Apocalipsis
Capítulo LIII
15 de mayo de 2011,
Île de Cuivre, Mediterráneo
« Conejito en la madriguera, durmiendo estás, durmiendo estás.
Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar? ».
La satisfacción de haberlo dado todo.
La sorpresa por la simplicidad del día a día.
Extrañar con dolor a una persona amada a la que se ha perdido.
Peter examinó con la mirada la estancia donde se había despertado.
Parecía una habitación de hospital. Pintada de blanco, paredes ásperas, un lavabo, una lámina enmarcada: Amapolas, de Nolde. Encima, una ventana que enmarcaba un cielo apacible.
«¿Cuánto hace que estás aquí?».
Fuera se oía el batir de las olas. Olas apacibles. Allí, todo era tan apacible que a uno le entraban ganas de llorar. Apacible y familiar. Un lugar donde uno podría quedarse. Para siempre.
«¿Eres tú?».
Peter movió con cautela los dedos de los pies, los pies, las piernas y, finalmente, los brazos. Un pequeño inventario. Todo seguía en su sitio. No muy pesado, no muy liviano, en su punto. Estaba tendido en una cama de hospital, tapado con una manta. Sobre la taquilla metálica que tenía al lado había una botella de agua y un jarroncito con florecillas lilas. La botella de agua le recordó que tenía mucha sed; se incorporó ligeramente y se bebió la mitad con avidez. Entonces se dio cuenta de que solo llevaba una simple bata de hospital. Luego siguió con el inventario. Una pregunta se impuso.
«¿Dónde estás?».
La pregunta no resultaba inquietante de momento, simple interés.
«¿Qué has soñado?».
No se acordaba. Solo recordaba imágenes oscuras llenas de espanto.
Pero el espanto se había disipado como la niebla matutina en mayo, sin dejar atrás más que alivio por haber escapado del desastre. Todo bien.
«Todo bien. Todo bien. Todo bien».
Prestó atención al rumor de la sangre en los oídos, como si la circulación sanguínea pudiera susurrarle algo sobre su actual estado. Algo lo desconcertó. Un ligero picor en la piel. Nada grave, pero persistente. Se rascó. Otro punto. Cada vez que se rascaba, el picor se trasladaba y se extendía como la escarcha sobre el cristal de una ventana. No era desagradable. Todavía. Pero sí en cierto modo inquietante. Peter decidió dejar de rascarse e ignorar el picor.
«Concéntrate en otra cosa. En… tu nombre. ¿Cómo te llamas? Venga, vamos».
Ni idea. El nombre estaba atascado en algún lugar de su memoria. Peter meneó la cabeza, se incorporó un poco, se concentró.
«Peter. Peter Adam».
Aliviado, bebió otro trago de agua. Luego, el siguiente paso.
«¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estás aquí?».
De repente se acordó del sueño que había tenido. De una monja a la que había besado, de un piso grande con un amuleto. Del cadáver de Loretta. De una isla en la noche, de un paracaídas. Monjes. Una gran piedra con estrellas de cinco puntas.
Un símbolo.
Todavía con flojera en las piernas, Peter se subió a la pequeña taquilla metálica y miró por la ventana. El mar. Rocas contra las que batían las olas.
El muro del edificio que se extendía a ambos lados de la ventana.
«La isla de Cobre».
Un ruido hizo que se volviera. La puerta se abrió y entró un hombre maduro con bata blanca. Una cara afable, movimientos desenvueltos que evitaban cualquier gesto innecesario, ojos que lo examinaban con mucho interés. En el bolsillo de pecho de la bata, Peter vio un símbolo circular que le sonaba.
—Buenos días, Peter. ¿Cómo se encuentra?
Peter bajó rápidamente de la taquilla y se sentó en la cama.
—Bien, gracias. ¿Dónde están mis cosas?
El médico se sentó con él en el borde de la cama y simuló ignorar los ejercicios de gimnasia de Peter en la ventana.
—Le están lavando la ropa. ¿Ha dormido?
—Creo que sí. ¿Quién es usted?
—Pero si ya me conoce, Peter. Soy el doctor Creutzfeldt. Nos conocemos desde hace un año. Desde que ingresó aquí.
—¿Estoy en esta habitación desde hace un año?
El médico que dijo llamarse Creutzfeldt le sonrió afablemente.
—Una cosa después de otra. Ha sufrido mucho.
—¿ Qué he sufrido? —preguntó Peter—. ¿Qué clase de hospital es este?
Creutzfeldt lo miró serio.
—Está en una clínica psiquiátrica. Necesita ayuda. Aquí la recibe.
Creutzfeldt le alcanzó un vasito de plástico con dos pastillas.
Peter no tocó el vaso ni las pastillas.
—¿Por qué necesito ayuda?
Creutzfeldt carraspeó.
—Porque está enfermo, Peter, muy enfermo. Mató a su mujer. Lo juzgaron por asesinato, pero tuvieron en cuenta su enfermedad y lo trajeron aquí. No tiene por qué preocuparse, todo va bien.
—Todo va bien —repitió Peter mecánicamente, aunque sin creérselo.
«Maldita sea, ¡nada va bien!».
—Exacto, Peter. Todo va bien. Nos tuvo muy preocupados, pero ahora todo vuelve a ir bien.
—¿Por qué les tuve muy preocupados?
—Hablaremos de ello muy pronto. Ahora tiene que descansar. Tómese sus pastillas.
Creutzfeldt se levantó, pero Peter lo agarró rápidamente del brazo y lo retuvo.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué significa el símbolo que lleva en la bata?
Creutzfeldt suspiró y siguió mirando serio a Peter.
—El símbolo es el logo de la clínica. Y siempre le ha dado miedo.
—¿Por qué?
—Cuando lo ingresaron, hace un año, sufría usted unas alucinaciones terribles, Peter. Creía que estaba poseído por unos demonios que pretendían obligarlo a destruir la Iglesia católica. Pero acabó matando a su mujer.
—Ellen.
—Sí, Ellen. ¿Se acuerda de su mujer?
—Estábamos en Turkmenistán. La mató Edward Kelly.
—No, Peter, usted la mató. Los demonios se lo habían ordenado. Igual que le ordenaron que matara a su colega Loretta Hooper.
El extraño picor volvió, se mezcló con la inquietud y formó una costra que le cubrió todo el cuerpo y comenzó a privarlo de aire. Vio el cadáver de Loretta en su sueño, tendida sobre su propia sangre.
—Un momento. Eso… no encaja. Ellen murió hace un año y Loretta hace solo unos días. ¿Cómo puede ser, si se supone que yo llevo aquí un año?
—Hablaremos de eso muy pronto. Ahora tiene que tomarse las pastillas.
—No pienso tomarme nada. Quiero una respuesta. ¡Ahora!
Creutzfeldt desvió la mirada hacia la puerta, como si alguien lo esperara detrás. Luego se puso delante de Peter y volvió a alcanzarle el vaso de plástico con las píldoras.
—Tómese la medicación y tendrá sus respuestas.
Peter lo meditó. Luego cogió el vasito, se tragó las pastillas y bebió agua para aclararse la garganta.
Creutzfeldt asintió satisfecho.
—Francamente, con nuestros procedimientos habituales tocamos techo en su caso. Habríamos podido mantenerlo siempre medicado, claro, pero eso no es vida y no se corresponde con nuestra ética. Aun así, no nos lo ha puesto fácil. Ha agredido a algunos pacientes. Sí, no ponga esa cara, Peter.
El caso es que decidimos realizar una especie de experimento para ayudarle. Lo acompañamos durante dos semanas a su antiguo entorno.
—¿Quiénes son «nosotros»?
—Mis ayudantes y yo. Médicos, enfermeros, los conoce a todos. Nos alojamos en un hotel de Roma. Pensé que eso quizá lo devolvería un poco a
la realidad. Pero, por desgracia, ocurrió algo que nadie había previsto: el Papa presentó su renuncia. Eso lo desquició. Empezó a desplegar una enorme actividad, se pasaba el día escribiendo en la habitación del hotel y desarrollando teorías de la conspiración. Una noche, desapareció.
Simplemente, se escabulló de nosotros. Afortunadamente, lo encontramos al día siguiente junto a la muralla del Vaticano. Afirmó que había entrado en los aposentos privados del Pontífice y que se había llevado algo de dentro. Algo que significaba un gran peligro para la humanidad. Pero no quiso decirnos de ninguna manera de qué se trataba. Tuvo un brote psicótico, Peter. Estaba trastornado y de nuevo decía que estaba poseído por los demonios. También aseguró que había matado a su colega Loretta Hooper. No se preocupe; afortunadamente, está bien. Le hablo con franqueza porque se ha tomado las pastillas. Por desgracia, volvemos a estar al principio, Peter.
Lentamente, con una lentitud atormentante, regresó el recuerdo. De la isla en la noche, del salto en paracaídas, de una sala en la que unos monjes celebraban un ritual ocultista.
«Kelly».
También recordó al hombre sucio y desquiciado que habían llevado como a un perro a aquella estancia, y que había hablado en una lengua desconocida. Una lengua que a Peter le había resultado extrañamente familiar.
—No le creo —dijo Peter—. ¿Cómo va a ser esto un psiquiátrico? Me retienen en una isla donde se celebran rituales ocultistas. Lo vi ayer con mis propios ojos, después de saltar en paracaídas.
Creutzfeldt lo miró compasivo.
—Ya le he dicho que volvemos a estar al principio. Ni ha llegado aquí en paracaídas ni aquí se celebran rituales de ningún tipo. Es cierto que esta clínica está situada en una isla. Para ser exactos, en la Île de Cuivre, en la costa mediterránea francesa. Pero eso no debe inquietarlo.
—¿Dónde está Kelly? Quiero hablar con él.
—No es una buena idea. El señor Kelly le tiene miedo, Peter, y no es de extrañar. Usted ha intentado matarlo varias veces. —Creutzfeldt se dio la vuelta—. Descanse. Pasaré a verlo más tarde.
Al llegar a la puerta, el médico se detuvo.
—Solo por curiosidad, Peter. ¿Qué encontró en el apartamento del Papa?
Peter se lo quedó mirando.
—Nada.
Creutzfeldt parecía esperar esa respuesta. Asintió y salió de la habitación. Peter oyó que la puerta se cerraba. En ese mismo instante, saltó de la cama, se acercó al lavabo que había en la pared y se metió los dedos tanto como pudo en la garganta. Vomitó entre espasmos y examinó el vómito hasta que descubrió con alivio las dos pastillas casi intactas. Luego bebió agua, se colocó en el centro de la habitación y comenzó a hacer gimnasia. Al cabo de unos minutos estaba empapado en sudor y agotado, pero se sentía mucho mejor. Más despierto. Iba siendo hora de averiguar dónde estaba. Y por qué.
«Maria».
Vio su imagen mentalmente. Maria con su hábito de monja. Maria con vaqueros. Maria sosteniendo en la mano el amuleto que él le había silenciado a Creutzfeldt. Maria y don Luigi. Maria en la biblioteca de Montpellier. La escultura de Pan delante de la biblioteca.
«Maldito Pan».
Con la imagen de Maria, volvió también el recuerdo de la calidez de sus labios. Más reales y concretos que él mismo. Se apoderó de él la sensación de que no tenía mucho tiempo antes de que Creutzfeldt volviera y le preguntara de nuevo por el amuleto. Al mismo tiempo, lo atenazó un pensamiento que comenzó a arraigar tenazmente.
«¿Y si Creutzfeldt tiene razón? ¿Y si realmente estoy loco? ¿Soy de verdad un asesino paranoico?».
Desesperado, Peter se sentó en la cama e intentó poner en orden sus pensamientos. Una tarea nada fácil. Los pensamientos se le escurrían antes de haberlos podido sujetar y analizar como a animalitos de laboratorio. Así pues, limitó el análisis a la pregunta simple de si confiaba en aquel Creutzfeldt al que no había visto nunca antes.
«No».
Aunque todo lo que él consideraba recuerdos reales fueran solamente imágenes paranoicas, en ellas tendría que aparecer un médico llamado Creutzfeldt. Pero ningún recuerdo, ninguna de las imágenes de pesadilla que lo asaltaban llevaba una etiqueta con ese nombre.
Eso arrojaba una serie de resultados.
«Primero: No estás loco».
«Segundo: Todos tus recuerdos son verdaderos y reales».
«Tercero: Estás en peligro. Te han hecho prisionero y te hinchan de drogas, por la razón que sea».
«Cuarto: Tienes que huir. Y lo antes posible».
«Quinto: Pero antes tienes que encontrar a Edward Kelly».
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