Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 18 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XVIII

10 de mayo de 2011,

Nueva York

Frank Babcock quería ser mejor persona. Lo quería de veras. Quería ser fuerte, quería cambiar de vida, aquella vida miserable, sucia y llena de desesperación; quería salvar su alma. Quería salir de una vez por todas de la sombra de su hermano Steve, su hermano mayor Steve, al que todos temían en el Lower East Side, y que lo había convertido en lo que era. Lo quería de veras. Toda la vida siguiendo como un perrito a su hermano mayor, admirándolo y haciendo siempre lo que Steve decía; se acabó. Pero Frank Babcock sabía que era débil, muy débil, mucho más débil que Steve.

Sabía que no lo conseguiría solo.

Por eso había regresado a la fe. Había recordado que era católico y se había puesto en manos de la Santa Madre Iglesia. Iba todos los días a misa, poco a poco le había confesado un cenagal de pecados al padre Hanson, todas las noches leía un capítulo de la Biblia en un año, un librito muy edificante que el cura le había regalado y que contenía la esencia de las Sagradas Escrituras en trescientos sesenta y cinco fragmentos, uno para cada día del año.

No obstante, Frank Babcock sabía que con eso no bastaría. Antes o después tendría que afrontar los hechos y superar su Armagedón personal.

Curiosamente, esa idea lo tranquilizaba por aquel entonces.

Como de costumbre, Frank se levantó a las tres de la tarde y se preparó un café, que le irritó el estómago delicado. Faltaban dos horas para ir a misa, después tendría que cumplir algún encargo para Steve que no admitiría demora.

Llamaron a la puerta justo cuando, vestido con un albornoz viejísimo, iba arrastrando los pies por el pasillo hacia la minúscula sala de estar. Era Neil Cummings, el vecino de enfrente, también en albornoz, también sin afeitar, también con aspecto ceniciento y apagado a pesar de no llegar siquiera a los treinta. De vez en cuando jugaban al ajedrez, y Neil siempre le daba la tabarra para conseguir un trabajo con Steve.

—Hola, Neil.

—Hey, Frank. ¿Te he despertado?

—¿Qué quieres, Neil?

—Ayer escuché una canción country por la radio y no se me va de la cabeza. Una canción genial. Tú entiendes de ese rollo, y quería preguntarte si te suena.

—Anda, pasa, Neil. ¿Quieres un café?

Le sirvió una taza a su vecino irlandés y le pidió que le tarareara la canción.

—Es Someone Else’s Song, de Wilco —dijo Frank—. Una canción preciosa. La tengo.

Frank se fue al cuarto arrastrando los pies; en el dormitorio solo cabían una cama y una pequeña cómoda, encima de la cual estaba su reproductor de CD. Steve le había proporcionado aquel apartamento porque consideraba que Frank tenía que vivir en Manhattan para estar localizable a cualquier hora. Se trataba de uno de esos railroad apartments típicos, una especie de tubo estrecho que prácticamente consistía en un pasillo subdividido en habitaciones de paso microscópicas. Era un apartamento reducido, miserable y oscuro, pero Frank no podía permitirse otra cosa en Manhattan.

Estaba en la calle 7, entre la Segunda y la Tercera Avenida. Lower East Side, Manhattan. El reino de Steve.

Frank puso el CD, buscó la canción y le dio al repeat.

—Una canción realmente preciosa —afirmó de nuevo, y colocó las piezas de ajedrez.

—Dime, ¿es verdad la historia de Steve con los chicos malos? —

preguntó Neil.

Frank se concentró en la primera jugada.

—Hum —gruñó.

No le apetecía hablar del tema. Hacía tres meses, Steve se había hecho cargo de una distribuidora de periódicos. Un negocio tradicionalmente dominado por la mafia. Lógicamente, hacía una semana se habían presentado dos tíos en casa de Steve para «negociar» con él. Pero Steve no permitía que le arrebataran nada tan fácilmente, ni siquiera la mafia. Así pues, «negoció» de verdad con aquellos tipos y hasta consiguió ganar un poco de dinero. La historia corrió rápidamente por la zona y afianzó su fama.

Frank movió un caballo mientras escuchaba la canción, que llegaba desde los altavoces de la habitación. Una canción preciosa, realmente preciosa.

—¿Le has preguntado a Steve si tiene algo para mí?

—Juega, Neil, y deja de incordiar.

—¿Qué clase de negocios haces tú para él?

Frank suspiró y se quedó mirando a Neil.

—Vendo coches que son una chatarra a capullos que no tienen crédito en ningún sitio.

—Guay. ¿Cómo funciona la cosa?

—Los tíos no tienen pasta y nadie les concede un crédito, pero necesitan un coche, claro. Entonces, yo les vendo uno que todavía anda. El primer plazo es tres veces más alto que si se hubieran comprado uno nuevo. Luego, la mayoría no pueden seguir pagando. Entonces llega Steve y les quita el coche, y yo se lo endilgo a otro.

Neil sonrió ampliamente.

—Guay. ¿Y nunca hay bronca?

—Con Steve, no.

Neil asintió con un gesto de cabeza.

—Claro. Nadie quiere broncas con Steve.

—Juega, Neil. Tengo que hacer una llamada.

Mientras Neil cavilaba sobre cuál sería su respuesta a la primera jugada de Frank, este telefoneó al padre Hanson, ya que quería pedirle hora para confesarse. Justo cuando el cura había descolgado, se percató de que el volumen de la música bajaba de golpe en el dormitorio y se oía un gran estrépito. Neil también lo había oído y se espantó. Frank disimuló y habló

lo más tranquilamente que pudo con el sacerdote, en tanto que Neil echaba un vistazo en el cuarto contiguo. Cuando Frank colgó, Neil estaba en la puerta, más pálido que de costumbre.

—Mierda, tienes que ver esto, Frank.

Frank ya se lo figuraba. Echó una ojeada al dormitorio para no hacerle un feo a Neil, y vio que uno de los altavoces de gran tamaño que él había instalado entre la cama y la pared se encontraba ahora en el quicio de la puerta, delante de la cama. A dos metros de donde debería estar. Como si hubiera saltado por encima de la cama. El cable estaba arrancado del enchufe y había arrastrado consigo el reproductor.

—¡Es imposible! —balbuceó aturdido Neil—. ¡No puede ser!

Frank cogió una botellita con pulverizador de la cómoda y roció con agua todos los rincones de la habitación.

—¿Qué demonios estás haciendo, Frank?

—Dios mío, Neil, ¡tú eres irlandés! Eres católico. Sabes perfectamente qué estoy haciendo.

—Mierda, no me digas que es agua bendita…

—Y qué va a ser si no, Neil.

Dejó la botella de nuevo en su sitio y procuró que no se le notara la angustia.

—¿Te pasa muy a menudo?

Frank volvió a sentirse de repente muy cansado y débil.

—Mejor no preguntes, Neil.

Llamaron a la puerta. Frank se alegró de poder dejar solo a Neil con su espanto, y fue a abrir arrastrando los pies por el pasillo. Sí, pasa muy a menudo, Neil. No creerías todo lo que he visto, Neil. Porque no comparto mi vida únicamente con un hermano que tiene una mirada más fría que la nieve en Broadway, sino también con algo mucho peor, Neil. Algo que un día se dio a conocer al padre Hanson con el nombre de Astaroth. Algo que me ha marcado a fuego un símbolo en el pecho y que me susurra cosas terribles de las que no puedo hablar con nadie, ni siquiera con el padre Hanson. Sí, amigo mío, esas tenemos, y sería mejor que buscaras a otro compañero para jugar al ajedrez.

La preciosa canción lenta de country, que en aquel momento solo se oía por un altavoz, continuaba llenando el apartamento de exhalaciones suaves y melancólicas, y Frank decidió que ese mismo día aceptaría el ofrecimiento del padre Hanson. Le pegaría un sablazo a Steve y volaría a Roma para ir a ver al sacerdote que el padre Hanson le había recomendado.

Intentaría ser fuerte. Por una vez en la vida.

Una vez decidido, se sintió mejor. Abrió la puerta y vio a un hombre de unos treinta y cinco años. Con un rostro afable y juvenil, y vestido con muy buen gusto. Demasiado buen gusto para ser uno de los socios de Steve.

—¿Sí?

—¿Frank Babcock? —preguntó el hombre, con una voz plácida como el sol de abril.

—Sí. ¿Qué quiere?

El hombre, que llevaba una gabardina de color claro, le sonrió afablemente. Luego, con un movimiento rápido, sacó un machete que guardaba debajo del abrigo y se lo clavó en el abdomen.

Frank Babcock profirió una exhalación gutural mientras el hombre de la gabardina clara y traje de franela gris lo rajaba de arriba abajo con el machete. El dolor fue como una luz cegadora que lo atravesó con un solo rayo. Lo último que Frank pensó fue que había sido demasiado débil para Armagedón y cuánto lo sentía por Neil, que el día anterior había tenido la mala suerte de escuchar una canción que no se le iba de la cabeza, y ahora estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Frank Babcock, cuarenta y tres años, blanco y católico, murió en medio de un charco de sangre y vísceras en el umbral de la puerta de su apartamento en el Lower East Side, en la calle 7, entre la Segunda y la Tercera Avenida. No vio cómo su asesino mataba a su vecino Neil Cummings de la misma manera. Y tampoco vio cómo su asesino, después de limpiar cuidadosamente el machete con una de sus toallas, se sacaba del bolsillo de la americana una lista escrita a mano con veintiún nombres, y tachaba el primero con una elegante estilográfica francesa.

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