Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 13 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XIII

9 de mayo de 2011,

Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

El ex secretario de Estado, el cardenal Menéndez, tenía muchas cosas que hacer. Como presidente del Colegio Cardenalicio, tenía que preparar el cónclave y estaba decidido a llenar el vacío de poder que Franz Laurenz había dejado. Quería ser el siguiente Papa, el primer Papa del Opus Dei.

Una tarea nada fácil en aquella situación de crisis, que confundía a los cardenales con derecho a voto y los colmaba de desconfianza.

Menéndez seguía convencido de que la renuncia del Papa y su desaparición sin dejar rastro formaban parte de un plan para provocar un cisma en la Iglesia. El cardenal había ordenado la búsqueda de Laurenz a numerarios del Opus Dei que habían recibido formación para tales tareas, y mantenía contacto ininterrumpido con representantes de distintos gobiernos y servicios secretos. Sin éxito hasta entonces. Por eso estaba aún más decidido a encontrar a Laurenz y a neutralizarlo para siempre. Aún estaba por ver de qué manera.

Los cardenales con derecho a voto iban llegando a Roma desde hacía unos días. La mayoría se alojaba en hostales confortables o, como correspondía a su estatus, en el lujoso hotel Columbus, en la Via della Conciliazione. Cada día, Menéndez invitaba a los recién llegados a un almuerzo de bienvenida en el Palacio Apostólico, en parte para conocerlos, pero principalmente para comunicarles nada más llegar su postura clara e inequívoca frente a los problemas más acuciantes de la Iglesia en aquella crisis. Resumiendo, hacía campaña electoral.

Aquel día había recibido a los cardenales de Toronto, Sevilla, Vilnius, Dublín, Maputo, Detroit y Panamá. Ninguno de ellos partía como favorito en la elección, por eso era importante ganarse sus corazones y sus votos.

Para ello servían tanto las pequeñas promesas como las advertencias sutiles sobre cómo afectarían a sus diócesis las «decisiones equivocadas».

Menéndez quería demostrar dotes de mando y no tenía ningún reparo en sacar a relucir el Opus Dei. Fundada como organización laica en 1928 por el español Josemaría Escrivá, ya canonizado a aquellas alturas, la Obra de Dios se había convertido con apenas noventa mil miembros en un centro de poder intimidatorio, que contaba con enormes recursos económicos, dentro de la Iglesia católica. Eso se debía sobre todo a los supernumerarios, que suponían el setenta por ciento de todos los miembros. Esos laicos, que podían casarse y pagaban regularmente cuotas de socio «voluntarias», ocupaban posiciones punteras en el mundo de la política, la industria, las finanzas y los medios de comunicación. El Opus Dei era una central energética de poder, y Menéndez aún no había llegado adonde quería.

Pero antes tenía que arrinconar a Laurenz.

Menéndez recibió en su lujoso despacho al comandante de la Guardia Suiza para que le presentara sus informes. En tanto que él siguió sentado detrás de su escritorio de caoba maciza, el fornido suizo tuvo que estar de pie todo el rato.

Bühler le presentó la copia escaneada del pasaporte de Peter.

—El padre Gatusso ha recibido la visita de un periodista esta mañana.

Menéndez echó una ojeada a la foto y al nombre, y luego miró a Bühler con frialdad.

—¿Cómo es posible que un periodista se pasee por el Vaticano sin acreditación y sin previo conocimiento de la Guardia Suiza?

—Disculpe, eminencia. No hemos sabido que era periodista hasta que hemos investigado al hombre. Parecía tratarse de una visita privada.

—¿Un exorcismo?

—Es probable. Pero estuvo más tiempo de lo normal en casa de don Luigi, y luego una de las monjas lo acompañó a la puerta de Petriano.

—¿Eso es todo?

—No, eminencia. Hará una media hora, don Luigi ha ido al Archivo Secreto.

Menéndez notó que el párpado izquierdo comenzaba a temblarle.

—¿Y qué demonios busca allí?

El Archivum Secretum Vaticanum, una parte de la Biblioteca Vaticana, situada junto al Cortile della Pigna, no hacía honor a su nombre. El término

«secreto» significaba originariamente que se trataba del archivo privado del Papa. Los documentos, manuscritos, protocolos, contratos y sentencias judiciales llenaban casi ochenta y cinco kilómetros lineales de estanterías y abarcaban un periodo ininterrumpido de más de ochocientos años de historia.

El archivo estaba formado por dos salas de lectura, que cada año recibían a unos mil quinientos eruditos, una biblioteca interna, talleres destinados a la conservación, restauración y digitalización de documentos, un centro de procesamiento de datos y una sala de ordenadores. Apenas contenía nada realmente secreto.

No obstante, al archivo solo podían acceder investigadores de universidades de renombre, que tenían que someterse a normas muy estrictas. Por ejemplo, para tomar notas solo podían utilizar lápices.

Con todo, en el búnker de hormigón armado situado debajo del Cortile della Pigna se seguían conservando documentos de contenido explosivo que la curia guardaba bajo llave por buenas razones.

Menéndez sabía que don Luigi tenía acceso a todas las áreas del archivo. Un gran privilegio concedido por el Papa, que a Menéndez siempre le había provocado desconfianza. A fin de cuentas, el exorcista jefe estaba considerado uno de los hombres más peligrosos del Vaticano.

El cardenal descubrió a don Luigi en una de las mesas de la antigua sala de lectura restaurada, inclinado sobre unos documentos. Tomaba notas con un lápiz. Cuando Menéndez se plantó delante del padre, vio que se trataba de obras del siglo XIX sobre simbolismo.

—¿Desde cuándo le interesan los símbolos, don Luigi?

El padre levantó la vista. No parecía nada sorprendido.

—Si se quieren desvelar las obras de Satanás, por fuerza se tienen que estudiar sus símbolos, cardenal.

Menéndez se sentó en una silla delante de don Luigi y procuró bajar la voz. No estaban solos en la sala.

—La búsqueda no estará relacionada con el periodista que ha ido a verle hoy, ¿verdad?

Don Luigi observó al cardenal español como un investigador haría con un insecto muy interesante y raro.

—¿Qué quería ese hombre? —insistió Menéndez, irritado por el silencio de don Luigi.

—Lo que todos quieren de mí: que alivie sus penas.

—¡No me venga con jueguecitos, padre! —masculló Menéndez, intentando reprimir la ira—. Usted y yo tenemos un acuerdo.

—Nosotros no tenemos ningún acuerdo —contestó fríamente el padre.

—¡Se lo advierto, padre! ¿Quiere que le recuerde su pequeño secreto?

Don Luigi guardó silencio y se limitó a continuar mirando fijamente al cardenal. Menéndez se levantó con brusquedad.

—Tráigame a Laurenz.

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