Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 46 de 94

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Apocalipsis

6. Un año antes╦ elixir

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UN AÑO ANTES… ELIXIR

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XLVI

28 de mayo de 2010,

desierto del Karakum, Turkmenistán

—Me llamo Edward Kelly.

El pelirrojo con cara de rata se inclinó por encima de la fila de asientos y le tendió la mano a Peter. Una nube de agua de colonia barata lo siguió.

Peter le estrechó la mano de mala gana y calculó que el hombre rondaría los cuarenta.

—Peter Adam.

Ellen apartó la mirada del desierto de sal, infinito y deslumbrante que sobrevolaban, y sonrió con naturalidad al inglés.

—Ellen Frank.

—Es un placer. ¿Son alemanes?

Tuvo que gritar porque el ruido de la gran hélice delantera hacía casi imposible mantener una conversación. El viejo Antonov II, un biplano de treinta años, iba lleno hasta los topes. Comerciantes rusos malhumorados, con trajes que no eran de su talla, y turcomanos con gorros de piel de borrego gigantes se apretujaban en unos veinte asientos, sujetando carteras, paquetes grandes o jaulas con gallinas. Las bolsas atiborradas bloqueaban el paso entre las filas de asientos y saltaban con cada turbulencia. La cabina olía a sudor y a aceite lubrificante. La puerta de la cabina del piloto estaba abierta, y Peter vio que el piloto solo llevaba una camiseta empapada en sudor. Su mujer, que había ido todo el rato sentada a su lado, bordeaba en aquel momento el pasillo y hablaba con los pasajeros, que respondían con monosílabos.

— Çeleken.

— Krasnovos..

— Nebyt-Dag.

Peter no hablaba ruso, pero entendió que, en ese vuelo, había que indicar a tiempo la parada, igual que en una línea de autobús rural.

Ellen obsequió al inglés con otra sonrisa, sacó su Canon y sacó fotos de los pasajeros. Peter admiró una vez más su habilidad para rehuir conversaciones desagradables sin parecer maleducada. Poco después del despegue en Asgabad, el inglés los había descubierto en la fila de asientos de delante y los había abordado contentísimo. A Peter no le apetecía conversar, pero tampoco quería ser maleducado. Una vieja debilidad.

—¿Adónde van? —prosiguió Kelly, ahora en un alemán intachable.

— Nebyt-Dag.

—¡Eh, yo también! ¿Han venido a Turkmenistán por negocios o de luna de miel?

Peter se dio cuenta de que los ojos azul claro de Kelly los observaban todo el rato con insistencia, a él y a Ellen, como si quisieran grabar todos los detalles. Evidentemente, al inglés solo le interesaba Ellen. Kelly volvió la cabeza, y Peter vio que solo tenía una oreja. De la izquierda no le quedaba más que una cicatriz protuberante rojiza.

—No estamos casados —contestó Ellen—. Y tampoco hacemos negocios. Solo nos dedicamos a nuestro trabajo.

— Touché! —dijo Kelly riendo—. No pretendía molestar.

—Trabajamos en un artículo sobre la ruta de la seda para una revista internacional.

—Ajá, son periodistas. Ya me lo imaginaba. —Kelly señaló la cámara de Ellen—. Bonita cámara.

—¿Y usted, señor Kelly? —preguntó Peter por educación—. ¿Qué le trae a esta tierra dejada de la mano de Dios?

—Soy arqueólogo.

Un aire caliente y polvoriento los recibió al bajar del Antonov y mientras cargaban a hombros sus mochilas. El aeródromo de Nebyt-Dag se componía únicamente de una pista asfaltada y una pequeña terminal en estado ruinoso. En la lejanía se veían edificios prefabricados desolados.

Una pequeña ciudad al borde del Karakum, ganada al desierto entre campos de gas natural y el mar Caspio.

Peter se había deshecho con un par de fórmulas de cortesía del inglés al que le faltaba una oreja. Quería estar a solas con Ellen.

Delante del edificio de la terminal los esperaba un Toyota abollado, con un chófer turcomano que debía llevarlos a su verdadero lugar de destino.

El día anterior, habían llegado a Asgabad vía Frankfurt y Moscú, y habían pasado la noche en la capital turcomana para volar a la mañana siguiente a Nebyt-Dag. Ellen había organizado el encargo para el artículo y también el viaje. No era la primera vez que trabajaban juntos, pero últimamente se veían cada vez menos. Peter solía tener cosas que hacer en Roma y Ellen viajaba por el mundo con su cámara. Por eso a Peter le hacía ilusión aquella semana que pasarían juntos. Le hacía ilusión contemplarla mientras ella hacía fotos con su especial visión para los detalles. Le hacía ilusión mirarla durante una semana entera y notar su proximidad.

Se había imaginado Turkmenistán de otra manera. Lo que veía no tenía nada que ver con el romanticismo del desierto ni con los cuentos de las mil y una noches. Centenares de bombas de extracción poblaban el país como hordas de dinosaurios de acero roncos. Esqueletos de torres de perforación se oxidaban entre bosques de postes de la luz y ovillos de conducciones eléctricas arrancadas. Depósitos de petróleo oxidados, bloques de hormigón, muros caídos, chatarra por todas partes. Todo destrozado, el país entero. Los oleoductos surcaban las dunas de arena al borde de la carretera, y en algunos puntos la arena empapada de petróleo ardía con un humo espeso. La carretera ondulada conducía directamente a la nada calinosa a través del desierto de sal. Peter distinguió en el horizonte unas sombras tórridas y oscuras que flameaban. Tuvieron que detenerse una y otra vez para dejar pasar a un rebaño de camellos.

Peter se reclinó en su asiento y observó a Ellen, que volvía a tomar fotografías sentada a su lado. Sus cabellos resplandecían contra el viento; de vez en cuando se apartaba un mechón de la boca con un gesto de mal humor, y Peter tuvo más claro que nunca que todo iba bien.

Que la amaba.

—Hemos sido muy maleducados con el tal Kelly —dijo Ellen de repente—. A lo mejor le habría gustado que insistiéramos.

—Lo siento, miss Frank, pero los que me han contratado me obligan a guardar la máxima discreción —dijo Peter, imitando la voz de Kelly—. Un fanfarrón vomitivo. Menos mal que nos hemos librado de él.

Ellen se echó a reír.

—Eres un prejuicio andante, Peter. Por eso estás tan obsesionado con poner al descubierto los manejos de la Iglesia católica.

—Es que estoy en contra de los mentirosos y los fanfarrones.

Ella lo miró con indulgencia.

—No, Peter, tú has emprendido una cruzada en solitario contra Dios, y ni tú mismo sabes por qué.

Peter calló. El chófer salió de la carretera y se desvió hacia una pista de tierra que avanzaba en zigzag hacia el sur. Al cabo de dos horas llegaron a su destino: Mashhad-i Misrian. Al principio, Peter no vio más que terraplén alto de arena y las ruinas de dos minaretes detrás. Misrian había sido hasta el siglo XIII una ciudad rica gracias a las caravanas, un floreciente centro de comercio en la ruta de la seda hasta que las hordas de Gengis Kan la asaltaron, la saquearon y la asolaron. El mundo se olvidó de Misrian y la arena del Karakum enterró las ruinas de la ciudad; solo aquellos dos minaretes habían resistido las tormentas de arena de los últimos setecientos años.

Al otro lado del imponente terraplén de arena que cubría las ruinas de las murallas de la ciudad y limitaba la zona, se extendía un pequeño campamento con tiendas de campaña y yurtas. El profesor Haase, del Instituto de Arqueología de la Universidad Libre de Berlín, los saludó efusivamente y les asignó una tienda.

—No es el Ritz, pero tenemos cerveza fría y el cocinero es suabo. Ayer comimos ragú de camello con pasta de huevo.

Ellen rio de todo corazón.

—Fantástico. Nos quedamos.

—Piensen en sacudir los zapatos antes de salir por la noche. A esas horas, las víboras se han retirado, pero a los escorpiones les gustan los sitios cálidos.

—No se preocupe, no es la primera vez que acampamos.

—Bueno, pues entonces, bienvenidos al Karakum. Cuando hayan deshecho el equipaje, les enseñaré la zona de las excavaciones.

—En el avión a Nebyt-Dag hemos coincidido con un colega suyo británico —dijo Peter como quien no quiere la cosa mientras deshacía la mochila.

Haase casi se sobresaltó.

—¿Qué? ¿Quién?

—Un tal Edward Kelly. Dijo que era arqueólogo.

Haase hizo una mueca.

—Ah, Kelly. No, no es arqueólogo. Solo es un aventurero y buscador de tesoros. Un personaje muy turbio.

Peter le dirigió una mirada triunfal a Ellen.

—Y el tal Kelly, ¿dónde busca tesoros en el Karakum?

—Aquí, ¡naturalmente! —dijo una voz en alemán detrás de él.

Peter se volvió y vio a Kelly sonriendo en la entrada de la tienda.

—Al fin y al cabo, apenas hay un lugar en el mundo más prometedor y misterioso que Misrian.

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