Apocalipsis
Capítulo XVII
10 de mayo de 2011,
alrededores de Bronte, Sicilia
En algún momento de la noche había parado de gritar. Entonces había intentado sacudirse de encima el miedo que lo paralizaba, apoyarse con la espalda y las piernas en el muro, como haría un escalador, y de ese modo subir palmo a palmo por el agujero. En vano. El pozo era demasiado ancho para encontrar dónde afianzarse. Agotado, desesperado y helado, Peter pasó la noche acurrucado junto al muro húmedo, esperando a que llegara la mañana. Le vino a la memoria una vieja canción infantil, que no se le iba de la cabeza, y comenzó a tararearla en voz baja. Como en otros tiempos.
Porque mientras oyera su propia voz, el miedo no habría vencido definitivamente.
Mientras tanto, había esperanza.
Conejito en la madriguera, durmiendo estás, durmiendo estás.
Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar? Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar?
A pesar del miedo que lo atenazaba sin piedad, pudo dormir un poco, embebido en sueños espantosos y disparatados. Sueños de una mina en un desierto y de la presión de la arena contra su pecho.
… durmiendo estás. Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar?
A pesar del frío, tuvo sed. Peter se bebió una de las botellas de agua que le habían dejado y al poco orinó en el cubo de plástico que le habían facilitado para ello. Craso error, puesto que el olor penetrante de su propia
orina cortó de cuajo cualquier pensamiento agradable y le impidió distraerse.
El tiempo transcurrió con una lentitud atormentadora. Se burlaba de él.
Pero la mañana acabó llegando, espesa como el pegamento y sin aportar calor. Peter caminó dando saltos para entrar en calor. Contó los pasos. Otro error. Al parar, estaba empapado en sudor y aún tuvo más frío.
Pensó por enésima vez si pretendían dejarlo pudrir allí o si alguien le tiraría agua y comida con regularidad. No lo habían matado enseguida, entonces ¿a qué venía el cuento del pozo? Sin embargo, esas reflexiones resbalaron por las paredes internas de su conciencia, igual que habían hecho sus pies por los muros del pozo.
… durmiendo estás. Pobrecito, ¿tan mal estás, que ya no puedes ni saltar?
Peter contempló la franja de luz que descendía desde arriba con una lentitud terrible, como si se tratara de aceite que alguien hubiera vertido en las paredes del pozo. Cuando la luz del día llegó por fin al fondo, Peter se puso a gritar de nuevo pidiendo ayuda a intervalos regulares.
Hacia mediodía obtuvo respuesta.
—¿Peter? ¿Es usted, Peter?
La voz se oía muy lejos, como una llamada desde otro mundo, pero la reconoció al instante.
—¡Maria! —bramó con todas sus fuerzas—. ¡Estoy aquí! ¡Aquí abajo, en el pozo!
Poco después, la luz se oscureció en el extremo del pozo y apareció un rostro que lo miraba.
—¿Peter? ¿Está ahí abajo?
Reprimió el impulso de abrazarla al salir del agujero, después de trepar durante una eternidad por la cuerda que Maria tuvo que ir a buscar al pueblo. El pozo seco se encontraba solitario en un terreno pedregoso en barbecho, estaba cubierto por una tupida retama y perfilado con el típico muro de mampostería de aquella región, hecho con bloques de piedra volcánica. No muy lejos se elevaba la cima nevada del Etna. No se veía ninguna casa, tampoco el monasterio.
—¿Cómo me ha encontrado? —preguntó Peter jadeando, después de echar un vistazo alrededor.
Maria estaba delante de él, vestida con su hábito de monja y observándolo con una mezcla de preocupación y desconcierto.
—Bueno, sabía adónde quería ir. Esta mañana he cogido el primer vuelo a Catania y luego he venido hasta aquí en autobús. Toda una Ascensión.
La desconfianza invadió de repente a Peter.
—¿Por qué me ha seguido? ¿Por qué ha venido a buscarme?
Maria volvió la cabeza, como para asegurarse de que nadie los escuchaba.
—Don Luigi me pidió que me reuniera con usted. Le preocupaba que pudiera estar en peligro.
Peter no se creyó una palabra.
—¿Y la envía precisamente a usted? ¿A una monja?
Maria se puso tensa bruscamente.
—He vivido unos cuantos años en el norte de Uganda, en una región en guerra civil. Sé cuidar de mí misma, créame.
—¿Ha estado en el monasterio?
—Sí. Pero allí solo viven unos cuantos monjes ancianos. No sabían nada de un periodista alemán, pero he visto un coche aparcado en el camino con el adhesivo de una empresa de alquiler de vehículos. Entonces he pensado que tal vez le había ocurrido algo y me he puesto a buscarlo a la buena de Dios por los alrededores.
Peter seguía sin creerla, pero lo dejó correr por el momento. Maria lo había encontrado y lo había sacado del pozo. Eso era lo único que contaba en aquel momento.
—Supongo que le debo la vida.
Maria esbozó de nuevo una sonrisa.
—No se ponga dramático. Agradézcaselo a la Madre de Dios. O a su ángel de la guarda, si lo prefiere.
Peter le devolvió la sonrisa, y de repente se dio cuenta de que el sol ya estaba muy alto y pronto empezaría el calor de mediodía. Olía a tierra seca y a retama.
Un día precioso.
Lograron coger el vuelo de las 15.00 horas para regresar a Roma. Maria estuvo todo el rato sentada al lado de Peter en el avión, y habló muy poco.
La desconfianza de Peter se diluyó como el azúcar en té caliente, y dio paso al agradecimiento. Le preguntó a Maria por su época en Uganda y qué hacía allí. Por qué y cuándo había decidido meterse a monja.
Maria contestaba con monosílabos, y más que nada por educación. Pero guardó silencio sobre los motivos que la llevaron a ingresar en una Orden.
Fatigado por los recientes acontecimientos —la noche en el pozo, la entrevista con Laurenz, la supuesta visión y la cuarta profecía de Fátima—, Peter se preguntó qué papel jugaba ella en todo aquello. La historia sobre el encuentro con Laurenz apenas la había inquietado.
—Conoce la cuarta profecía de Fátima y desconfía de usted —lo defendió—. Póngase usted en su lugar.
Peter suspiró crispado.
—Al menos sabemos que Laurenz está vivo. Y, al parecer, ha organizado bien su desaparición. Sean quienes sean los que lo ayudan, dispone de mucho personal y de un helicóptero.
—¿Cómo estaba? —preguntó Maria al cabo de un rato.
—¿Quién, Laurenz? —Peter lo pensó—. Tenso. Como si estuviera sometido a una gran presión.
Y entonces lo vio claro.
—Tenía miedo. Se sentía amenazado.
Maria asintió con la cabeza.
—Tendrá sus motivos para esconderse. Y usted lo ha encontrado, y se habrá sentido amenazado. Laurenz no quería matarlo, solo apartarlo del medio un rato. Era Papa, ¡no un criminal! Antes o después lo habrían encontrado en el pozo. O habría enviado a alguien a buscarlo, estoy segura.
—Tal vez a usted —espetó Peter.
Maria levantó los ojos con cara de hastío.
—Ya que no cree en la Madre de Dios, al menos podría creer en algo así como una feliz coincidencia.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Porque, de lo contrario, se volverá paranoico.
—Sufrir de manía persecutoria no significa que no te persigan.
—¿Siempre tiene que decir usted la última palabra?
Peter sonrió satisfecho. Maria se apartó de él con brusquedad.
—Laurenz cree de verdad que yo soy la persona que hará saltar por los aires el Vaticano —prosiguió Peter poco después—. Pero no lo soy, ¿me ha oído? No lo haré, por muchas visiones y profecías que haya. Ahora bien, ya que estoy metido en esto, quiero saber de qué va. O sea que volvamos al principio: ¿De quién se esconde Laurenz? ¿Por qué?
—Yo tampoco dejo de pensar en esas cuestiones —dijo don Luigi.
Los tres estaban sentados como el día anterior en la pequeña cocina de su casa, y Peter albergó por un momento la sensación irreal de que las últimas veinticuatro horas no habían transcurrido nunca.
«Eso estaría bien».
—Tuve un mal presentimiento —gruñó el jesuita, cruzando una y otra vez la pequeña cocina con pasos de gigante—. Ha sido una suerte que enviara a Maria a reunirse con usted.
Peter miró a Maria, que se afanaba por desenroscar la vetusta cafetera de don Luigi. Disfrutó viéndola realizar esa actividad cotidiana. La mujer que lo había salvado. La mujer que le silenciaba algo.
—Han registrado el piso secreto de Laurenz en la Via Palermo —
comentó don Luigi de improviso, y se detuvo delante de Peter—. Lo han destrozado, lo han dejado todo patas arriba. Es evidente que los asesinos del chófer buscaban algo.
—¿Qué?
Don Luigi se sentó.
—No lo sé. Solo sé que no lo han encontrado.
—Ah. ¿Y qué le hace estar tan seguro?
—Porque nunca ha estado en ese piso.
Don Luigi pareció disfrutar una vez más de las miradas de sorpresa de Peter y Maria, y luego prosiguió.
—Después de morir Juan Pablo II, por fin se hicieron reformas en el appartamento. La instalación eléctrica seguía igual que en los años treinta, las cañerías estaban deterioradas, había goteras y todo estaba impregnado del olor a la comida polaca que se había cocinado allí durante veintitantos
años. Así pues, aprovecharon la sede vacante para realizar las obras que se habían aplazado durante tanto tiempo.
Don Luigi bebió un trago de agua.
—Un día me llamaron para que fuera a la obra. Una emergencia. Uno de los obreros sufría un ataque de posesión demoníaca. Al llegar, vi que realmente era grave. El pobre diablo, un chico joven, profería maldiciones y calumnias en arameo. En la lengua original de la Biblia, que aquel muchacho de las afueras de Roma no podía haber oído nunca. ¿Qué había ocurrido?
Don Luigi no esperó a que se encogieran de hombros.
—Solo pude deducirlo a partir de lo que balbuceaba de tanto en tanto en italiano. Durante el descanso de mediodía, había querido abrir una ranura en una pared para instalar las cañerías. Y, por lo visto, había dado sin querer con una cavidad. Lo que ocurrió después sigue siendo un enigma.
—¿Qué había dentro? —preguntó Maria.
Peter intuyó la respuesta. Don Luigi levantó los brazos con pesar.
—¡Esa es la cuestión! ¡Nunca se encontró! Yo mismo examiné el sitio donde había estado trabajando aquel hombre. Vi la ranura para las cañerías en la pared, pero no descubrí ninguna cavidad. Tampoco encontré nada parecido en las otras habitaciones. Después, incluso consulté los planos de construcción del siglo XV, pero allí tampoco aparecía ninguna cavidad en una pared. Y siguió pendiente la cuestión de qué le había sucedido tan repentinamente al obrero.
—¿Qué hizo usted entonces, don Luigi? —lo interrogó Peter.
—Intenté ayudar enseguida al hombre y expulsar de él al demonio, por supuesto. Desgraciadamente, no sirvió de nada. Se lo llevaron al hospital y murió al día siguiente de un paro cardiaco. Dios se apiade de su pobre alma.
—¿Y ahora cree que Laurenz conocía esa cavidad y que escondió algo dentro que está relacionado con su renuncia? —preguntó Peter, un poco mosca.
Don Luigi se encogió de hombros.
—No es más que una suposición. Incluso si esa cavidad existe realmente, sin una indicación clara es casi imposible encontrarla.
—Eso sin tener en cuenta que es imposible entrar sin ser visto en el Palacio Apostólico, escabullirse hasta el tercer piso pasando por delante de la Guardia Suiza y luego entrar en el apartamento, sellado y vigilado, del Papa —observó Peter con sarcasmo.
Don Luigi, imperturbable, desestimó la objeción con un gesto.
—Bueno, yo no diría tanto.
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