Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 58 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LVIII

UN AÑO ANTES…

26 de junio de 2010,

Via Palermo, Roma

—De niño, a menudo imaginaba qué maravillas me esperaban, pero nunca había pensado que un Papa me prepararía el té algún día.

El hombre del traje negro observaba perplejo a Juan Pablo III mientras este vertía agua caliente, pero no hirviendo, en una pequeña tetera de porcelana.

—¡Pues ya ve! ¡Todavía somos competentes en cuestión de maravillas y milagros! —exclamó el Pontífice de buen humor.

Un suave aroma de té verde Sencha inundó la radiante cocina. El hombre del traje negro observaba. Daba la sensación de que sus ojos estaban en continuo movimiento y se fijaban en todo lo que lo rodeaba. Era bastante más bajo que el Papa y, al lado del alemán, casi parecía frágil. Pero Juan Pablo III sabía que esa impresión era engañosa.

—Bonito piso. ¿Viene a menudo?

—Por desgracia, muy poco. Un Papa no tiene vida privada. Pero de vez en cuando me permito estas pequeñas escapadas a la normalidad. Aunque no sean más que una ilusión, claro.

—Todos necesitamos pequeñas ilusiones —comentó diplomáticamente su invitado—. Mientras no nos dejemos engañar.

—¿Y a qué ilusiones se entrega usted a veces? —preguntó Juan Pablo III.

El japonés del traje negro sonrió levemente.

—A la de que un hombre como yo puede tener amigos.

El Papa miró al japonés con seriedad.

—Las personas sinceras nunca carecen de amigos.

—¿Y cómo sabe que yo soy sincero?

—No lo sé. Lo estoy averiguando.

El Papa llevó una bandeja con la tetera y las tazas a la sala de estar de su pequeño piso secreto en la Via Palermo, y le pidió a su invitado que se sentara. Una semana antes, la oficina de Takeru Nakashima había solicitado inesperadamente una audiencia privada para el millonario japonés. Ese tipo de peticiones solían recibir una respuesta negativa mediante una carta afable enviada desde la oficina del Pontífice, puesto que Juan Pablo III había dejado muy claro desde el inicio de su mandato que no pensaba satisfacer de buenas a primeras todas las peticiones de audiencia de políticos o industriales, por muy poderosos o ricos que fueran.

Sin embargo, la solicitud de Nakashima había despertado su interés. Él mismo había considerado establecer contacto con aquel millonario japonés, reacio a aparecer en público y del que no había fotos actuales ni información alguna sobre su situación familiar. Juan Pablo III solo sabía que el japonés tenía la misma edad que él. Y, como Laurenz, Nakashima también procedía de un hogar modesto, pero se había hecho millonario gracias a su inteligencia y dotes de mando. Su consorcio de empresas fundía acero, fabricaba coches y desarrollaba productos de alta tecnología y medicamentos. Hacía unos años, también había fundado el Nakashima-Group, que operaba en el mercado financiero internacional y poseía inmuebles de mucho valor y hoteles de lujo en todo el mundo. Con un patrimonio estimado en veinticinco mil millones de dólares, Takeru Nakashima «solo» ocupaba el puesto número once entre los más ricos del planeta, pero se le consideraba sumamente agresivo y con ansias de expansión. Y también un ateo convencido. Un enemigo declarado de todas las religiones del mundo. El consorcio construía escuelas y universidades laicas en los países en vías de desarrollo, y financiaba numerosas fundaciones internacionales que perseguían un único objetivo: convencer a la humanidad de que las religiones eran innecesarias y del peligro que partía de ellas, según las más firmes convicciones de Nakashima.

Si aquel hombre solicitaba una audiencia con el Papa, supuestamente en el marco de una visita a Roma por negocios, seguro que no era para besar el anillo del Pescador. Juan Pablo III dio orden de que comunicaran a la oficina de Nakashima que, lamentablemente, la audiencia era imposible por motivos de calendario. Al mismo tiempo, telefoneó personalmente a Nakashima y lo invitó a un encuentro privado en la Via Palermo.

Y ahora, aquel hombre que lo que más odiaba eran las religiones, estaba sentado en el piso secreto del jefe supremo de la Iglesia católica, sorbiendo educadamente un té verde. El chófer y el guardaespaldas del japonés esperaban abajo con Mario, que había llevado al Papa a la Via Palermo, como siempre, en su viejo Alfa.

Takeru Nakashima. Un hombre bajo y afable, con el pelo gris cortado a cepillo. Sin embargo, Juan Pablo III no se dejó engañar por el aspecto discreto de su invitado, puesto que la actitud de aquel hombre transmitía fuerza y determinación. Sus ojos lo escudriñaban todo y jamás evitaban una mirada. Ojos de expresión dura, que no parecían conocer el temor. Juan Pablo III había descubierto una chispa de curiosidad en aquellos ojos mientras preparaba el té, y eso le dio esperanzas.

—Un té realmente bueno —dijo Nakashima—. ¿Ha estado alguna vez en Japón?

—No me tome por maleducado —replicó Juan Pablo III—, pero estas escapadas por asuntos privados son por desgracia muy limitadas.

—Comprendo. Tiene que regresar a su prisión dorada antes de que su corte se dé cuenta de algo.

—Exacto. Por eso, y porque ambos tenemos la misma edad y ya no necesitamos demostrar nada, propongo que vayamos al grano. Nakashima-san, ¿qué quiere de mí?

El japonés dejó la taza de té y miró al Papa con sus ojos de expresión dura.

—Quiero ayudarle. A usted, a la Iglesia, al Vaticano.

Ninguna respuesta habría sorprendido más a Juan Pablo III que esa.

—Ayudarme, ¿en qué sentido?

Nakashima carraspeó.

—Como seguramente sabrá, soy un ateo convencido. Lo soy de verdad.

No creo en un dios ni en ningún tipo de creación, ni en el karma ni en la reencarnación. Las religiones nunca han significado nada para mí. Al contrario, las considero el mayor peligro para la humanidad. Un virus antiquísimo que infecta a la humanidad desde hace milenios y a causa del cual algún día perecerá.

—¿No es esa una postura peligrosamente despótica? ¿Suponer que todo el mundo está infectado por un virus, excepto usted y unos pocos más?

—Es posible. Pero todos tenemos nuestras convicciones y abogamos por ellas.

—¿Y qué convicciones son esas? ¿En qué cree usted, Nakashima-san?

—El bienestar —contestó simplemente el millonario, que volvió a sorber un poco de té—. Yo creo en el bienestar. El bienestar significa salud y seguridad. Eso es lo que la gente realmente quiere. La felicidad. Sin bienestar no hay felicidad.

—¿La felicidad equivale al bienestar? ¿Es esa la fórmula?

—Sí. Y ahora no me hable de la felicidad en la pobreza. Usted, no.

Juan Pablo III se quedó pensativo.

—Y, aun así, quiere ayudar a la Iglesia. Me preguntó para qué necesita su ayuda la Iglesia.

Nakashima se reclinó en su asiento.

—Muy propio de ustedes.

El Papa observó pensativo a su invitado. El silencio entre los dos hombres creció desde el suelo y los envolvió como el capullo impenetrable de una flor. Hasta que Nakashima se levantó bruscamente de la silla.

—Creo que será mejor que me vaya. Sus obligaciones lo reclaman.

Gracias por el té.

—¡Espere! —lo retuvo el Papa.

Nakashima volvió a sentarse.

—El mundo está al borde del abismo —retomó finalmente la palabra Juan Pablo III—. Las guerras, las epidemias y el hambre afectan a dos terceras partes de la humanidad, mientras que el resto saca provecho de ello y vive en un bienestar aparente. Porque ese bienestar también es engañoso.

La crisis financiera global lo ha revuelto todo. Y ahora también afecta a la

Iglesia católica. Las cifras son alarmantes. En el mercado financiero se ha desencadenado una guerra cruenta. El Banco Vaticano está sometido a una gran presión. Alguien nos está atacando con fuerza, y nosotros no podemos hacer nada para evitarlo. Si las cosas continúan así, dentro de un año estaremos en bancarrota. Al principio pensé que era usted y pedí que lo investigaran discretamente. Sin embargo, no obtuve una respuesta satisfactoria. Y ahora aparece usted de la nada y me ofrece su «ayuda».

Discúlpeme, pero me suena a exigencia de capitulación.

—No —replicó Nakashima, que casi parecía halagado—. Yo también vengo observando desde hace un tiempo ciertas maniobras inquietantes en el mercado financiero internacional. Un grupo, desconocido hasta ahora, está tratando de desplazar el reparto de poderes en el mundo. Al principio sospeché de algunos gobiernos, y también del Vaticano. Pero el Vaticano parece ser realmente el objetivo principal de ese grupo. Resumiendo: alguien está intentando arruinar económicamente al Vaticano.

—Es cierto —dijo el Papa suspirando—. Pero ¿acaso no favorecería eso sus intereses?

Nakashima cruzó sus manos finas.

—Evidentemente, mi objetivo a largo plazo es la disolución de su Iglesia y de todas las demás religiones. Pero no soy ingenuo. Sé que se trata de un proceso que puede durar siglos. Una bancarrota repentina del Vaticano, como la que se insinúa en estos momentos, supone una amenaza para la estabilidad del mundo entero. Y no puedo permitirlo. Solo la estabilidad garantiza un crecimiento y un bienestar económico global. Y me refiero a bienestar para todos. Por eso le ofrezco mi colaboración. Una cooperación puntual contra un enemigo común.

Juan Pablo III se inclinó hacia delante.

—¿Quién es?

Nakashima dudó un momento. Luego se decidió.

—Se trata de un grupo de empresas llamado PRIOR, que por lo visto dispone de enormes reservas de oro con las que manipulan el precio. Detrás de todo hay un grupo que se hace llamar «portadores de luz».

El Papa se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

A Nakashima no se le escapó su reacción, breve pero intensa.

—¿Le dice algo ese nombre?

—Sí y no. Siga, siga con sus explicaciones.

—No. Ahora le toca a usted.

Juan Pablo III suspiró.

—¿Le dice algo el nombre de Nag Hammadi?

—Por lo que sé, es una pequeña localidad de Egipto donde, en los años cuarenta, se encontró una recopilación de textos precristianos.

—¡Está muy bien informado! Los Manuscritos de Nag Hammadi contienen fragmentos de distintos escritos gnósticos y textos herméticos y esotéricos. También evangelios apócrifos, los evangelios que no se incluyeron en la Biblia. Seré breve. Los manuscritos también contienen el llamado Evangelio de los egipcios, redactado en lengua copta. También se titula Libro sagrado del Gran Espíritu Invisible. El texto se centra en la figura de Seth, del que se afirma que, como hijo de Adán, pertenece a los hacedores de luz del mundo celestial inferior y posteriormente se encarna en Jesucristo. Un texto bastante hermético sobre la venida de un redentor al mundo en catorce modos, según catorce eones. En él, Seth también recibe el nombre de «portador de luz». Ese libro se corresponde con otro texto de los Manuscritos de Nag Hammadi, el llamado Apocalipsis de Adán, que Adán supuestamente reveló a su hijo Seth. En él, los portadores de luz, es decir, los descendientes de Seth, tienen un papel decisivo como jueces en el fin del mundo.

Nakashima había escuchado con interés.

—Tiene sentido —dijo con cara seria—. Un grupo de herejes, seguidores de los evangelios apócrifos, intenta destruir a la Iglesia católica, por la que se ha sentido oprimido durante siglos. Probablemente, con razón.

Juan Pablo III frunció el ceño y, molesto, dio un manotazo en el aire.

—Un poco cogido por los pelos, ¿no cree?

—Al contrario. Confirma mis sospechas de que los portadores de luz buscan algo más que provecho económico. Y eso significa que no habrá que luchar únicamente con la espada del sistema financiero internacional.

—¿Y en qué otra espada está pensando?

—Usted lo sabe mejor que yo. El Vaticano sigue siendo una potencia mundial. Aprovéchelo.

—¿De dónde ha sacado la información sobre los portadores de luz? Ni siquiera los servicios secretos de algunos países con los que el Vaticano mantiene relaciones amistosas han podido ayudarme. O no han querido.

—Digamos que tengo ciertos contactos y recursos —dijo Nakashima—.

Por eso también sé dónde tiene su centro de operaciones ese grupo.

El Papa se inclinó hacia delante, intrigado.

—¡Dígalo!

Nakashima rehusó con un gesto.

—Antes tenemos que hablar de las condiciones de nuestra cooperación.

—Por supuesto —dijo Juan Pablo III con amargura—. Después de todo, usted es un hombre de negocios. Nada es gratis. Y bien, ¿qué exige a cambio?

—En primer lugar, franqueza absoluta. Su palabra me basta. En segundo lugar, secreto absoluto. Nada de jugarretas, servicios secretos ni declaraciones a la prensa. Ni una palabra a nadie. La cooperación quedará entre nosotros.

—Tiene mi palabra. ¿Algo más?

—Si le ayudo a evitar el hundimiento de su Iglesia, quiero que usted haga algo a cambio por el mundo. Algo realmente duradero. No espero que reniegue de lo que usted y millones de personas creen. El virus del cristianismo, igual que el de todas las religiones, degenerará y se extinguirá.

Pero quiero que usted siente un precedente claro. Quiero que usted y su Iglesia hagan un verdadero sacrificio. Quiero ver algo por su parte que jamás se haya visto. ¿Qué? Eso lo dejo en sus manos. Pero tendrá que hacerlo pronto.

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