Apocalipsis
Capítulo XII
9 de mayo de 2011,
Ciudad del Vaticano
A Peter todavía se le notaba la conmoción. Estaba sentado en la cocina de don Luigi, pálido y tomándose el tercer café con grapa, que el exorcista había preparado en una cafetera de aluminio no muy limpio. Maria lo miraba compasiva y el jesuita, que parecía la calma en persona, le sirvió más grapa. El silencio se había extendido entre los tres. Fuera se oía el trinar de los pájaros.
—No creo que esté usted poseído, amigo mío —dijo don Luigi, interrumpiendo por fin el silencio y concluyendo así con sus reflexiones.
Peter lo miró con asombro.
—Gracias, eso me tranquiliza —murmuró sarcásticamente—. ¿Y cuál es su explicación al respecto?
—Usted tuvo una visión, así de simple. La diferencia es considerable.
Lo que usted vio y oyó en sueños es una visión. Una visión bastante terrible y concreta, eso hay que reconocerlo.
—¿Pretende decirme que dentro de siete días, no, ahora ya solo faltan seis, el Vaticano volará por los aires?
Don Luigi levantó las manos.
—Eso solo Dios lo sabe. Una visión no representa hechos inevitables.
—Entonces ¿qué?
—Una posibilidad. Uno de los diversos caminos que puede tomar el destino. En palabras de Leibniz, uno de los muchos mundos posibles.
Cuando el Señor envía una visión, está exhortando a actuar. A cambiar el destino. A avisar al mundo.
—¿Insinúa que debería presentarme ante los medios de comunicación y dar la voz de alarma? Eh, escuchadme todos, he soñado que el Vaticano volaba por los aires. ¡Poneos a salvo y buscad la bomba!
Maria exhaló un suspiro cargado de crítica. Don Luigi sonrió a la monja y luego se dirigió de nuevo a Peter.
—Ser tomado por loco es el riesgo profesional de todos los profetas.
—Paso, gracias. No creo que tuviera una visión. Seguro que se puede explicar de otra manera. Sugestión de masas, hipnosis, lo que sea.
«Olvídalo, sabes de sobras que no es así».
—Piénselo, Peter. Usted sabe de sobras que no es así.
Peter gimió.
—Conoce la profecía de Fátima, ¿verdad? —le preguntó don Luigi.
—Sí. Se supone que en el año 1917, en la localidad portuguesa de Fátima, la Virgen se les apareció a tres niños y les transmitió tres profecías.
La primera se interpretó como la visión del infierno, la segunda como la anunciación de la Segunda Guerra Mundial y la tercera, que el Vaticano mantuvo en secreto hasta el año 2000, presentaba un terrible escenario apocalíptico, plagado de destrucción y donde el Papa moría. Se relacionó la tercera profecía con el atentado al papa Juan Pablo II en 1981, que ocurrió el mismo día del año en que se reveló la primera profecía.
—¡Muy bien! —exclamó don Luigi—. Pero ¿a que no sabía que existe una cuarta profecía?
Peter miró estupefacto a don Luigi. Maria también se quedó mirando al viejo exorcista, que parecía disfrutar de su asombro.
—Continúa guardada en el Archivo Secreto Vaticano —les confió de buen humor—. Pocas personas conocen su existencia. Pero existe, y ahora podría ser muy reveladora. ¿Quiere leerla? Tengo una copia.
—¿Quéee? —se le escapó a Maria.
—No hay de qué preocuparse, nadie lo sabe —la tranquilizó don Luigi
—. Además, la guardo en la caja fuerte.
Don Luigi desapareció en su habitación y volvió al poco con un portafolios transparente que contenía una fotocopia. Le entregó el documento a Peter.
—He tenido el honor de que se me permitiera estudiar la profecía.
—Y por eso ha hecho una copia.
—Amigo mío, Juan Pablo II también tenía visiones, créame. Y, ahora,
¡lea!
Peter observó confuso la fotocopia. Mostraba un texto casi ilegible en portugués, escrito a mano por Francisco Marto, uno de los tres niños de Fátima.
—Detrás encontrará la traducción.
Peter le dio la vuelta al portafolios y leyó la traducción al italiano, escrita a máquina, del texto portugués, que estaba redactado con letra desmañada de niño.
Después de la tercera parte, Nuestra Señora nos mostró el fin del mundo. La Virgen María señaló la basílica de San Pedro, y encima había un ejército de ángeles con armaduras y espadas de oro. Los ángeles cantaban muy alto, y su canto era como el rugido del mar. Vimos a miles de personas en la plaza que hay delante de la iglesia, cantando con los ángeles. La Virgen María pronunció el nombre del Cordero de Dios, y san Pedro salió de la basílica ascendiendo por encima de la cúpula hacia el cielo. Plagado de dolor y preocupación, exhortaba a los ángeles a combatir al demonio. Pero los ángeles dudaron. Entonces, san Pedro se volvió y descendió a la tierra. Cogió en sus manos a tantas personas como pudo y se las llevó con él. Fueron veintiuna. Los ángeles intentaron evitarlo, pero estaban prendidos en el cielo con cadenas de cristal. Entonces, la basílica tembló entre truenos y una gran luz ardió en el cielo. El fuego alcanzó el templo, y los sacerdotes y la gente huyeron despavoridos. «¡Mirad, esto es lo que les ocurre a los que se apartan!», exclamó la Santísima Virgen María. Lloraba lágrimas de sangre de los mártires, que se convirtieron en un raudal desgarrador. Señaló al cielo. Desde allí se precipitaba un demonio de hierro y de luz. Era horrible. Su luz abrasaba a cuantos huían de él. Lanzó su ira sobre la basílica de San Pedro y la destruyó, y también todo lo que había alrededor. La iglesia quedó reducida a escombros entre llamas y truenos. Los escombros cayeron al suelo. El demonio cabalgaba sobre las llamas, y debajo de él la tierra se abrasaba y los océanos se evaporaban. Allá por donde pasaba, la tierra se convertía en desierto y la gente se lamentaba y maldecía a la Virgen y a su único Hijo.
Entonces, los ángeles se alzaron y también se lamentaron. «¿Quién es ese demonio?», le preguntaron a la Santísima Virgen. «¿Cómo se llama?». Entonces, Nuestra Señora habló:
«Su nombre es el principio y el fin. Es el primer hombre y el último Papa. Su nombre es Pedro y Adam».
Esto es lo que la Madre de Dios nos reveló, y si no me acuerdo de algo, seguramente es porque no era importante.
—¡Qué broma es esta! —exclamó Peter, y tiró el portafolios encima de la mesa.
Maria cogió la fotocopia y también la leyó.
—Hay miles de personas que se llaman como usted, Peter —comentó don Luigi con calma—. Pero después de lo que hemos presenciado hoy creo que la profecía se refiere a usted.
—¿Un granuja napolitano excéntrico y el balbuceo infantil de un campesino portugués lo han convencido de que haré saltar por los aires el Vaticano? —gritó enfadado Peter.
—No, Peter. Lo que creo es que el destino de la Iglesia está en sus manos. Exterminador o salvador, está en sus manos.
Maria había leído el texto hasta el final y miraba fijamente a Peter.
Estaba muy pálida. Peter se preguntó por qué continuaba sentada a la mesa con ellos. La rabia lo embargó. Rabia contra la Iglesia, contra sus sueños oscuros, contra don Luigi, contra Maria, contra el Papa y contra sí mismo, que se dejaba intimidar tan fácilmente.
—Tal vez sería mejor que me entregara ahora mismo a la policía —
masculló—. Así no habrá ningún peligro.
—No lo creo —intervino Maria—. Don Luigi tiene razón. No debe resignarse sin más a su destino.
—Y en su opinión, ¿qué debería hacer?
Don Luigi le sirvió otra grapa.
—Probablemente estamos sufriendo la mayor crisis que la Iglesia y el mundo entero han vivido jamás. El mundo está en peligro, Peter. Quizás usted ha sido elegido.
«Elegido».
Aquella palabra lo desconcertó profundamente. Porque no podía ser verdad. Él no creía en Dios, en ningún dios. ¡La humanidad estaba sola en el mundo! Su conciencia giraba en torno a esa convicción. Solo en el mundo y solo responsable de sí mismo. Por eso, cuando aún era un joven periodista, había optado por enfrentarse a la Iglesia católica para probar sus mentiras y sus manipulaciones. Ellen le había reprochado a menudo que, con su ateísmo misionero, en el fondo no era mejor que los fanáticos religiosos a los que se enfrentaba.
Peter lanzó un gemido.
—Gracias, pero no acepto, ¿me ha oído bien? ¡Me niego! ¡No es mi Iglesia! No tengo ninguna razón ni para destruirla ni para salvarla.
Don Luigi desestimó los reparos haciendo un gesto con la mano.
—Ya sé que se considera un ateo, pero no lo es, créame. De lo contrario, no informaría sobre nosotros con tanta pasión. No, Peter, usted no es ateo, solo es escéptico. Y eso es bueno.
Peter iba a replicarle, pero guardó silencio, consternado.
«¡Elegido! ¡Siempre lo has intuido!».
—El Papa ha renunciado y, conociéndolo como lo conozco, seguro que habrá tenido sus buenas razones —prosiguió impasible don Luigi—. ¿Sabía que a su secretario, el monseñor Duncker, lo asesinaron el día de la renuncia?
—¿No fue un accidente de helicóptero?
—Esa es la versión oficial. La verdad es que lo despedazaron, literalmente, con un machete. Están ocurriendo cosas terribles, Peter. Al chófer del Papa también lo han asesinado.
—¿Y qué pasa con Sophia Eichner?
Don Luigi pasó por alto la pregunta.
—El papa Juan Pablo III tiene un piso en propiedad en la Via Palermo.
Lo compró a nombre de su chófer y lo utilizaba para reuniones extraoficiales.
—¿Quiere decir que lo usaba de nidito de amor?
—¡No quería decir eso! —atronó de repente la voz de don Luigi—. Un poco de respeto por la máxima autoridad de la Iglesia no es mucho pedir,
¿no?
—Lo siento, padre. ¿Qué quería decirme?
—Ahí fuera hay un poder que quiere atacar a la Iglesia. Si usted no lo impide, Peter, el Vaticano volará por los aires dentro de seis días.
Peter volvió a lanzar un gemido y meditó un momento.
—Tengo que hablar con Laurenz —dijo finalmente.
Les enseñó el símbolo de la espiral a don Luigi y a Maria, y les contó brevemente lo que Loretta había descubierto. Sin embargo, ni el padre ni Maria supieron explicar la relación entre el símbolo, las tres muertes y la renuncia del Papa.
—Da igual —dijo Peter con firmeza—. Tengo que encontrar a Laurenz.
¿Me ayudará usted, don Luigi?
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