Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 11 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XI

9 de mayo de 2011,

Ciudad del Vaticano

Había cosas que Urs Bühler realmente odiaba. Por ejemplo, la porquería, la escoria humana que se mezclaba con la basura en las afueras de Roma, Argel, París o incluso en Basilea. Las jeringuillas usadas en los parques, los brazos llenos de pinchazos de yonquis medio muertos de hambre, la desesperación de las putas, el hedor de la miseria, el hedor de la putrefacción, el hedor del caos. La visión de heridas de bala, de señales de estrangulamiento, de puñaladas, de hematomas en cuerpos infantiles y de extremidades mutiladas. El sabor de la sangre. Los gemidos de hombres agonizantes. Matar. Curiosamente, también odiaba las manchas de cal en los grifos. De hecho, había pocas cosas que a Urs Bühler le gustaran. Y

únicamente una persona a la que quería de todo corazón y por la que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Pero por encima de todo odiaba a los italianos. Una aversión que había heredado de sus padres y en la que él había ahondado. Odiaba a los italianos por su autocomplacencia, por su arrogancia, su nula formalidad, su carácter llorón y su paranoia frente al orden. Por cómo se llenaban la boca hablando de su comida y su café. Su cobardía. Su idioma, plagado de subjuntivos y ambigüedades, que empleaba muchas palabras para no decir nada. Bühler odiaba a los italianos por sus gestos afectados y por el orgullo que les despertaba la decadencia de su propia élite. Odiaba a las mujeres italianas porque levantaban el dedo meñique, y a los hombres italianos por sus madres. Había miles de razones.

A sus ojos, los italianos eran peor que los judíos y que los negros. Y los peores de todos eran los de Roma.

No obstante, el Vaticano no era Roma. Asediado por la porquería romana, Urs Bühler tenía la sensación de que el Vaticano era el único lugar del mundo donde todavía reinaba un orden fiable. Y estaba dispuesto a arriesgar su vida para proteger y conservar por todos los medios ese orden sagrado.

Como suizo y católico con formación militar, de joven había cumplido con todos los requisitos para formar parte de la Guardia Suiza, el ejército más antiguo y diminuto del mundo. Sin embargo, en su segundo año de servicio había estado a punto de matar de una paliza a un italiano que había explicado en un café unos cuantos chistes de más sobre los suizos. Bühler dejó entonces el servicio voluntariamente y a los veintiocho años se enroló en la Legión Extranjera. Durante quince años conoció las peores pocilgas del mundo en distintos continentes. Había visto acercarse a la muerte, hacia él y hacia otros, había visto suficiente locura, caos y suciedad como para hundirse. Pero Urs Bühler no se hundió, le gustaba ser legionario, y el 30 de abril de cada año todavía celebraba con algunos camaradas el aniversario de la batalla de Camarón, la fiesta más importante de la Legión Extranjera.

Con todo, había comprendido a tiempo que había llegado la hora de cambiar. Antes de que fuera demasiado tarde.

En aquella época, el Vaticano quería modernizar la seguridad y buscaba gente bien formada y con experiencia que encajara en el perfil de la Guardia Suiza. Bühler se reincorporó con el cargo de teniente coronel y al cabo de cinco años ya había ascendido a coronel y comandaba la Guardia. Fueron cinco años felices durante los cuales la modernizó: gracias a él, el ejército de opereta con bombachos, alabardas, fusiles de avancarga y ballestas se había convertido en una tropa moderna y capaz de intervenir en la protección del Papa. Una tarea nada fácil con unos efectivos de tan solo ciento nueve hombres.

Los guardias continuaban llevando el uniforme renacentista, un poco carnavalesco, con los colores de los Medici y hacían guardia armados con alabarda y espray de pimienta en las puertas del Vaticano, en los corredores de los museos y en el Palacio Apostólico. No obstante, en el cuartel de los suizos ya disponían de una sala operativa con técnicas modernas de vigilancia y comunicación. Bühler había modernizado también el

armamento de los guardias, pero sobre todo había apostado por el buen entrenamiento militar de los jóvenes suizos. De todos modos, la tropa no estaba preparada para afrontar un ataque con armamento pesado; su fuerza solo podía basarse en una defensa móvil dentro del territorio del Vaticano y en proteger al Papa por todos los medios.

Urs Bühler consideraba su servicio en la Guardia Suiza como un servicio a Dios. Para él, la Guardia Suiza no era una pequeña guardia personal opulenta ni una orden monacal, tampoco una asociación uniformada ni una tropa de élite. Para Bühler, era algo del todo anacrónico y, justamente por eso, exitoso: era una confederación.

Ahora, cerca ya de los cincuenta, el fornido suizo seguía teniendo un físico musculado, pero no atlético. Llevaba la cabeza rapada al estilo de los legionarios, y eso lo hacía parecer un poco cogotudo; por lo demás, la expresión de su rostro incluso habría podido calificarse de tierna de no ser por la mirada dura de sus ojos claros.

Bühler no había formado una familia y vivía únicamente por y para la Guardia, casi célibe si se prescindía de las visitas ocasionales a un burdel tailandés que también frecuentaba algún que otro cardenal de la curia.

Incluso había logrado decantar a su favor la eterna rivalidad entre la Guardia Suiza y el Cuerpo de la Gendarmería pontificia, y había conseguido que los gendarmes estuvieran a sus órdenes en caso de emergencia por una agresión en el Vaticano.

Ese caso de emergencia se había producido hacía una semana.

Bühler no albergaba ninguna duda de que los tres asesinatos cometidos el mismo día en que el Papa había renunciado a su cargo marcaban el inicio de una ofensiva contra el Vaticano. La renuncia del Pontífice por sí sola planteaba tantas preguntas que Bühler había creído hasta una hora antes que el Papa había sido secuestrado o ya estaba muerto. A aquellas alturas, el suizo ni siquiera excluía la posibilidad de que el peligro contra el Vaticano partiera del propio ex Papa. Y eso lo desconcertaba profundamente.

Bühler era un soldado y necesitaba saber dónde se encontraba el frente, dónde estaba el enemigo. Quién era el enemigo. De momento, no había nada claro. Lo único seguro era que al cabo de unos días se celebraría el cónclave, con más de cien cardenales llegados de todo el mundo, la cúpula

espiritual de la Iglesia ecuménica católica. Y Bühler tenía que garantizar su seguridad con apenas el mismo número de guardias suizos y los ciento treinta hombres de la Gendarmería (a los que él consideraba vulgares agentes de tráfico). Esa era su misión, y odiaba que unos italianos de mierda se la jodieran.

Con mucho esfuerzo y gracias también a la intervención personal del cardenal Menéndez ante las autoridades de la policía italiana, Bühler había conseguido ocultar la carnicería del helipuerto haciéndola pasar por un trágico accidente provocado por las palas del rotor. El asesinato del chófer del Papa lo habían disfrazado de suicidio y le habían endilgado al muerto una aventura con una mujer casada.

El esclarecimiento de asesinatos no formaba parte de las tareas de Bühler, ni él había recibido formación para ello. Sin embargo, estaba convencido de que protegería con más eficacia el cónclave y al nuevo Papa si sabía quién los atacaba. Menéndez lo comprendió enseguida y, gracias a sus influencias entre las autoridades de Roma, se había ocupado de que mantuvieran a Bühler al corriente de las diligencias.

El asesino del secretario personal del ex Papa y del piloto del helicóptero debía de estar muy seguro de lo que hacía, puesto que había dejado un montón de huellas dactilares que, por cierto, no estaban registradas en ningún sitio. Ni siquiera la Interpol tenía datos al respecto.

Al ex legionario Bühler, el asesinato de Duncker le recordaba las acciones de los comandos detrás de las líneas enemigas, aunque la brutalidad del ataque no encajaba en absoluto. Con todo, Bühler estaba convencido de que el asesino conocía muy bien el Vaticano. Probablemente entraba y salía sin que controlaran sus idas y venidas. Probablemente aún seguía allí, preparado para volver a actuar en cualquier momento.

Bühler había puesto de inmediato en estado de alerta a la Guardia Suiza.

Había reforzado los controles en las puertas, había elaborado un plan de patrullas para los gendarmes y había ordenado investigar a todos los que trabajaban en el Vaticano. Asimismo, había instruido por correo electrónico a los empleados de la curia, al Gobernatorato, a las distintas órdenes, a los jardineros, a los equipos de limpieza, a los cerrajeros, los tapiceros y a

todos los demás empleados para que lo avisaran de inmediato si veían a alguien o algo sospechoso.

Tendría que haberlo intuido. El responsable de Radio Vaticano, un capellán paliducho de Milán, se había disculpado encogiéndose de hombros porque el correo electrónico del ex Papa no le había parecido sospechoso, puesto que había llegado con el certificado de seguridad del servidor del Vaticano. Además, lo habían enviado desde la dirección personal del Papa.

Bühler le habría partido la cara.

—¡Malditos italianos, son todos unos imbéciles! —bramó Bühler en la sala de mando de la Guardia Suiza—. ¡Quiero saber de dónde ha salido ese maldito correo!

Un joven guardia le entregó un protocolo de Internet que documentaba el recorrido del correo electrónico.

—Lo siento, mi coronel, pero no hemos podido verificar la IP del servidor de origen. —El hombre hablaba parsimoniosamente, con un fuerte acento de Berna—. Seguramente enviaron el correo a través de varios proxis.

—¿Y eso qué significa?

—Que el remitente ha borrado el rastro. Con mucha habilidad, por cierto.

—¿Cómo es posible que el correo se enviara desde la dirección personal del Papa y con su certificado de seguridad, pero no desde el servidor interno del Vaticano?

—Estamos trabajando en ello, mi coronel.

Bühler se obligó a calmarse.

—¿Y el vídeo? ¿Es auténtico o falso?

El joven alabardero carraspeó.

—Después de un primer análisis de las imágenes, de momento podemos decir… que es auténtico.

Bühler gimió y miró el vídeo otra vez. No duraba más de cuatro minutos. Si de verdad era auténtico, eso probablemente implicaba un empeoramiento de la situación. Podía significar que el ex Papa era parte del problema. O incluso algo peor.

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