Apocalipsis
Capítulo XCIII
28 de junio de 2011,
Ciudad del Vaticano
Humo blanco. No de una chimenea, sino de un brasero que pudo verse en todo el mundo.
El cónclave concluyó a cielo abierto, un día bochornoso de verano, en las ruinas de la Capilla Sixtina. Una señal a todos los creyentes del mundo de que los muros eran efímeros, pero la Iglesia, no. Un mes después de la catástrofe, los cien cardenales supervivientes necesitaron una única ronda para elegir a su nuevo Pontífice, y eligieron por abrumadora mayoría al hombre que había preservado a la Iglesia de sufrir una catástrofe aún mayor, y que la había salvado del ocaso. El cardenal decano lo ordenó obispo allí mismo y luego le hizo la pregunta que prescribía el procedimiento:
—Luigi Gattuso, ¿aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice?
Don Luigi, jesuita, exorcista y delegado especial del último Papa, se arrodilló delante del cardenal decano, visiblemente emocionado por la confianza que el Colegio Cardenalicio depositaba en él y por el peso del cargo que lo esperaba. En las últimas semanas, se había convertido en una estrella mediática. Don Luigi, el hombre que había salvado a la Iglesia del atentado perpetrado por una secta ocultista que, a pesar de las extremas medidas de seguridad, había conseguido introducir una bomba en el Vaticano. Urs Bühler, el comandante de la Guardia Suiza, que había evitado lo peor jugándose la vida, fue vitoreado como un héroe y poco después presentó la dimisión. Anunció que, en el futuro, quería dedicarse a cuidar de su hermana discapacitada. La opinión pública nunca supo que, poco antes de que lo detuvieran en el hospital, había entregado seis ampollas con una
sustancia brillante rojiza a una científica japonesa que había neutralizado el material explosivo con un procedimiento muy simple.
Según las primeras investigaciones, el instigador había sido un periodista alemán llamado Peter Adam, que había perdido la vida en el atentado. Se desconocían los motivos. Los expertos especulaban sobre un tipo de material explosivo que tenía la potencia de una pequeña bomba atómica. Sin embargo, el Ministerio de Defensa italiano no logró detectar radiactividad. También seguía siendo un misterio la implicación en los hechos del antiguo Papa, Juan Pablo III, que había aparecido en Roma poco antes del atentado y al parecer también había perecido entre las ruinas de la Capilla Sixtina. No obstante, todavía no se había podido recuperar su cadáver ni ninguna parte de su cuerpo. Tampoco había sido hallado el cadáver destrozado y mutilado de un hombre llamado Aleister Crowley. Los medios de comunicación no dijeron nada de una monja joven llamada Maria, a la que se daba por desaparecida desde el día del atentado. Solo era una más entre las miles de víctimas del atentado.
Seguían sin haberse aclarado muchas cosas, cubiertas por el polvo de la basílica de San Pedro destruida. Las investigaciones avanzaban con mucha lentitud. Sin embargo, cada vez parecía perfilarse con más claridad que la secta ocultista Temple of Equinox estaba formada por un pequeño grupo de radicales enemigos de la Iglesia. La policía italiana ya había presentado a los primeros sospechosos.
—Sí, acepto la elección —dijo don Luigi con voz firme. Y como dicta el decoro, añadió una fórmula con la que se declaraba indigno del máximo cargo de la Iglesia—: Fui llevado a alta mar y hundido por las borrascas.
Miserable soy, y débil, escucho tu voz, oh, Señor, con temor y desasosiego.
— Quo nomine vis vocari? —preguntó el cardenal decano a continuación—. ¿Cómo quieres ser llamado?
Don Luigi miró más allá de los restos de la Capilla Sixtina y más allá de las ruinas de la basílica de San Pedro, que destacaba entre los cascotes y los escombros como una muela arrancada.
—Se han cumplido muchas profecías —dijo inesperadamente con voz queda, en vez de responder—. Pero la Iglesia no ha llegado a su ocaso.
Como señal de nuestra fuerza y de la restauración de nuestra Iglesia deseo llamarme: Pedro II.
De: petrus@ordislux.np
Para: master@ordislux.np
Fecha: 29 de junio de 2011 13:14:05 GTM+01:00
La búsqueda continúa.
Hoathahe Saitan!
P. II
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