuvo allí unos instantes y se despidió de su biblioteca particular, de su estimado refugio. Respiró una vez más la mezcla familiar de papel antiguo, cuero, suelo encerado y tiempo. Luego abrió la única ventana de la sala, salió por ella y descendió por una escalera de incendios estrecha hasta el sombrío patio interior, confiando en que los empleados del palacio estuvieran demasiado ocupados con los acontecimientos de las últimas horas como para mirar por la ventana. También confiaba en que el gato se las arreglaría.
Dos minutos más tarde, Laurenz se encontraba con un teniente de la Guardia Suiza, que llevaba un traje oscuro en vez del tradicional y colorido uniforme renacentista. En el pequeño patio interior reinaba la quietud, apenas se oía nada, solo el borboteo lejano de una fuente. De algún lado llegaba el olor irresistible a tocino y salsa de tomate recién hecha, la clásica pasta all’amatriciana romana, uno de los platos favoritos de Laurenz. Pero él sabía hasta qué punto eran engañosos aquella calma y el aire cálido de mayo. La noticia de su renuncia había irrumpido como un tsunami en todo el mundo. La plaza de San Pedro estaba llena a rebosar de creyentes y de curiosos aturdidos, los medios de comunicación se acercaban en convoyes formados por unidades móviles, los paparazzi alquilaban helicópteros y poblaban las azoteas situadas en las inmediaciones del Vaticano, la red de telefonía móvil entorno al pequeño Estado estaba colapsada y los jefes de gobierno de los principales países industriales conferenciaban inquietos.
Laurenz se volvió hacia el teniente de la Guardia Suiza.
—¿La tiene?
—Por supuesto, su santidad.
El guardia le alcanzó dos llaves a Laurenz. Una de ellas era grande y antigua, con un llavero identificador de plástico gris donde, escrito a mano, ponía PASSETTO.
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