Apocalipsis
Capítulo LXXXVII
18 de mayo de 2011,
Cimitero del Verano, Roma
Se detuvieron en una de las muchas fuentes que había en el cementerio, para que Peter pudiera beber agua. Se atragantó varias veces y tosió. A algunos de los que visitaban el camposanto, aquel trío les llamó la atención.
—¡Dese prisa, Peter! —lo urgió Laurenz.
—¡No ves cómo está! —le espetó Maria a su padre—. ¡Bebe despacio, Peter! Despacito… ¡Y ahora date prisa, maldita sea!
Peter la miraba de reojo mientras bebía agua con avidez del caño de una fuente junto al camino.
«Maria. Me has encontrado, Maria».
—Ya vuelves a maldecir, Maria —dijo, y se enderezó tosiendo—. A este paso, ¿dónde iremos a parar?
Después de una noche de agonía, emparedado y amordazado dentro de un nicho, sufría calambres y deshidratación. Tenía los nudillos pelados y ensangrentados de tanto luchar desesperadamente por liberarse del angosto encierro. Llevaba la ropa sucia y cubierta de polvo. Pero estaba vivo.
Después de beber, se sintió mejor. El picor también había desaparecido, y las náuseas se habían esfumado con él.
«¿Y el virus? ¿Todavía estás enfermo? ¿Cuánto tiempo te queda?».
Antes de que el jardinero que Laurenz había noqueado pudiera dar el grito de alarma, salieron del cementerio y corrieron hacia el Fiat de don Luigi, que los esperaba delante de la entrada. Mientras el jesuita se incorporaba al tráfico de Roma, Peter explicó rápidamente qué había ocurrido.
—Quiso que nos encontráramos en el cementerio.
—¿Nikolas?
—Sí, Nikolas. Creo que él sentía tanta curiosidad como yo. Le conté lo que recordaba de nuestra madre. Yo quería que él me contara más cosas de Seth y los portadores de luz. Yo… —Peter se interrumpió—. Yo quería matarlo. Pero él se me adelantó. No sé cómo me dejó fuera de combate, pero el caso es que me desperté en ese nicho.
Maria le acarició cariñosamente el pelo. Su padre se dio cuenta, pero no dijo nada.
—¿Por qué no te ha matado directamente? —preguntó—. ¿Por qué te ha encerrado en ese nicho?
Peter se frotó la cara.
—He estado pensando en ello durante las últimas horas. Si lo hizo por sadismo o era un ritual. Ahora creo que quizá no quería matarme, sino quitarme de en medio un rato. ¿Le suena eso de algo, Laurenz?
Franz Laurenz ignoró la indirecta.
—¿Qué era esa luz azul? —preguntó.
—Ni idea. Aunque sospecho que esa luz es lo que hace detonar el mercurio rojo.
—¿Cómo lo sabe?
—No es más que una suposición. Nikolas llevaba las bombas en una maleta. Cada una guardada en una cajita, junto con un diodo parecido al que había en el nicho. Nikolas hablaba todo el rato de luz, de la pureza del odio y del dolor, de Seth, del maestro, y siempre de luz. Parecía loco de remate.
—¡Pero eso significa que las bombas todavía no están en el Vaticano!
—constató Maria.
—Ahora, sí —replicó Peter—. Antes de que Nikolas me quitara de en medio, trató de convencerme para que cambiara de bando. Me habló de un gran poder que Seth nos otorgaría a los dos. Pero antes teníamos que colocar las bombas en el Vaticano. Además, todavía quiere el amuleto.
—¿Dónde están las bombas exactamente? —preguntó Laurenz.
Peter titubeó.
—¿Qué zona sigue siendo accesible desde el exterior y tendría sentido considerarla si alguien quisiera destruir el Vaticano y matar a los miembros
del Colegio Cardenalicio?
Laurenz parecía desconcertado.
—Bühler y sus hombres lo han registrado todo y patrullan las veinticuatro horas del día. Es imposible acercarse a la Capilla Sixtina y a los edificios contiguos.
—No del todo —dijo de pronto don Luigi, mientras esquivaba a un motorino que adelantaba a toda velocidad.
—¿Qué insinúa?
—¿Y si ha colocado las bombas debajo de la Capilla Sixtina? En la Necrópolis.
—La Guardia Suiza también controla los accesos a la Necrópolis. No puede entrar nadie.
—¿Y el acceso por debajo del castillo de Sant’Angelo?
—¿Qué acceso por debajo del castillo de Sant’Angelo? —preguntó nervioso Peter.
Laurenz se volvió hacia él.
—La ciudad de los muertos que se extiende por debajo del Vaticano es enorme y muy antigua. Mucho más antigua que los límites del actual Estado. Las catacumbas llegan hasta el castillo de Sant’Angelo. No hace mucho, los arqueólogos descubrieron allí un acceso.
—Mierda, ¿por qué no lo han dicho antes? ¡Lléveme allí de inmediato!
—¿Acaso no lo comprende, Peter? ¡La Necrópolis es un laberinto gigantesco! Si queremos encontrar las bombas antes de que exploten,
¡necesitamos un mapa! ¿Le dijo algo Nikolas sobre dónde pensaba colocar las bombas?
Peter caviló un momento y luego se encogió de hombros.
«El mapa. ¡Hace mucho que tú tienes el mapa!».
—¡Llame a Bühler! —exclamó Peter—. Creo que ya sé dónde tenemos que buscar.
18 de mayo de 2011,
Castillo de Sant’Angelo, Roma
El comandante de la Guardia Suiza los esperaba en una entrada lateral del castillo de Sant’Angelo y, sin hacer preguntas, condujo a Peter y a Maria a una sala del subterráneo, cerrado al público. Laurenz y don Luigi se dirigieron al Passeto di Borgo para regresar de incógnito al Vaticano.
Bühler desplegó un mapa cartográfico sobre una mesa y puso encima una lámina con otro mapa cartográfico.
—Bien, esto es un mapa de la Necrópolis, hasta donde se ha explorado.
Y en la lámina puede ver el exterior a la misma escala. Aquí, ¿lo ve? Esto es la basílica de San Pedro.
Peter examinó con detalle los dos mapas y luego se volvió hacia Maria.
—Dame el amuleto.
—¿Para qué?
—Maria, por favor, ¡dámelo!
Se lo dio con cierto recelo. Peter lo colocó en el centro del mapa, justo sobre la basílica de San Pedro, con el símbolo del cobre mirando hacia arriba.
—¿Qué es eso? —preguntó Bühler al ver el amuleto.
—El mapa para colocar las bombas —contestó Peter—. Pero a una escala incorrecta. ¡Déjeme un lápiz!
Peter dibujó una X grande en el mapa, que cruzaba todo el Vaticano y tenía el punto de intersección sobre la tumba de san Pedro. Luego dibujó a ojo las dos líneas transversales exteriores del símbolo del cobre con los extremos en forma de círculo y, a continuación, la línea transversal central con los extremos cuadrados.
—¿Cómo sabes que esa es la escala correcta? —preguntó Maria.
—No lo sé. Es solo una aproximación. ¡Mira! —exclamó señalando el símbolo—. Tenemos los seis extremos de las líneas transversales. Si les sumamos el punto de intersección, tenemos siete puntos. Podría ser eso.
—Pero, aunque tuvieras razón, ¡necesitamos las posiciones exactas, Peter! ¡Ahí abajo hay un laberinto! ¿Cómo pretendes que encontremos así siete minibombas?
«Buena pregunta».
Peter la miró con cara de desconcierto. Bühler comprendió. Y también comprendió que había algo entre Peter Adam y aquella monja.
—Enviaré a un equipo de detección de explosivos —dijo—. Registrarán todas las zonas que haya que tener en cuenta.
Cuando se disponía a enrollar los mapas, Peter lo detuvo.
—Espere, Bühler. Nikolas tiene que estar ahí abajo. Si le manda la caballería, cabe la posibilidad de que haga estallar las bombas de inmediato.
Bühler apretó las mandíbulas. Aquella objeción no le gustó nada. Sabía qué significaba.
—Entonces ¿qué propone?
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